Publicado por
Arturo Alvarado
Valladolid

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Ante la tentación de dejar al perro en el garaje, el coche en el salón y el dueño de la casa en la caseta para animales, nada mejor que poner cada cosa en su sitio. A Paco Herrera le ha costado, como él mismo reconocía después del partido, en un ejercicio de sinceridad y humildad encomiable. Le ha costado un huevo, añado. Al míster le salva tener un corazón que no le cabe en el pecho. De albergar Zorrilla una versión de Luis Enrique, ese entrenador con cara de comer limones del desayuno hasta la cena, los cuchillos volarían desde hace semanas. Sí, también los periodistas debemos hacérnoslo mirar. Nos pasan la mano por el lomo y nos ponemos retozones.

Jordán, de mediocentro. Villar, de extremo. Mata, de delantero centro. La revolución silenciosa que abrió las compuertas de la goleada de ayer no llegó con decisiones geniales, como cuando Loren pasó de ser ariete a central. Vino poniendo a cada uno en su sitio. Lo que eran antes de llegar a Zorrilla. Donde han jugado toda su vida. Cinco meses de trabajo le ha costado a Herrera meter el triángulo en el agujero de tres lados y el círculo en el redondo. Cuatro meses de competición, no tirados a la basura, pero sí viendo un equipo que rechinaba por muchos flancos y de rendimiento irregular. Una masa amorfa de arcilla que lo mismo derivaba en réplica del David de Miguel Ángel que en botijo. Con pitorro tapado, por supuesto.

Antes de continuar desmenuzando lo que se podrían entender como claves para la comprensión completa del fútbol, que no existen, cabe poner entre paréntesis el partido de ayer. Sin regatear un ápice de esfuerzo ni mérito al Real Valladolid, enfrente se encontró un manso. El Mirandés no fue el de Terrazas ni el de Barragán. Deambuló por el campo sin comprender el partido, dejando atrás su dibujo del último año y medio, pero sin saber cuál es el que le ha recetado su nuevo técnico. Además los pucelanos marcaron pronto. Cuando eso ocurre, son otros. Y aun así, cedieron demasiados metros e iniciativa al rival en la primera mitad. Suerte que éste era mollar. El marcador no les aportó confianza hasta la segunda mitad. El 3-0 sí desató a un equipo que ofreció su mejor repertorio ante un Mirandés suicida que no presionaba y dejaba demasiados huecos.

El Getafe, equipo de Bordalás con todo lo que esto conlleva, servirá el sábado como prueba del nueve para conocer si el Pucela se ha enchufado a la excelencia o sus últimos éxitos son tan altisonantes porque enfrente se hallaban dos rivales agujereados.

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Llámeme clásico, pero al menos me queda la confianza de que con el perro en la caseta, el coche en el garaje y el dueño en el salón, las cosas serán más fáciles. Y puestos a tirar la casa por la ventana, no estaría mal probar a Lichnovsky en el central, Markel en el lateral, y Mata y de Tomás como pareja de ataque. Y hasta Anuar con Jordán en el mediocentro. No lo demando. Sólo es mi carta a los Reyes.