Creado:

Actualizado:

NO es fácil. Es prácticamente imposible arrinconar la preocupación. Tengo la sensación de haber vivido esta época. Vuelvo a tener la sensación extraña de morderme la lengua para no decir abiertamente lo que pienso. Y callo para no discutir. Madre ha vuelto a decir: «Dejad de hablar de política». Qué pena me dan mis amigos y todos los que viven en la esquina noreste de la Península Ibérica. Me cuentan que se discute en familia y que la paz se rompió, que los partidarios de «irse» ya no se hablan con los que piensan en «quedarse». Amigos, compañeros, primos, hermanos…. Discuten, se enfadan y terminarán enfrentándose. Ya está pasando. Qué panorama más triste.

Me cuentan los abuelos, esos que se fueron al noreste a buscarse la vida y a trabajar por y para esa esquina rica del mapa, que nunca se habían sentido igual, que son incapaces de poner cordura y de sujetar los enfrentamientos. Ha vuelto el conflicto a la oficina, al bar, al trabajo y a la sobremesa de la comida familiar. Qué Navidades nos esperan. Tengo la sensación de haber vivido esto pero, al mismo tiempo, siento que esta vez no existen motivos para tanta agresividad verbal y de la otra. Intento que el veneno de la discordia no me haga efecto, me resisto a rechazar culturalmente todo lo que venga de esta esquina de la Península Ibérica. No quiero descalificar todo lo que huela a la esquina noreste. Quiero apartarme de los incendiarios, que no han hecho más que empezar a aparecer.

Quiero seguir pensando que los habitantes de la esquina peninsular son gente lista, trabajadora, buenos negociantes, viajeros, cultos; que me siga pareciendo muy alta la Sagrada Familia y un gigante el Camp Nou. No quiero beber de la jarra de odio y la animadversión. Conozco las consecuencias de esa borrachera y todas terminan haciendo llorar al común. Y tiñendo de sangre asfaltos y alfombras. ¿Nadie se da cuenta de que alguien nos está echando algo en el vaso de la vida para envenenar el agua? Pagaremos cara nuestra debilidad, lloraremos por lo que fuimos incapaces de parar. Todo se va a embarrar, y el humo e Internet aumentarán la confusión. Pero quien envenenó el agua fue esa casta patriota minoritaria que está logrando enfrentar a toda una nación. Y se está saliendo con la suya.