Turismo unamuniano
ES parte de la historia de Salamanca y de la Literatura española. Fue el intelectual español más viajero. Pocos le igualan en el hecho de dejar constancia de los lugares que visitó, como demuestra su inagotable legado epistolar y sus concisas crónicas viajeras, que están a buen recaudo en su Casa-Museo de Salamanca. Con él nació la ‘intrahistoria’, que explica el paisaje social, cultural y costumbrista de los rincones que visitaba. Caminó por ciudades, rincones rurales, zonas de montaña y aldeas aisladas. Don Miguel de Unamuno ha dejado su huella escrita en centenares de lugares y localidades de Castilla y León y la Raya con Portugal.
Es incomprensible que esta conducta unamuniana no tenga más seguidores. Deberían hacérselo mirar muchos profesores y supuestos intelectuales. Y los políticos deberían agotar su kilometraje, antes de empezar a cobrar por defender trozos de geografía. «El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho», recoge el guiño cervantino. Seguimos teniendo una asignatura pendiente –en esta región y en sus políticas turísticas rurales y culturales– con don Miguel Unamuno. Él ha regalado a multitud de poblaciones sus citas, que utilizamos en las «propagandas», que diría mi madre. Pero apenas le recordamos en estatuas, bustos y placas. Nadie niega que su nombre aparezca en centros, calles, colegios y residencias. Me refiero a esas citas únicas que nos dejó en Silos, Soria, León, Madrigal de las Altas Torres, Arribes del Duero, Olmedo, Alaejos, Segovia, Carrión de los Condes, Aguilar de Campoo… además de esos viajes a Portugal con amigos, como Guerra Junquerio, el de Freixo. «A Castilla y a León nuevo mundo dio Colón», dejó escrito el autor del manual de papiroflexia.
Escribía el profesor Barahona: «Vivía Unamuno aislado en sí mismo, en un continuo monólogo interior (o «monodiálogo», para usar sus palabras). En él primaba lo intelectual sobre lo sensual. La rutina sobre el desorden. Comía poco. Solo bebía agua y no fumaba. Su casa de Salamanca era una nevera, pero no pasaba frío. Nunca usó abrigo. Era un individualista en todo. Ególatra hasta la obscenidad, era un auténtico genio del desnudo interior…». Es el Unamuno de carne y hueso. Aquel erudito y sabio que recuerdan en las tertulias del Novelty y del Casino, en Salamanca. Deberíamos empezar a viajar y a colocar placas y escribir sus citas en las paredes de toda la geografía unamuniana. A los gestores del turismo regional se lo contaremos cuando regresen de Fitur.