REAL VALLADOLID
Por qué Garitano se la juega
Análisis de la situación actual del entrenador blanquivioleta

Gaizka Garitano se tapa parte de la cara durante el entrenamiento del Real Valladolid-Miguel Ángel Santos
Cuando un entrenador se tambalea no se debe a una sola causa. Se necesita que una tormenta perfecta lo envuelva. Gaizka Garitano está acercándose al núcleo de la suya, ubicado en Palamós. Ya saben, la ciudad del viento, por encima de Chicago. La posibilidad de que no acabe devorado por los elementos es muy baja. Los mapas meteorológicos indican que la situación va a peor. Sólo le queda el rescate que, a diferencia de lo que ocurre con las ciclogénesis explosivas, esta vez pasa por él mismo.
1 Experiencia en un solo club y un estilo de juego supeditado al rival
Quizá el mayor error no fue de Garitano sino de Braulio. El director deportivo (como casi todos) estaba deslumbrado por los logros del míster en el Éibar, al que aupó en dos años de Segunda B a Primera, realizando en la élite una gran primera vuelta, aunque el equipo se desfondó en la segunda.
Pero había dos detalles más corpulentos que alimentaban la inquietud. El primero es que el vasco era lo que los ingleses llaman one club man, cuando hablan de ciertos jugadores fieles a un solo escudo. El único bagaje de Garitano en el fútbol profesional se circunscribía al Éibar. Un equipo muy poco exigido, más que humilde en lo económico, con una afición fiel y tranquila, y lejos de los focos de una prensa que apunta directa a la Real Sociedad. El ambiente de trabajo era muy tranquilo. Casi idílico.
Sin embargo todos los técnicos suelen comenzar desde abajo. El beneficio de la duda jugaba a favor del míster. Lo que no suponía una incógnita era su concepción de fútbol. Sus equipos están forjados para jugar eminentemente a la contra. Son rápidos e intentan robar arriba. Si no, se repliegan. Un gusto futbolístico que no es el de Zorrilla, y menos en Segunda. Es difícil de asimilar para una afición acostumbrada a la posesión el adoptar el rol pasivo en su estadio ante rivales como Llagostera o Albacete. Si funcionase, todavía tendría un pase. Pero es que la apuesta hizo aguas.
2 Divorcio con jugadores y directivos, y cambio de guión sin éxito
Los jugadores hablaron con el míster y pidieron alterar un poco el libreto, con más posesión y menos repliegue. Era lógico. La concepción de la plantilla estaba más enfocada al toque que a la velocidad. Era como cortar el solomillo con el cuchillo de pescado. El míster no estaba por la labor, pero transigió. Porque no sólo los futbolistas, sino sus superiores, le hicieron ver que el cambio era bueno. El equipo más o menos se sostenía atrás, pero delante era inofensivo pese a su calidad.
Llegaron las expulsiones reiteradas y Garitano accedió. Tener más balón podía evitar tanta falta por pérdidas, sin obviar los errores arbitrales. El técnico dio entrada a Rubio en la medular y el equipo intentó buscar la posesión. Pero no subió la defensa. El miedo a tomar riesgos se paga, y llegó el caos. El equipo se hizo demasiado largo. Leão y el riojano no son mediocentros para tapar espacios amplios y los rivales volaban en la medular. La defensa, otrora firme, destapó sus carencias. Con el equipo montado mostraban cierta solvencia. Con espacios son de papel.
Y acudieron las dudas sobre las dos formas de juego. La incapacidad ofensiva hizo metástasis en la zaga. El Real Valladolid ahora no es solvente en defensa ni el ataque, y cuenta con una medular estéril en la creación y la contención. Garitano tomará siempre en público la responsabilidad de todo lo que ocurra, pero siente que se está equivocando con las ideas de otros, que la plantilla no ha tenido paciencia con su línea de trabajo y que ahora el equipo está peor que antes. Parece haber perdido la fe en el grupo, al que no ve tanta calidad como se le presupone, y éste se ha dado cuenta. Todos han entrado en la melancolía, cuya máxima expresión fue el partido ante el Oviedo.
El blanquivioleta es el conjunto que menos tira y al que más disparan. Ya no le vale ni la teoría de la manta.
3 El error de consensuar los fichajes entre director deportivo y míster
En el club se han apercibido de esta falta de fe en la plantilla. El hecho ha molestado especialmente, porque algunas decisiones sobre qué jugadores venían y cuáles no, se consensuaron entre Braulio y Garitano. Los entrenadores y los directores deportivos viven en el alambre durante el mercado. Firmar futbolistas a espaldas del míster puede significar que buenos y caros jugadores estén abocados al banquillo. Pero hacer seguidismo con el técnico aboca a comerse una plantilla que no guste a nadie en caso de destitución de éste. Un suspenso con errores de otros.
Braulio cometió el error de conformar una plantilla disonante con el fútbol que desarrolla Garitano. Quizá por eso a éste no le convenza demasiado el grupo. Aun así el técnico colocó piezas y bloqueó otras. Juanpe, que el domingo estuvo en la grada y ha visto dos rojas seguidas, fue petición suya. Espinosa, cedido por el Villarreal al Elche, estuvo a tiro, pero el míster no quería un mediocentro ofensivo de control. También le dieron la posibilidad de fichar un cuarto central. La descartó pese a que es la zona peor cubierta con diferencia del equipo, en cantidad y calidad. Y presuntos cracks de la categoría como Tiba, no le valen. Por eso ahora unos dudan del técnico, otros de los jugadores y algunos de todos.
Descargo de responsabilidades en la faceta atacante
Otro de los asuntos que ha levantado ampollas han sido las declaraciones de Garitano tras el partido del Nàstic sobre la mayor implicación que pedía a sus jugadores de ataque, en especial a Óscar, indicando que en el último cuarto del campo deciden ellos. Con ese planteamiento, al entrenador le basta con parapetar al equipo, sacar unos cuantos balones y que los de arriba decidan con su calidad, su capacidad de improvisación y su magia.
Pero el fútbol no es tan fácil y por algo existen los automatismos de ataque. Rubi los ensayaba más que los defensivos. A Garitano le ocurre al revés: prima los de la retaguardia. Pero un entrenador los es en el 100% del campo y no en el 75%. El mensaje no fue positivo para la plantilla. Aunque es cierto que se debe apretar mucho más a los jugadores, que cuentan con su nada leve parte de culpa en este desastre, no se les puede hacer recaer el peso táctico de los mecanismos de ataque en sus espaldas.
La impresión es que el equipo está roto. Ya ha aparecido uno de los síntomas de agotamiento de mensaje, como es el tiovivo de los cambios grada-once. Es necesario un giro copernicano para enderezar una situación que no nace del juego sino de la concepción del mismo. Algo mucho más grave.
El Zaragoza-Valladolid se jugará el domingo 15 de noviembre a las 12 horas.