De izda. a dcha.: Jesús Ángel Martín (responsable de campo); Avelino Gozalo (socio); José Miguel Vaquero (gerente); y Fernando Valenti (asistente de enología), en el viñedo que está junto a la bodega (al fondo).-ARGICOMUNICACIÓN

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Javier Pérez Andrés

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La bodega y los vinos se llaman Convento Oreja. Su nombre figura en el listado de las bodegas vallisoletanas de la Ribera del Duero, sus vinos suenan entre los tintos amparados por esta Denominación de Origen y su etiqueta es conocida en varios países del mundo. Pero pocos saben cuál es la fuente de inspiración de este nombre. En realidad se trata de las ruinas de un viejo convento: el de Santa María de Oreja. Ahí está, ocupando el paisaje sin que nadie le cante ni le rime, entre el despoblado de Minguela y los términos de Langayo, Bahabón y Campaspero, en lo alto del páramo que mira al Valle del Duero. Los restos del antiguo edificio siguen a la intemperie, con su leyenda sin rematar, dejando un hueco en la Historia y la duda de quiénes lo habitaron y hasta cuándo.

Pero todos los niños y niñas de Langayo siempre han sabido que allí vivieron los templarios. Entre ellos, los hermanos Vaquero Peña: Antonio, José Miguel, Soledad y Carlos; además de otras familias, como la de Jesús Ángel Martín, con la que mantienen lazos de parentesco. Unos y otros se han criado en un ambiente rural estrechamente relacionado con el mundo del vino, y han conocido las viñas, la bodega y el vino del abuelo Rufino. Todo esto ha formado parte de sus vidas, hasta que un día Antonio decidió que había que seguir la tradición y elaborar un vino en la DO Ribera del Duero. Pero como Langayo –situado a siete kilómetros de Peñafiel– se quedó fuera del ámbito geográfico de la Denominación, decidieron trasladar al corazón de la Ribera el espíritu de su pueblo, los recuerdos de la niñez y las ruinas del viejo convento.

En esta añada se termina de rematar la construcción de la nueva bodega, situada en el Valle del Botijas, en la localidad vallisoletana de Mélida, que está a cuatro kilómetros de Peñafiel. Culmina así una larga historia que empezó a escribirse en la añada de 2002, justo cuando nació el primer tinto Convento Oreja. En aquel año se comercializaron solo 5.000 botellas. Desde entonces, el proyecto no ha dejado de crecer, y hoy está formado por 15 socios, a quienes les unen lazos familiares y de amistad. Todos han sabido esperar y han creído en el proyecto de Antonio Vaquero. El resultado es una marca ya consolidada, presente en 14 países, y una bodega capaz de comercializar en torno a 150.000 botellas cada año, la mitad destinada a la exportación.

El joven enólogo Fernando Valenti, vinculado al Valle del Botijas, se encarga de las tareas de bodega. Por su parte, José Miguel se encarga de la gerencia, mientras que Jesús Ángel es el responsable del viñedo. En principio, la bodega adquiere la materia prima a viticultores del entorno, aunque cuenta con alrededor de 20 hectáreas, repartidas en distintas parcelas de Mélida, Peñafiel, Pesquera y Padilla de Duero.

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La bodega Convento Oreja se prepara para entrar en la oferta enoturística desde el Valle del Botijas. En las nuevas instalaciones, los aficionados conocerán la historia del Convento de Oreja, que ya se refleja en uno de los vinos más selectivos de la casa, Memoria. Sin embargo, siempre estará presente el espíritu de Langayo, el pueblo de origen de casi todos sus promotores y germen de la iniciativa.