Las Edades del vino
En el 540 aniversario de la batalla de Toro, que respaldó las pretensiones al trono de Isabel la Católica, se presentaba el martes 1 de marzo en la colegiata una nueva edición de las Edades del Hombre, todavía sin fecha de estreno, pendientes de la agenda real, con ganas de provocar. En la capital histórica del vino, se ha bautizado la muestra como Aqva, en homenaje al Duero que ciñe la ciudad, olvidando el duelo de un remoto rey leonés, que lamentaba lo poco que duraban las cosechas de aquel vino espeso y altivo, capaz de rescatar de la pena al triste con su aroma de fruta. El vino presente en las bodegas colombinas de la conquista de América y en la enseña de una de las tres carabelas, bautizada como Pinta. Aunque ahora la clerigalla de las Edades olvide la exigencia del toresano Diego Deza.
Porque Toro, que nos queda tan cerca, fue durante cuatro siglos una de las diecisiete ciudades con derecho a voto en Cortes, por delante de Madrid. Y la única que desapareció hace 210 años como provincia. Capital de un archipiélago, con territorios extraviados en Palencia, de Carrión a Guardo, y en la montaña de Reinosa. Como la provincia de Valladolid en el antiguo régimen. A la hora de la liquidación de Toro, sus partidos dispersos pasaron a Palencia y el de Toro a Zamora. Su legado monumental alcanza todos los estilos y épocas, desde el románico a la decadencia decimonónica.
De ahí el acierto de concebir la exposición como un recorrido por diferentes sedes, porque el merodeo por su laberinto de calles permite degustar el sabor de una ciudad insospechada. El mirador de la colegiata ofrece el disfrute combinado de la vega del Duero y de la riqueza de volúmenes del templo románico que corona un espléndido cimborrio. En torno a la plaza Mayor se abren soportales y calles de inusual encanto. La joya mudéjar de Toro es San Lorenzo el Real, cuyo tesoro interior de artesonados, tablas góticas de Fernando Gallego y lujosos enterramientos hace justicia al repertorio decorativo de sus muros de ladrillo. Queda el deslumbramiento de los monasterios situados hacia la puerta de Adalia, donde estuvo el palacio María de Molina.