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MAYO es un mes muy socorrido. Es el portero de la primavera y el más florido. En su mochila de celebraciones, este año incluye una fecha más del calendario: el primer ‘Día Movimiento Vino DO’, que el pasado día 20 cristalizó en un brindis con el objeto de fomentar el consumo del vino con Denominación de Origen. La idea partió de la Conferencia Española de Consejos Reguladores Vitivinícolas y arrancó con solo 25 consejos reguladores, que se movilizaron para levantar la copa y brindar. Pocos, muy pocos. Debería haberse sumado el grueso de las denominaciones de vinos españolas, por muchos motivos. El primero, porque necesitan un nuevo respaldo emocional del consumidor, que ha ejercido de buen comprador y patriota defensor de ‘lo nuestro’ en materia de vinos. El segundo porque, ante la vorágine de figuras, menciones y marcas, se ha debilitado su hegemonía. Y, en tercer lugar, porque dentro del sector del vino existen evidencias minoritarias de movimientos de descontento ante la gestión de algunos consejos con respecto a la garantía de calidad de sus vinos. En todo caso, el principal motivo de este brindis al sol de mayo es el alarmante descenso del consumo de vino en España. Algo difícil de entender en materia de vinos de calidad, después de todo el aparato propagandístico de los últimos años en defensa de ‘nuestros vinos’.

Al margen del brindis, lo cierto es que las DO’s son un tesoro que debemos vigilar y custodiar. Son el aval para el desarrollo económico del medio rural, donde se asienta la viña y las bodegas, dentro de los ámbitos geográficos protegidos. Las DO’s fueron el mejor invento alentado desde el Estado en los 70 del siglo pasado, desarrollándose desde el Instituto Nacional de Denominaciones de Origen (INDO), efectiva herramienta que sirvió para tejer los primeros mimbres de un mapa de menciones, hoy dentro de un marco normativo europeo. En Castilla y León han dado muestras de efectividad, dinamizando territorio y generando inversiones. Acaba de saldarse una asignatura pendiente protegiendo Cebreros, la última comarca tradicional de vinos. Eso sí, con un retraso de dos décadas. La DOP Cebreros, que acaba de nacer, es la única fórmula para impedir su propia desaparición del mapa histórico del vino y la plataforma más efectiva para que se genere un nuevo caudal de ilusión que beneficie a los viticultores de esta parte de Ávila, con nuevas inversiones que garanticen el futuro de sus viñedos. Este sí es el brindis de este mes de mayo: la DOP Cebreros.