Diario de Valladolid

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A LA MISMA hora que el testigo Rajoy empezaba a negarlo todo sobre la financiación irregular del PP, la Once nos imponía un antifaz a un nutrido grupo de periodistas de Castilla y León en un desayuno a ciegas. Toda una metáfora sobre la ceguera en el mundo de la política y el periodismo.

«Estoy ciego». Superados los primeros segundos de incertidumbre y llevado del brazo de los hombres y mujeres de la Organización Nacional de Ciegos recordé esta frase inicial del agitador de conciencias portugués, ya fallecido, José Saramago. Un hombre crispado, que pierde la visión en un semáforo ante la incomprensión de peatones y conductores.

Nunca me había puesto en el papel del ciego y este miércoles me serví del tacto, del oído, del gusto y solo en parte del olfato para atenuar mi provisional discapacidad y beber un incierto café rodeado de dos «desconocidos» periodistas.

Así durante más de una hora y sin poder tomar notas. La potente organización de ciegos puso la venda a la prensa. No la habitual, sino una máscara provisional que sirvió de terapia para pensar en todos aquellos que no pueden ver. También para reflexionar sobre los que pudiendo ver no quieren ver.

Y en eso llegó Rajoy a la Audiencia Nacional para negarlo todo, como Sabina. Para declarar que nada sabe de la Caja B. Él es el jefe de la empresa y no se preocupa de los dineros, ni de cómo se ganan elecciones con fondos dudosos. Y no está ciego.

Este mismo miércoles, a la misma hora, declaraban en el Juzgado de Valladolid varios empresarios vinculados a la trama eólica de enriquecimiento tolerado y amparado por la Junta de Castilla y León.

Lo niegan casi todo, menos que su actuación era legal. Para no ir al trullo. Y eso que algunos sorteaban el registro de la Consejería en sus visitas semiclandestinas. Tampoco están ciegos.

Que me disculpen los ciegos forzosos por contrastar su invidencia física con la mental de quienes han hecho de la política y la economía su trampolín hacia el poder y el enriquecimiento ilícito. Y vuelvo al “Ensayo sobre la ceguera” del clarividente escritor portugués para que al menos la sociedad española, y más esta comunidad autónoma, reaccione y arrincone a tanto sinvergüenza ambicioso que sólo piensa en su poderío y bienestar.

Menos mal que, entre tanta miseria acumulada, emergen a veces en la política, la economía, la justicia y el periodismo personas dispuestas a retirar las vendas mentales a los profesionales de la inmoralidad.

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