Esto es lo que hay
MIENTRAS la desorientación demoscópica crece y ya no se sabe si es que los que «cocinan» las encuestas están cada vez más desorientados o son las propias encuestas las que desorientan al personal; mientras los representantes de los partidos pasan alternativamente de «sacar pecho» al abatimiento y vergüenza repentinos o al pánico absoluto ante el hecho de que la gente les dé la espalda y pueda no votarlos; mientras crece más y más la sensación de que nadie tiene puñetera idea de lo que ocurrirá de aquí a las elecciones generales...
Mientras sucede todo esto, convendría hacer una reflexión serena sobre el país en que uno vive y el momento en que ese país se encuentra. Para que no acabemos todos gritando y corriendo como locos por las calles o nos atrape el irreprimible deseo de escapar a toda prisa hacia cualquier otro lugar de la tierra. Ya que parece éste muy a menudo un país-veleta, tornadizo, ciclotímico, que va de la euforia al desencanto con demasiada facilidad. Tampoco es que el inmovilismo, la parálisis, el recelo ante los cambios sea necesariamente algo bueno. Y aquí, en Castilla y León, hay bastante de eso.
Daría la sensación, en todo caso, de que somos ciudadanos de una nación que se quiere poco y se conoce peor. Que gira, vira, salta de entusiasmo y se viene abajo en su propia decepción porque anda escasa de una introspección rigurosa, para lo bueno y para lo malo. Estamos donde estamos. Y venimos de donde venimos. Pues sí, hace algo menos de dos siglos aquí todavía existía la Inquisición; y hace poco más de medio siglo desde que padecimos nuestra última guerra terrible entre los unos y los otros, todos miembros de un mismo país. Pero también como nación hemos sido capaces de crear muchas cosas buenas y hermosas que asombraron al mundo. El no saber, el no detenerse a mirar qué somos y qué queremos ser, o hacia dónde nos dirigimos, resulta siempre peligroso. La penosa realidad actual no es el resultado de un destino fatal escrito en nuestros genes.
Mírate, España: esto es lo que hay.