Maldito y excelso. Jaime Gil de Biedma (1929-1990) legó versos memorables, que no alcanzan a encubrir su vida atormentada, después de haber sufrido abusos sexuales reiterados en la infancia y en la adolescencia, por parte de una persona de su círculo íntimo, pero tampoco justifican la distancia de los Delibes, que nunca fue recíproca. No hay en la tierra, todavía, nada que sea tan dulce como una habitaciónpara dos, si es tuya y mía De hecho, el poeta alimentó el ensueño de su madre, Luisa Alba Delibes, de que iba a convertirse en heredero del abuelo, cuyo legado regeneracionista evoca en estos versos transidos del proyecto de una España capaz de vencer a sus demonios seculares: Mi infancia eran recuerdos de una casa con escuela y despensa y llave en el ropero El altivo poeta mundano añora el lugar mítico que fue la casa familiar de Nava de la Asunción, al que siempre acaba por volver. Allí evoca en su diario la reclusión de 1956, tocado por la enfermedad, mientras estudia la alta poesía de Jorge Guillén, cuyo padre había sido testaferro del abuelo: “Recuerdo la ternura que me inspiraba mi abuelo don Santiago en sus últimos años, cuando le miraba bostezar: parecía un leoncito viejo”.