Diario de Valladolid
Publicado por
Beatriz S. Olandía
Valladolid

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Si la vida es eso que ocurre mientras uno hace otras cosas, que decía John Lennon, es posible que parte de la nuestra se nos esté yendo entre los dedos en este preciso instante, este momento en que yo escribo esta columna y usted la lee, con más o menos atención, en su casa o en la barra de un bar. Si la vida es algo más que dejarse hacer por las circunstancias, algo tan complicado y a la vez tan hermosamente sencillo como implicarse en el aquí y el ahora, tengan por seguro que llevamos años malgastados en estúpidas discusiones que tapan lo que verdaderamente importa. Porque mientras unos discuten si son galgos o podencos, otros se dedican a alimentar a los canes. Mientras unos tan sólo persiguen la gloria y los fuegos fatuos, otros deciden sentar las bases de otra forma de entender el deporte.

Hasta ahora existían dos modelos distintos de deporte en la ciudad: el de élite, con un objetivo deportivo por encima del resto, y el de base, al que se le exigía una implicación social de la que los primeros se desentendían. Comprender que los laureles de la victoria no están reñidos con ese concepto no es sencillo, aunque la política de los gestos y las fundaciones siempre ha sabido cubrir una parte del expediente.

No deja de sorprenderme aún hoy la aparente -sólo aparente- facilidad con la que al baloncesto de esta ciudad, una rama virtualmente seca y enferma, le ha salido un tallo que rebosa ganas de vivir. Como a esas plantas a las que les arrancas una parte y justo en el punto de ruptura continúan creciendo, al deporte vallisoletano le nace el Club Baloncesto Ciudad de Valladolid y lo hace, además, con cierta vocación social que plasma en pequeños detalles que son, al fin y al cabo, los que engrandecen a las instituciones.

Uno de esos destellos que pasan casi desapercibidos, diluidos en la dictadura del gran titular, es la del Banco de Zapatillas: el club recauda calzado deportivo entre los ciudadanos que quieran colaborar para después distribuirlas entre las familias con menos recursos. Unas simples zapatillas, uno de esos nimios detalles, que vuelven a provocar que mire con cierta admiración a los recién llegados.

El verdadero valor de este banco, de este club, de estas ganas de hacer cosas diferentes a través del deporte, no reside sólo en el número de zapatillas que se logren recoger, ni en los críos que podrán beneficiarse de ese calzado; lo fundamental es implicar a los vallisoletanos en un movimiento participativo y solidario que tiene al deporte como mera excusa para volver a tejer unas redes sociales que se encarguen de sostener a quien menos apoyos tienen.

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