Villalar y sus días
EL 24 de abril tiene uno la sensación de haber presenciado un milagro. El día anterior, miles de hombres, mujeres y niños se enjambran en las antiguas eras de un pueblo vallisoletano y celebran con júbilo del Día de Villalar. Todos bailan, cantan y muestran su sentimiento identitario regional con absoluta naturalidad. Y –¿por qué no decirlo?– con ciertas dosis de emoción que, cada año, se reparte y enriquece entre perfiles sociales y procedencias cada vez más diversas. Sin embargo, la llama comunera no prende por igual en el resto de la región. Seguimos cometiendo el tremendo error de arrinconar en una esquina del mapa político a Bravo, Padilla y Maldonado. Porque esta bonita historia, que López Álvarez nos contó en verso, es una elegía llena de yesca y pedernal convertida en himno sentimental, y el último romance cuya letra canta el común con la sintonía del Mester.
La historia nunca debe ser engullida por una sola familia. Sabemos de sobra lo que ocurre cuando una opción política captura un sentimiento: pronto se le vuelve en contra. De ahí que todavía celebremos varios días de Castilla y León. Impensable trasladar la emoción morada desde la Campa al marco geográfico del Día de la Comunidad. Ni una sola bandera en el balcón de todo el vasto territorio. Así son las cosas, aunque deberían cambiar algún día, haciendo que los representantes del pueblo se enjambren por igual en el día de todos. Cada año, Villalar se abre mucho más y no por ello pierde ese carácter reivindicativo, con esa mezcla de rebelión y protesta que alimenta su fibra comunera y enciende esa chispa que a muchos nos emociona.
Pero hay más días, como el de después de Villalar, una localidad que no quiere ser solo reina por un día. El resto del año nadie se acuerda de lo que ocurrió allí, cuando este lugar debería ser un sitio histórico, visitado con el mismo rango que cualquier otro bien Patrimonio de la Humanidad. Este año, al atardecer, cuando se quedan los comuneros de verdad, se ha vuelto a comprobar de qué modo nos une la música. José Luis Gutiérrez reunió a los suyos –que son los nuestros– para rendir homenaje a Candeal –a Félix y a Toño–, que son de todos. Y ‘rabeleamos’ juntos y emocionados para rematar entonando el «¡Levántate, morenita, levántate, resalada! ¡Levántate, que ya viene el lucero de la mañana!». Este ha sido otro Día de Villalar para no olvidar.