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ALGUIEN debería tomar medidas ante el gravísimo problema que plantean enormes edificios conventuales y monasterios de gran valor histórico y artístico, cuya situación actual es de abandono, deterioro y desuso. Estancias habitadas por pequeñas comunidades religiosas, a veces, formadas solo por media docena de personas y con edades muy avanzadas. En cuanto a los edificios, son de gran tamaño, icónicos de cada lugar y de un indudable valor histórico y artístico, además de ser lugares de fe y peregrinación muy queridos por una parte del común.

En Castilla y León, esta situación pone a un centenar de monumentos y complejos monásticos en una tesitura que exige tomar medidas o soluciones. Y se reaviva cada vez que se cierra un convento. Por fortuna, no hay pueblo grande ni ciudad chica que no tenga algún complejo conventual con personas religiosas dentro. Y no se pueden sostener, por muy respaldados que estén por Ley, pues monumentos de esta naturaleza no se pueden abandonar ni dejar de utilizar.

No cabe en cabeza alguna que un puñado de hombres o mujeres de avanzada edad puedan mantenerse, vivir y, a la vez, custodiar un ingente patrimonio jugando a la suerte, entre la caridad, las ayudas de las administraciones y la fe. Este es un debate que hay que poner sobre la mesa, en busca de soluciones a corto plazo. O se decide qué hacemos con estos complejos monásticos, o terminarán siendo pasto de los ocupas, a quienes –mucho me temo– no les moverá la fe.

Por mi trabajo o por mi destino, salgo a unas cuantas ‘aves marías’ por mes. Me explico: por un lado, tengo hábitos dentro de la familia; por otro, mucho interés artístico y periodístico. El caso es que mi vida está llena de sores, madres, hermanas, abadesas y prioras. Todas ellas, religiosas y, salvo raras excepciones, asisto en los últimos años a su deterioro, envejecimiento e incluso su fallecimiento. Me caen bien, aunque sigo sin explicarme esa fe –por eso es, precisamente, fe– que las sitúa detrás de una reja voluntaria ajenas a lo que pasa en el exterior. Y, por supuesto, el incomprensible envase donde siguen aún viviendo.

No se puede sostener más esta situación. Todos tenemos algo que decir: los que tienen fe y los que no; la autoridad eclesiástica y la otra; la sociedad civil y todas las administraciones. Señor obispo: tiene tarea, salvo que un milagro llene de nuevo los conventos. Y en este campo andamos, de pertinaz sequía, y sin posibilidad de agua bendita. Pero algo habrá que hacer y no tardando. Ave María Purísima.