DIFÁCIL PUBLICA EL POEMARIO ‘TREINTA Y NUEVE PELDAÑOS’
Hernández Baruque, versos para un mundo desvanecido
El vate regresa al sello vallisoletano con una cuidada y madura obra, teñida de melancolía

Javier Hernández Baruque, junto a Pedro Ojeda, en la Librería Sandoval.-J. M. LOSTAU
Más de una década después de publicar Arañando vaho (2006), Javier Hernández Baruque regresa al catálogo de Difácil con Treinta y nueve peldaños, el fruto de «siete años de trabajo, afanes, dudas y correcciones», en palabras del editor César Sanz, que aplaude la habilidad del poeta para facturar treinta sextinas de treinta y nueve versos. «No sólo es un libro de gran madurez poética, sino también un alarde técnico en el que el poeta nos muestra, en formas clásicas, un mundo que se desvanece», sostiene el responsable del sello vallisoletano.
Y, en efecto, el autor de títulos como La Esgueva azul (1986) o Edad de piedras (2014), natural de Villanueva de los Infantes, vuelve al encuentro de sus lectores con versos crepusculares e íntimos; versos apegados también al hoy que hablan de desencantos y soledades, del paso del tiempo y de la muerte, de una sociedad desnortada. Y todo ello, desde la veneración a una palabra que es refugio y bálsamo (‘...atada entre los versos / el alma encontré viva y escrita’; El poeta niño), que es punto de partida (‘¡Llegó la poesía! Y el sentido / fue ocupando los huecos y los vanos’; La palabra).
«Siempre me ha preocupado cuidarla, trabajarla, experimentar con ella. La palabra es el principal peldaño de mi obra. Tendré más de 6.000 poemas porque no hay día que no haya escrito, algunos hasta tienen cinco o seis versiones», reconoce a este diario Hernández Baruque, escritor prolijo y riguroso, que ha publicado nueve poemarios hasta la fecha.
Treinta y nueve peldaños, admite, transmite cierta melancolía, que retiene sin embargo parte de la luz que bañaba sus primeros poemarios. «Aquí también hay poemas muy luminosos porque, aunque está escrito desde una cierta edad, este es un libro que se abre y se cierra con dos evocaciones a la infancia. Es el ciclo de la vida y el ser humano, además, nunca abandona al niño que una vez fue».
‘Y nos dicen que el mal de nuestro pueblo es que no lee’ (Diablos del desgobierno) escribe en un poema en el que rinde homenaje a los versos de Gil de Biedma de Apología y petición. Un lamento por el ‘rumbo ciego’ del país.
Y no es el único, pues clama el poeta contra las vidas vacías (‘Fuiste coleccionista de siluetas / y de recordatorios y facturas / mientras te fue el camino desmigando’; Cajones en desuso) y contra la falta de rebeldía (‘Rebaños en ejército, nosotros, / sonámbulos de vida secuestrada, / balidos de gregarios que no huyen’; Sueños que huyen), instando a aprovechar el momento (‘Te tienes que morir. Como lo sabes, / te tienes que vivir y dar la vida / por un solo de sol, por un abrazo’; La dulce muerte).