Humanismo inequívoco
AUNQUE sea nadar contra corriente, he de decir que la tauromaquia es de las pocas parcelas del arte y la cultura en las que aún reposa un humanismo inequívoco, pujante y huérfano de contradicciones. Un humanismo que no exhibe bondades tontas, sino que apuesta por el ser humano por encima de todo. Y que ofrece, sin ambages, la primera y mejor opción: la vida humana.
Mientras algunos medios de comunicación priman la noticia del salvamento de un perro que cayó a una acequia por delante de la información del rescate de dos personas cuyo vehículo, en el que viajaban, se sumergió en un canal, los toros permiten revivir, sin trampa ni cartón, la inmemorial historia por sobrevivir del ser humano, tan actual hoy como en los tiempos que lo que la primera (y única) residencia era una caverna.
Si a eso le sumamos que desde la sede central de diversas ideologías se demoniza el toreo, pues mucho más a mi favor. Ya no sólo es que correr sea de cobardes, sino que las mayorías nunca me han seducido. Y menos los éxitos asegurados. Fíjense que en eso del fútbol soy del Zaragoza, que camina lastimosamente por las medianías de la segunda división.
La dicotomía entre toros y fútbol, por cierto, también resulta de interés para una somera reflexión. El aficionado taurino goza de un juicio y reflexión individual, y no acude a los tendidos a que gane uno y/o pierda otro. Asiste para un disfrute emocional e intelectual. El del fútbol, incorporado de modo anónimo a esa ‘masa social’ del club, quiere que ganen los suyos y pierdan los otros. Entre la creación y la victoria hay un trecho enorme, el mismo que existe entre vencer y convencer.
El humanismo, volvamos al origen, debería ser el único eje de las acciones de cada persona y de las decisiones comunes. Frente a él, se vistan como se vistan, se alzan, henchidas de votos y subvenciones, las ideologías. Un humanismo, por cierto, al que aludió Luis Argüello, obispo auxiliar de Valladolid, en homilía ofrecida en honor de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid, y de los toreros. Argüello, al que conocí de chaval, es un buen tipo, llano, muy humano.