DO RIBERA DEL DUERO
Más de medio siglo en la linde

Galo López Cristóbal y Cristina Rodero posan enfrente de la bodega
Conocí a los López Cristóbal hace ya muchas décadas. En el inicio de la revolución del Duero, nueve años después de crearse el Consejo Regulador, inscribe la bodega que ya contaba con viñedos. Era una bodega pequeña, aunque en un amplio espacio lleno de edificios herederos de una granja agropecuaria. Y así, Galo, el nieto de Santiago, hijo de Santiago López y Lola Cristobal, lleva ahora la nave de este modélico proyecto vitivinícola junto a Cristina Rodero, su mujer. Pero la clave de todo lo heredado está en el acierto de un planteamiento bien diseñado, paso a paso, sin estridencias ni alocadas inversiones y en un cuidado excesivo de la viña y de la aplicación racional de las prácticas culturales. El temple de Santiago López, con formación agraria, fue decisivo para definir los vinos y escalar puestos entre las sólidas y dignas referencias de la Denominación de Origen Ribera del Duero. Por eso sus vinos están entre las menciones de prescriptores internacionales y obtienen el aplauso de sumilleres, prensa especializada y de hostelería. Conocí esta bodega y a Santiago en los noventa. Precisamente en la viña de la Linde, que así se llama el emplazamiento de la plantación más próxima a las naves de recepción de uva, del lagar, elaboración, crianza y salas para visitantes. Santiago López se adelantó a todos y hace treinta años, aconsejado por Jesús Yuste, inició la primera plantación de la blanca albillo con una selección de catorce clones facilitados por la finca Zamadueñas que hoy conocemos como el ITACYL. Hoy cuenta con cinco hectáreas de uva blanca albillo con las que se suma a la emergente cara blanca del Duero junto a un rosado de corte moderno. Seguimos con las viñas, pues en las ochenta hectáreas con las que produce en torno a 400.000 botellas de vino con DO, tienen una media de edad de 35-40 años y en algunos majuelos, cepas en vaso con más de cincuenta. La mayor parte de la viña está en el término municipal de Roa de Duero: la Linde, la Colorada, Manvirgo, Valera y los Centenales, entre otros. Con los años se adquirieron nuevas viñas con cepas viejas en Pedrosa de Duero, en los pagos Machín o el Carril. Un guiño al terruño de Cristina Rodero. Si la viña ha sido clave en la bodega de los López Cristóbal, el planteamiento y el criterio enológico ha sido fundamental. De las ochenta hectáreas, el 90% tempranillo, el 6% albillo y un pequeño porcentaje de la tinta merlot. La política de crianza ha contribuido a definir todos sus vinos en función de su estructura. Para ello cuenta con un parque de 800 barricas. Tres fudres de 3.000 litros, un 20% de envases de roble de 500 y un 15% aproximado de 300 litros de capacidad. Todo ello define los tintos López Cristóbal —la Linde, La Colorada, Parcela Uno, el Bagús— que se inspiran y vienen del entorno de la Cuesta Manvirgo, montaña sagrada de la Ribera. Quiero destacar uno de los vinos más originales por su carácter selectivo y su proceso de fermentación con uva entera y depósito abierto y todo con uvas del pago de Machín. Se llama Viracocha y es un guiño que Santiago hace a la cultura inca, ya que es nombre que dan al dios barbudo y blanco creador del universo que algún día habría de regresar por el mar. Toda una boutade simpática de los López Cristóbal de la que solo producen 1.000 botellas que les quitan de las manos los ochenta restaurantes peruanos que hay en España, doce de ellos en Castilla y León. La bodega exporta el 40% de su producción y va camino de cumplir 100 años desde que Santiago López diseñara su granja agropecuaria, que hoy, junto a la harinera, hace las delicias de los enoturistas. Sin duda una bodega que merece la pena visitar y escuchar de la mano de Cristina Rodero y del nieto de Santiago, como fue la fisonomía de la granja en su origen, hoy todos sus edificios forman parte de los distintos procesos de elaboración, crianza y enoturismo.