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LEO AYER la entrevista a Herrera en este diario. Los domingos hay tiempo, aunque he de confesar que hice un descanso para el avituallamiento del mediodía. En campaña, o pre, el presidente de la Junta se desnaturaliza y pierde, en parte, la sensatez que lo hacen un ejemplar representante. Esa apariencia de ejercer el cargo con la diligencia de un buen padre de familia de la que habla el Código Civil. Alguien que es vigilante, que ofrece confianza y que no deja entrever, ni en gestos ni en palabras, la deriva de la vanidad y la soberbia.

Los periodos electorales, me parece, lo sumergen en un líquido competitivo en que no se mueve como pez en el agua. Lúcido, sin brillantez, sensato, sin carisma, Juan Vicente Herrera, quizá no sea el yerno que deseen todas las madres, aunque sí el presidente de Comunidad de Propietarios capaz de que el ascensor funcione y nadie haga ruido a partir de las doce de la noche.

No es tanto un perfil bajo, como un comportamiento mesurado. Sin duda una virtud para el ejercicio del poder, aunque no favorezca la autoestima del ciudadano necesitado de estímulos que provengan de sus dirigentes. No es mala su falta de instrusismo con los psicólogos, aunque algún psiquiatra le desmerezca en su capacidad de elegir compañeros de viaje político.

Más cercano al paseo y la reflexión, a la comida de confidencias, los mítines y declaraciones de hostigamiento a otras fuerzas políticas se antojan forzadas. No tanto porque no diga lo que piensa, más bien por su falta real de interés en dedicar tiempo a la escaramuza y no al trabajo silente, conventual. Mejor el claustro que el polideportivo.

Aunque su ejecutivo y él mismo se hayan mostrado en ocasiones autistas e insensibles con políticos vocacionales de provincias, personas no contaminadas por la estructura oficialista de los partidos, a los que nada se puede imputar (procesalmente hablando), nada real contradice su frase «Yo no tengo derecho a quejarme», en contraposición con la legitimidad de las protestas por los más perjudicados por la crisis, en los que el escarnio de la corrupción, además, ofrece una arista hiriente y humillante.

Los toros más impertinentes, guerreros y arpíos en la dehesa suelen ser los de mayor mansedumbre en el ruedo. Entre el mitin de polideportivo y el ejercicio recto del poder político puede que ocurra algo parecido. Sobre la corrupción debería refugiarse en tablas.