La revolución de los palomares
SAN BERNARDINO de Siena tuvo la culpa. De la ruina de su viejo convento han salido las primeras mensajeras de la esperanza a la orilla del sendero jacobeo. La Fundación Re-Habitar echa a volar las últimas palomas bravías en Cuenca de Campos. Lo hace sin espigas en el pico y con un mensaje anudado a sus patas: cómo salvar la arquitectura de nuestros mayores y cómo volver a vivir dentro de ella. Y una clara hoja de ruta: el desarrollo de Tierra de Campos basado en la repoblación. El viejo convento, habitado por Clarisas, sufría la peor exclaustración de todos los tiempos: la del derribo sentimental, que nace de la pobreza de espíritu que hemos heredado los terracampinos. Se caen las casas, se van los chiguitos, las palomas emigran y se nos mueren hasta los cementerios. Nos aferramos todavía al ‘tendrá que ser así’.
Pero, en Cuenca de Campos, una minoría ruidosa llena de barro hasta las cejas ha iniciado una revolución de las de verdad, de las que nacen de la tierra, que disparan balas de paja y barro, construyen barricadas de tapial y adobe, ese ungüento bendito y barato con el que nuestros mayores construyeron casas, cuadras, muros y palomares. La Fundación Re-Habitar acierta poniendo el puntero en el icono del paisaje de la Tierra de Campos, que compartimos palentinos, zamoranos, vallisoletanos y leoneses, unidos por una muralla invisible de tapial y un cordón de palomares que viene en el mapa desde mucho antes del primer Catastro del Marqués de la Ensenada.
La Fundación ha dado en el clavo: nos ha preguntado por qué dejamos caer los palomares, ya no comemos sus pichones, hemos renunciado a un par de palominos en la dieta alimentaria y dejamos marcharse a nuestras zuritas y bravías. Y nos ha obligado a cuestionarnos su defensa, desde la sociedad civil, para evitar su deterioro; volver a inventariar; y que, sin quimeras, vuelvan a sus nidales los pichoncillos arrulladores de esa habanera de Castilla, la de las ‘Altas torres de la capilla’ que canta María Salgado y que se ha convertido en la ‘Grândola, vila morena’ de la revolución de los palomares, iniciada en Cuenca de Campos y acaudillada por Tinín, un curtido alcalde de pueblo, e Izaskun, una arquitecta campeona de lucha en el barro de su tierra. La mecha ya está encendida. No perdamos la oportunidad de salvar la arquitectura que sostiene la geometría alada del llano, y que tiene el mismo derecho de subir a los altares y volar hacia el futuro.