El problema español
Hay quienes siguen opinando que el hecho de que se hable de las guerras civiles del pasado o, más bien, que se intente hacer justicia con la memoria de las víctimas de la última, es un error; que constituye una equivocación que nos abocaría a perpetuar una especie de endógeno guerra-civilismo patrio. Suelen ser los mismos que ahondan en la idea perversa y auto-inculpatoria de un supuesto carácter nacional genéticamente condenado al desastre: seríamos irremediablemente pícaros, corruptos, sanguinarios, fanáticos, más exaltados, gritones e ingobernables que nadie.
No estoy en absoluto de acuerdo con nada de ello. Y, por el contrario, considero bastante perjudicial que algunos de nuestros supuestos ‘intelectuales y artistas’ (esos que se piensan indispensables para que la cultura perviva en nuestro país) abunden en la nefasta tradición de considerar a España el único país con problemas de corrupción, de gobernabilidad, de unidad o de guerras civiles en el mundo. Lo que sí parece casi interminable es la cadena de estupideces que hacen, dicen y repiten nuestras élites intelectuales, políticas y económicas. Un poquito más de conocimiento antropológico sobre lo que se entiende por cultura en el mundo contemporáneo (que no sólo se reduce a sus subvencionados chiringuitos para los ‘cultos’ –y ricos–) resultaría bastante conveniente. También profundizar en los auténticos conflictos que tiene abiertos España, que no son tanto territoriales –aunque en ocasiones lo parezca–, sino los de modelo productivo, el equilibrio entre campo y ciudad, la brecha cada vez mayor (aunque nunca dejó de ser demasiado grande) entre clases…
Son estos los verdaderos problemas que aquejan a Castilla y León o Cataluña, hoy, no su supuesta contraposición de nacionalismos (centralista y periférico). La prueba la tenemos en las encuestas que indican el escaso apoyo que obtendría hoy en el País Vasco la propuesta secesionista. Porque la situación económica y social es razonablemente mejor que en el resto.
Y no hay más.