Diario de Valladolid

Lucía Quintana, en Valladolid: "La pobreza también genera relaciones tóxicas"

A las órdenes de Juan Echanove, la actriz vallisoletana regresa al Teatro Calderón para recrear junto a María Galiana la relación tóxica entre una madre manipuladora y su torturada hija en ‘La reina de la belleza de Leenane’

Lucía Quintana.

Lucía Quintana.Ángel galán

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Valladolid

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Dos años después de presentar en el Teatro Calderón Ser o no ser, adaptación a las tablas del clásico de Ernst Lubitsch, regresa a su ciudad Lucía Quintana (Valladolid, 1975) para levantar en el coliseo vallisoletano La reina de la belleza de Leenane (1996), ópera prima de un referente del teatro de la crueldad como Martin McDonagh, y director de películas como Tres anuncios en las afueras y Almas en pena en Inisherin. Vuelve con su inseparable Juan Echanove –ya son cinco los montajes en los que han trabajado juntos, desde que hace 10 años hicieran en el CDN Los hermanos Karamazov–, esta vez sólo como director, y con María Galiana, Javier Mora y Alberto Fraga completando el reparto.

Distinguida en 2003 con el Premio de Teatro ‘Provincia de Valladolid’ –galardón que también recibieron sus padres, Mery Maroto y Juan Antonio Quintana–, la actriz se mete ahora en la piel de Maureen, una mujer de 40 años atrapada en un mísero pueblo costero irlandés, del que solo ha salido para trabajar como limpiadora en Londres, sin más expectativas que las de mantener –mientras sus hermanas hacen su vida– a su manipuladora madre, Mag Folan, que las de repetir como cada día desde hace 20 años la rutina de cuidados, alimentando reproches, odios, mentiras y ataques mutuos.

Hasta que aparecen Pato y Ray Dooley, y, con el primero, el sueño de una vida distinta lejos de allí, lejos de la madre, aunque se construya en una miseria diferente, en el desarraigo.

Pregunta.– ¿Cómo surge la idea de levantar este montaje?

Respuesta.– Hablamos Juan y yo después de hacer Ser o no Ser. Él no quería actuar, quería dirigir solamente. De hecho, ahora está ensayando una zarzuela. Surgió este texto, que a mí me gusta mucho: es un personaje, Maureen Folan, que estaba en el momento de hacer, por edad, por mi carrera... Y me apetecía volver a trabajar con María Galiana, que tenía en esa madre un personaje perfecto para ella. Cuando vi la función por primera y única vez, con Vicky Peña y su madre Montse Carulla en esos personajes, me impresionó, me impactó. Nunca había visto una relación así entre una madre y una hija.

P.– Es una relación tóxica.

R.– Sí, exactamente. Es el retrato de la dependencia de una señora mayor con una hija tan atrapada, tan desgraciada, como no había visto nunca en un escenario.

P.– Son relaciones que uno puede vivir más allá del ámbito doméstico, de la relación con unos padres dominantes.

R.– Sí, y sobre todo en esta función, que es una de las cosas también más interesantes, porque McDonagh trata muchos temas muy importantes que no se suelen ver hoy en día tampoco sobre las tablas, en el teatro más popular o más comercial, en el mejor sentido de la palabra. Yo creo que La reina de la belleza de Leenane es ya un clásico, o va camino de convertirse en ello, con dos de los mejores personajes del teatro contemporáneo, sin duda.

Creo que también la relación tóxica viene generada por el contexto social. Esa pobreza, esa falta de expectativas, esa dificultad de las zonas despobladas, con el paro, con situaciones socioeconómicas complicadas... Realmente ese retrato puede no distar mucho de muchas realidades de hoy. Son también relaciones que se desvirtúan por esa falta de recursos.

Lamentablemente, y ya salvando todas las distancias, en muchas familias, aunque no tengan tampoco una falta de recursos total, el problema de la dependencia es muy crudo. Porque la vejez no es algo que se atienda como se debería en los países desarrollados. Y bueno, pues esto también va de eso. Nadie quiere verse solo. Nadie quiere morir solo. Nadie quiere que le lleven a un centro. ¿Pero, entonces, cómo puedes cuidar a una persona teniendo 40 o 45 años, como es el caso de mi personaje?

P.– ¿Cómo le afecta a Maureen, desde el punto de vista de la salud mental, esa renuncia a los sueños, a poder realizar su propia vida?.

R.– Es fascinante el texto, como plantea McDonagh la estructura dramática y los giros. Es una de las cosas más apabullantes de la obra, que con tres giros muy sencillos él lleva a sus personajes a un final tan triste, tan duro. El asunto de la salud mental que plantea McDonagh es anterior al momento en el que transcurre la función: Maureen tuvo que salir a buscar trabajo fuera, como hace Pato Dooley, su posible amor y tabla de salvación, que está yéndose constantemente fuera de Irlanda a buscar trabajo, y sufre una experiencia de acoso que le genera un deterioro de su autoestima brutal... Y ahí es donde entra ese, vamos a llamarlo, posible brote. Si es una depresión, si es otro tipo de problema psicológico, ahí es donde el espectador tendrá que ver de qué manera esto le condiciona a Maureen y es aprovechado por su madre.

McDonagh no cuenta las cosas de manera explícita. Es algo que me parece muy interesante, porque en situaciones extremas a la gente nos pasan cosas, nos pasan cosas desde un punto de vista psicológico y emocional, que nos ponen en una situación de vulnerabilidad que lo pone muy fácil para quienes quieren aprovecharse de ella.

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