PÁDEL / PREMIER P1 LONDRES

El rey Arturo también conquista Londres

Coello y Tapia se imponen 6-3, 5-7, 7-5 a Galán y Chingotto en la final del primer torneo en la capital de Reino Unido / Resurgen tras el descalabro en semis de Pretoria

Arturo Coello celebra junto a Tapia el Premier P1 de Londres.PREMIER PÁDEL

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Un Tapia-Coello contra Galán-Chingotto no es un partido más. Es, directamente, el partido. Es al pádel lo que un Clásico al fútbol español, lo que un Nadal-Federer, un Djokovic-Federer o un Djokovic-Nadal al tenis: un duelo que trasciende el marcador, las estadísticas y hasta el propio torneo. Un ‘SuperClásico’ en toda regla. Dos parejas que se conocen de memoria. 

Y el escenario estuvo a la altura de la cita. Londres, una de las grandes capitales mundiales, se vestía de gala para recibir por primera vez una final masculina de pádel en Reino Unido. Era el trigésimo noveno capítulo de una historia escrita a golpes de pala durante dos años y medio. 25-13 para los Golden Boys en el particular y un 5-4 favorable a Tapia y Coello en este 2026. Cuando están ellos cuatro al otro lado de la red, las estadísticas se quedan pequeñas. Cada pelota pesa. Cada punto cuenta. Cada error se paga caro. Y en una final, todavía más.

Los Golden Boys salieron dispuestos a dejar claro desde el primer peloteo quién mandaba. No hubo tanteo, ni miramientos, ni tiempo para entrar en calor. Fueron directamente a por la red, arriba, sin contemplaciones, buscando incomodar a sus rivales y obligarles a jugar siempre al límite. Primer juego, primer golpe sobre la mesa y primer break para poner el 1-0. Un puñetazo encima de la mesa en toda regla.

Y cuando Agustín Tapia y Arturo Coello tienen el marcador de cara, ocurre algo que conocen demasiado bien sus rivales: se sueltan las cadenas. El catamarqueño empieza a hacer magia con la pala y el vallisoletano convierte cada golpe en una amenaza. Desde ese momento, ambas parejas mantuvieron sus servicios hasta el 3-2, pero los números uno no levantaban el pie del acelerador. Eran un muro. En el noveno juego llegó otro break y ahí comenzó a inclinarse definitivamente la balanza. La calidad infinita de Tapia se mezcló con la determinación y la potencia de Coello. Uno ponía la seda; el otro, el martillo.

Servicio contundente, presión constante y un pádel tremendamente ofensivo. Una receta que pocas parejas en el mundo pueden soportar y que permitió a los reyes del pádel cerrar la primera manga con autoridad: 6-3 en apenas 26 minutos. 'ChinGalán' era, por entonces, un mar de dudas. Incómodos, obligados a defender demasiado lejos de su zona de confort y sin encontrar la manera de frenar la avalancha.

Pero las finales tienen memoria corta. El listón no bajó ni un centímetro. Los de Pratto siguieron jugando con una velocidad endiablada. Hasta que algo cambió. Tras una de las pausas, Chingotto y Galán encontraron una grieta en el muro. Un pequeño resquicio por el que volver a respirar. Llegó el break y, aunque los números uno seguían por delante, 4-3, las sensaciones habían cambiado. El partido había dado la vuelta a la tortilla. La energía ya no estaba únicamente del lado de los Golden Boys y ChinGalán empezaba a creer. Y cuando una pareja cree, todo puede pasar.

El duelo entró en el territorio prohibido del 4-4, esa zona de la pista en la que cada pelota empieza a quemar un poco más. Los de Jorge Martínez consiguieron colocarse 5-5 al límite y, de repente, la final quedó suspendida de un hilo. Unos tenían el partido en sus manos; los otros, la posibilidad de devolverlo a la casilla de salida. La balanza se inclinó por pequeños detalles. Break en el momento decisivo, saque para cerrar y 5-7. Habían resucitado.

Y entonces apareció el tercer set. El territorio donde las piernas pesan, la cabeza manda y el corazón puede marcar la diferencia. Tapia, que había acumulado más errores no forzados de lo habitual, no estaba cómodo. Tampoco Coello encontraba la tranquilidad de la primera manga. Aun así, los Golden Boys mandaban 3-2. Pero algo había cambiado: el plus de concentración estaba del otro lado de la red.

Unos buenos remates hicieron que Coello volviera a rugir. Ese “¡Vamos!” que llevaba tiempo sin aparecer era más que un grito: era una declaración de intenciones. Volvían a tener una opción de break. No llegó a cristalizar, pero el mensaje estaba enviado. El 3-3 dio paso a una fase en la que cada punto parecía escrito con tinta indeleble. El marcador avanzó hasta el 5-4 para los dominadores del circuito. Galán estaba firmando una actuación de época, pero los Golden Boys no estaban dispuestos a entregar el trono sin pelear hasta la última pelota. Sacaron su orgullo, apretaron los dientes y encontraron el 6-5 para asegurarse, como mínimo, el tiebreak.

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Y entonces llegó el momento. Coello y Tapia volvieron a ser ellos. Los de siempre. Los que aparecen cuando el partido entra en territorio de leyendas. 15-40. Dos bolas que olían a título. Buscaron a Chingotto con tres globos consecutivos, obligándole a jugar sin red de seguridad. El argentino, que había sostenido a su pareja durante buena parte de la batalla, se quedó sin margen de error. La pelota se marchó fuera. El silencio dio paso al rugido. Tapia y Coello se miraron y sonrieron, porque Londres ya tenía nuevos reyes.