El monstruo vino a quedarse
TODOS forman parte de un cuadro de actores con coreografías que parecen surgidas de un extraño aquelarre en tiempos de antruejo y carnaval. Son monstruos, figuras estrambóticas, estrafalarias y grotescas, con muy pocas cesiones a la sensibilidad. Su sola presencia impacta por la fuerza de la máscara que oculta su rostro; por la incisiva bestialidad de sus gestos, acompasados por las danzas, la estridencia de sus gritos y el ronco sonido de sus cencerros. Llegan envueltos en nubes de ceniza purificadora. A pesar de todo esto, despiertan una ternura inusitada por su mensaje y por su extraordinaria toma de tierra. Son personajes que perforan las entrañas de la cultura popular y consiguen que broten, de nuevo, ritmos que habíamos dado por perdidos.
Julio Caro Baroja se quedaría asombrado por la cantidad de localidades que han recuperado ritos que creíamos extinguidos, enmarcados dentro de la revolución de las mascaradas que llegaron de Portugal para sumarse y quedarse. Mascarada es el término con el que se denominan manifestaciones y ritos que, durante diferentes estaciones del año, se representan en distintas poblaciones. Todos están ligados a los cambios de estación, a las cosechas, al bien y al mal. Funden lo religioso y lo pagano y, al mismo tiempo, se convierten en un caudal cultural repleto de mensajes, lanzados en coplas, tetumbos, dichos y canciones. ç
En estas manifestaciones, de honda raíz popular, se ocultan algunas claves de la Humanidad. Es alucinante la explosión de las mascaradas. Es como si, de repente, hubiésemos subido al desván de la memoria para rebuscar la ropa de carnaval en los carcomidos arcones, despertando a un monstruo del pasado. La máscara es mucho más que un frívolo disfraz que oculta un rostro: es la cara de una cultura. Son los monstruos de un pasado no tan lejano que han vuelto para quedarse. Me refiero a bufadores, barroseros, castrones, carochos, zangarrones, cencerrones, guirrios, jurrus, diablos, colachos, campanones, harramachos, maranfallos, machureros, cencerrones, zarramacos, toras, zarramaches, cucurrumachos, tafarrones, campaneiros, zafarrones, colachos… Ojo la lista: supera el centenar en Castilla y León, con nombre propio y apellido –casi prehistórico–, y todos ellos brincan en muchos pueblos estos días. Y esto no ha hecho nada más que empezar.