Perder el miedo
OPONGO miedo a libertad. Miedo a perder el trabajo o a no llegar con tus ingresos a fin de mes. Miedo a perder a un ser querido, a sufrir una enfermedad irreversible, a envejecer e incluso a morir. Miedo a sufrir algún tipo de violencia. Miedo al jefe. Miedo al fracaso. Miedo a la soledad, a la depresión. Miedo a perder nuestra identidad, a la desaparición de nuestro entorno, de nuestro pueblo…
En estos días, rememoramos épocas de miedo como aquellos terribles momentos cuando ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco; todos estábamos en vilo y el miedo y la rabia contenida se vivían en casi todos los hogares. Este país ha sufrido en su reciente historia mucho miedo y hay quienes se han aprovechado del miedo de los demás para obtener réditos para su causa. Seguro que todos tenemos casos cercanos de quienes han utilizado nuestros miedos en su propio beneficio.
Junto a los miedos colectivos hay otros individuales que padecemos ante situaciones que nos desbordan y ante las que no siempre tenemos capacidad de respuesta; por múltiples motivos. Unos y otros nos impiden, con desigual intensidad, vivir el día a día con serenidad y acotan de forma destructiva nuestra libertad.
Propongo al lector que enumere los miedos que frenan su felicidad y empiece cuanto antes a conquistar el miedo para recuperar su riqueza personal, como acertadamente sugería el brillante Bertrand Russel. Y destaco la personal, porque hay miedos que no dependen solo de uno, sino del entorno y del colectivo más o menos próximo. Viene esto a cuento de las mujeres que no pueden vivir ni las fiestas en libertad porque hay desalmados dispuestos a amargarles la jornada, como es el caso de los sanfermines. Y viene esta reflexión a cuento de todas esas situaciones de dominio que a diario se producen en nuestros hogares, trabajos, barrios… y también en nuestros pueblos. Hay un miedo en la despoblada Castilla y León que en estos meses de verano se atenúa; es el miedo a la desaparición del pueblo en el que uno vive, el que sufren cientos de poblaciones al borde de la extinción. Es un miedo latente que convive con la pérdida de servicios esenciales, como la lejana sanidad, y con la imparable sangría demográfica.
Son miedos diferentes, pero convertir el cúmulo de miedos en espacios de libertad para combatirlos es el reto. La clase política debe hacer mejor su trabajo -que no es poco- e implicarse, pero sería un gran error dejar sólo en sus manos ese gran objetivo ciudadano de conquistar el miedo.