Los ricos de aquí
HABÍA UN «culebrón» que alcanzó gran popularidad a partir de los años 80 en los países de habla hispana. Su título era Los ricos también lloran . Y me he acordado de ello en estos días porque no se sabe si algunos de los ricos que están siendo descubiertos en sus peripecias defraudadoras derramarán alguna lágrima; pero lo que resulta diáfano es que quienes no declaraban o se enriquecían dudosamente no saciaban jamás su afán de acumular bienes.
Propongo que algún nuevo culebrón por rodar se llame Los ricos nunca se hartan . Como ocurrió con otra telenovela de éxito y premonitorio título, El secreto , podría rodarse con la Plaza Mayor de Valladolid al fondo, ya que algunos «secretos» se van destapando de lo que ocurría en Castilla y León durante estos tiempos «tan felices».
Lo más llamativo de las trapacerías de nuestros ricos y de quienes aspiraban a serlo es ese comportamiento –incomprensible para muchos– de amontonar dinero y posesiones en una proporción que hace imposible poder agotarlos no ya en una vida, sino en varias generaciones. Y esto sin la menor pizca de remordimiento o mala conciencia: como un derecho que se tiene por la cuna y familia en que se ha nacido o por lo espabilado para enriquecerse que uno ha demostrado ser respecto a los demás.
Tal arrogancia debe de ser muy de aquí, porque vemos que en los países anglosajones y, especialmente, en los EEUU, quienes como Bill Gates consiguen atesorar cantidades muy por encima de la media se desviven en «devolver» de algún modo a la sociedad parte de lo que antes habrían «tomado».
Creo que es por ello, y no tanto porque su filantropía sirva para desgravarse, que esos ricachos promueven y financian allí entes y fundaciones desde los que colaborar en un cierto reequilibrio económico o social, mientras que por nuestros pagos dichos organismos parecen servir para que partidos políticos, empresas, instituciones o particulares reciban dinero público por un supuesto altruismo que no suele ser tal.