Fútbol: Zaragoza - Real Valladolid (crónica)

El Valladolid aprende a competir

Se encuentra con un autogol y un penalti inexistente favorables al comienzo de cada tiempo, pero cuaja un excelente partido en defensa que anula por entero al Zaragoza / Primer triunfo a domicilio y quinto consecutivo en La Romareda

El ayer mediapunta blanquivioleta Tiba tira a puerta ante los zaragocistas Cabrera y Rico.-Photo-deporte

Publicado por
Arturo Alvarado
Valladolid

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Portugal se quejó durante la semana pasada de que la suerte le había sido esquiva en los últimos empates. Confesó que esperaba verle la otra cara. El fútbol no es un banco. No hay debe ni haber. Ni asientos contables. Pero ha tardado sólo una jornada en saldar esa hipotética deuda. Sin un solo disparo de peligro entre los tres palos, el Real Valladolid ganó 0-2 al Zaragoza. Un gol en propia puerta y un penalti inexistente a Tiba (como ese contacto hay veinte en cada encuentro) convertido por Del Moral decidieron el partido.

La fortuna ofreció otro guiño a los castellanos. Los goles llegaron al comienzo de cada tiempo. Cuando más año hacen. El primero, en el minuto 2. Hermoso saca un córner con mucha rosca, Villar peina y Cabrera, en su intento de despeje de cabeza, lo introduce en su puerta ante las dudas del portero Herrera. El definitivo madrugó 12 segundos después del retorno de vestuarios. Tiba intenta controlar un balón en el área, Iñaki mete el pie y el portugués cae como un saco de patatas.

La suerte, la fortuna, la baraka, acabaron aquí. Porque el resto de la historia de este partido lo escribió el Real Valladolid a base de orden, esfuerzo y competitividad. Es decir, de mérito. Arriba estuvo más que espeso, pero su planteamiento defensivo fue casi perfecto. El Zaragoza, equipo más en forma de la Liga, fue anulado en ataque. Y todo gracias a la pérdida de ese miedo que llevó en demasiados partidos al equipo a acularse, buscando una protección que en realidad es una puntilla.

La defensa salió de la cueva y se juntó a la perfección con el medio campo. Excepto una doble y excelente parada de Julio en la misma jugada (minuto 12) el portero pucelano no gozo de oportunidades para mancharse el uniforme. Por fin la portería se quedó a cero, lo que no ocurría desde la sexta jornada, y con empate en casa ante el Nàstic.

Los ataques maños se estrellaban siempre contra el fuera de juego. Cayeron nueve veces en esta trampa, gracias a que la línea defensiva funcionó esta vez como un acordeón. Mérito del trabajo tanto táctico como psicológico del entrenador. Sin espacios, con solidaridad y orden, como si fuese un cuento infantil, los troncos se convirtieron en defensas capaces de desquiciar a un ataque con buenas dosis de dinamita.

Julio cumplió con creces, excepto un despiste en el juego aéreo. Samuel y Silva estuvieron inabordables. Sólo destaparon carencias en salidas al corte con espacios. Pero los mejores fueron Chica y Hermoso. Muy buen partido de ambos, firmes atrás ante puñales como Hinestroza y Ángel, y muy activos en la salida jugada del balón para conectar con el ataque. Su contribución fue determinante.

Como la de Rubio, pareja de Leão en el mediocentro. El riojano tapó los avances del rival por la medular, empujándolo a unas bandas donde los laterales lo anularon. Y distribuyó. A partir de ahí se hizo de noche. El ataque fue invisible. Tiba jugó de mediapunta y Del Moral fue interior izquierdo, acompañando a Villar en el derecho y a Rodri en punta. Su trabajo para ensuciar la salida del balón del rival fue estajanovista, pero fallaron en conducciones, desmarques y últimos pases.

El Valladolid sumó su primera victoria fuera y quinta consecutiva en La Romareda. Pero logró algo mucho más importante: la capacidad de competir. De no caerse a primer soplido. De no perder la cara a un partido y hacerse fuerte dominando el marcador.

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El camino hacia Primera es más largo y sinuoso que la canción de los Beatles. Pero el Valladolid parece que aprende a manejarse en las curvas. Quizá ayer recibió ese espaldarazo que sirva de punto de inflexión. En su manio está si lo deja en anécdota o lo convierte en norma.