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EL libro de Hernández y de Cubero, ‘La Tierra de Campos de Valladolid en el siglo XVIII’, visto desde las respuestas del Catastro de la Ensenada, nos dibuja un escenario que sigue enfrentándose al abandono de sus hijos. Es una radiografía curiosa que escruta esta parte del mapa autonómico, tan singular, y nos arroja mensajes muy actuales. Un trabajo que deberá ser ampliado a términos de León, Zamora, Valladolid y Palencia, casi una región natural dentro de otra región, en la que sus habitantes destacaron -y todavía hoy lo hacen- por su adaptación a un suelo inhóspito, a un clima duro, voluble y extremado, que llenaba de admiración al periodista y escritor riosecano Justo González Garrido, autor de ‘La Tierra de Campos, región natural’, publicado en el 93 por Ámbito. Don Julio Senador, regeneracionista implacable y natural de Cervillejo de la Cruz, desbrozó a sus anchas esta tierra en ‘Castilla en Escombros’ y, de forma más nítida, en ‘Castilla, lamento y esperanza’. Su teoría de atravesar y tunelar las cordilleras para unir razas y culturas no sirvió para se escuchase «la voz de la llanura».

Lo terracampino es un enorme lienzo difícil de pintar. Irremediablemente llano y luminoso, en él caben sus propios ritmos y danzas; colores y cultivos; y un potencial histórico-artístico extraordinario. Pero la historia y la madera ya fueron talladas. Los fracasos de tantos planes en la Tierra de Campos siguen expulsando censo. Ahora debemos aunar fuerzas y fundir avutardas y grullas en un inmenso collage azul y ocre; también a Alejo de Vahía y a los Berruguete; al Canal de sirgas con el Camino de peregrinos; a San Tirso con Santiago Apóstol; a los castillos con los palomares; y a los rebaños con los tractores.

Mañana se presenta en Valladolid la Fundación Re-Habitar, con sede en la localidad vallisoletana de Cuenca de Campos. Es una iniciativa que conozco desde el embrión y que viene a reconstruir la triste deconstrucción llevada a cabo con la arquitectura cultural terracampina y con una idea clara de fomentar el asentamiento de residentes, de dar vida a esta tierra que mal bautizó mi admirado Jesús Torbado, quien todavía hoy se siente terracampino, aunque dolido por la tierra. Pero solo «la tierra salvada permanece», escribió Pino, el poeta vallisoletano. Mi aplauso a esa Fundación valiente que convierte adobe en esperanza.