Creado:

Actualizado:

NO ME CABE ninguna duda de que el presidente de Castilla y León tenía información privilegiada cuando prometió el miércoles de la semana pasada en las Cortes que nunca volvería a decir aquello de que esta Comunidad está fuera del epicentro de la corrupción. Seis días después salta la llamada operación Enredadera con gran protagonismo en la Comunidad y salpicando a diestro y a siniestro. Los sobresaltos son constantes en esta España y nuestra tierra no se libra de ellos. Es como si se hubieran anestesiado los principios morales en instituciones públicas y en corporaciones empresariales para que la peor de las ambiciones se imponga en el funcionamiento cotidiano.

Recuerda el economista Antón Costas, citando a Adam Smith, que «la concentración de la renta y la riqueza lleva a la corrupción de los sentimientos morales de los muy ricos», lo que provoca pérdida de empatía con el resto de la sociedad y debilita la cohesión social.

Resulta escandaloso que el aumento de renta y riqueza de los últimos 30 años solo haya ido a parar al 1% más rico, mientras que los salarios reales de la mayoría han caído. Ese es el modelo que el capitalismo más salvaje ha impuesto. Cita Costas un informe internacional que demuestra que la desigualdad salarial dentro de las empresas es una de las causas principales del aumento de la desigualdad social y que cuando se amplía esa desigualdad emergen los llamados populismos autoritarios.

Esa anestesia moral ha impregnado a la clase política española que, erróneamente, identifica bienestar con crecimiento, ignorando que las desigualdades en renta se han disparado. Hoy se dan por buenos sueldos de 400 euros en empresas cuyas cifras de negocio y beneficios se disparan sin cesar. Esas donde la retribución de los altos directivos multiplica hasta por cien los ingresos más bajos.

Y no pasa nada. Poco importa que grandes y medianas empresas produzcan más desigualdad que la que desea la propia sociedad. La democracia es dejar hacer. Mandan ellas y la resignación es proporcional a esa anestesia moral que conduce a la sumisión. Los defensores del libre mercado sin cortapisas tendrán que explicar hacia dónde vamos. Mientras tanto, el Estado mira para otro lado o se pierde en la burocracia que todo lo enreda. Pero la anestesia moral de este primer mundo sube enteros con la inacción ante esa tragedia diaria de personas que mueren ahogadas en el Mediterráneo en busca del paraíso europeo y una xenofobia que crece sin parar. ¿Reaccionaremos?