Diario de Valladolid

MIGUEL RÍOS

«Actuar con una sinfónica es como estar en un huracán»

Rockero. Lejos de la retirada que anunció hace más de un lustro, el veterano artista vuelve a la carretera con un concierto sinfónico con el que revisa sus clásicos de siempre. El próximo 20 de octubre actúa en el Polideportivo Pisuerga

-CARLOS MÁRQUEZ

-CARLOS MÁRQUEZ

Publicado por
Julio Tovar
Valladolid

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Leyenda viva del rock en España, Miguel Ríos (Granada, 1944) está de vuelta. El próximo 20 de octubre, en el Polideportivo Pisuerga, revisará su cancionero más emblemático arropado por los músicos de la Orquesta Sinfónica de Universal, con Carlos Checa a la batuta, y por los del cuarteto Black Betty Boys. Bienvenidos, Directo al corazón, El río, El blues del autobús, El rock de una noche de verano, Santa Lucía... o el Himno de la Alegría cantadas como nunca antes lo había hecho. Parte de la banda sonora de los ochenta revisitada por el veterano rockero.

Pregunta.– ¿Desde que en 1969 grabó para Hispavox el Himno de la alegría estaba destinado a un proyecto así?

Respuesta.– No preveía que alguna vez fuera a tocar mis canciones con una sinfónica. Entonces sólo pude hacer en directo el Himno una vez: fue en Dortmund, donde nos habían dado un premio, con la orquesta de Waldo de los Ríos y con Rafael Trabucchelli (compositor y arreglista). Pensé que jamás lo volvería hacer, el reunir a 50 o 60 tíos para tocar. Hasta que no apareció el mellotron no pude volver a tocarlo, porque era imposible recrearlo, y luego con el Rock&Ríos ya nos lanzamos a la versión rock.

Es increíble la suerte que he tenido: que en este momento hayan apostado por que yo volviera a la carretera con una sinfónica. Con una oferta así tenía que traicionar cualquier palabra que hubiera dado.

P.– Qué pensó cuando le invitaron a hacer un concierto sinfónico con sus canciones, germen de esta gira.

R.– Fue en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Llevaban tiempo intentando que yo cantara allí, y hasta estuvimos trabajando sobre un material de Cole Porter que me encantaba... Pero al final era un trabajo increíble para hacer un bolo. Y surgió la posibilidad de cantar con la Orquesta Ciudad de Granada, con Josep Pons, que era la garantía absoluta de que aquello saldría adelante, y con mis canciones.

¡Tío, yo había soñado que El sueño espacial, que es una canción que nació de Así habló Zaratustra, sonara alguna vez con una orquesta grande!. Y Santa Lucía la cantas bajo la ducha y suena bien, pero escucharla con este vuelo es una cosa gigantesca. Empecé a pensar en los temas que podíamos hacer, a recordar esos trabajos de Metallica o de Soda Stereo con sinfónicas con un arreglista como Alejandro Terán, que ha participado en este proyecto. Tenía claro que la clave era el arreglo.

P.– Para mezclar ambos mundos...

R.– Exacto, sin que fuera uno en detrimento del otro. He tenido la suerte de contar con gente como Josep Mas ‘Kitflus’, Amargós o César Guerrero... En fin, que ha sido una cosa muy entretenida, que es lo que necesita un viejo como yo.

P.– ¿Ha descubierto algo nuevo al revestir sus clásicos con nuevos ropajes?

R.– Desde luego. No he hecho nada que no hayan hecho otros, así que ya sabía de las bondades de este encuentro, especialmente para el rock. Tener unos chelos haciendo el contrapunto con el bajo... ¡Tío, eso hace crecer una canción de manera exponencial! Hay frases que ahora resuenan como un estallido.

Se trataba de buscar eso. Cuando estábamos ensayando el concierto de Granada, que diluvió cuando en cinco meses no había caído ni una gota, ya vi que iba a ser especial. No hay nadie que esté más cerca de los músicos en un concierto que el cantante, y sentirse en el medio de todo eso, rodeado por toda una orquesta sinfónica, es como estar en el ojo del huracán. Las sensaciones que se viven ahí son de una locura acojonante, de estar viviendo un momento único en tu vida.

P.– Ya el comienzo del espectáculo, con esa obertura inicial, tiene un cierto tono épico que podría encajar con su propia trayectoria.

R.– Sí, sí... Eso se lo inventó ‘Kitflus’. Le tendría que haber dado un porcentaje, pero ahí salió el ‘rata’ que llevo dentro.

P.– Hay canciones muy apegadas a su época, a los ochenta, como Un caballo llamado muerte o Antinuclear. ¿Qué criterios ha seguido a la hora de diseñar este espectáculo?

R.– El setlist de un concierto es uno de los actos de amor más grandes que se le puede hacer al público, y el mío lo conforman esos fieles que se saben todas y cada una de las canciones, hasta los temas más recónditos de mi repertorio. Uno tiene que quitar muchas cosas que le darían satisfacción interpretar, aunque siempre queda un pequeño reducto para ti, para darte el placer de experimentar un poco. Reina de la noche, por ejemplo, sólo la he cantado en la gira del Rock&Ríos, hace 36 años, y en Gredos con Rebeca Jiménez, y ahora la voy a tocar como la soñamos Salvador (Salvador Domínguez, guitarrista y compositor) y yo.

Nos ha quedado un espectáculo brutal. Lo hemos constatado porquetransmite una alegría increíble. El rock es muy agradecido: tiene unos bajos muy golosos para que los toquen casi la mitad de la orquesta. ¡Es acojonante!

Y el maestro Carlos Checa ha encontrado unos músicos de una juventud asombrosa. Me enternezco con ellos. En la plaza de toros de Valencia uno de los violinistas, de 21 años, me dio las gracias porque nunca había tocado en un sitio así... ¡Pero si tiene una edad como para estar empezando en todo! Es gente que maneja una información enorme, con una experiencia ya muy amplia. Su participación es memorable.

P.– ¿Cuando media el rock and roll se diluye cualquier brecha generacional o cultural?

R.– Claro. La música es atemporal. Mi generación tuvo la suerte de ser la primera receptora de la fe americana. Su música nos llenaba de alegría. Era algo epidérmico, no intelectual;era un chute energético de tal calibre que ya no queríamos saber nada más de la copla y de las cosas que escuchábamos en Granada en los años cincuenta.

P.– ¿Habla con estos jóvenes de Bill Haley, Chuck Berry o Ray Charles, a los que rinde tributo?

R.– No tenemos muchas oportunidades de hablar, porque sólo coincidimos en las pruebas y en los conciertos. La conexión es más anímica. Siempre he valorado muchísimo a los músicos a lo largo de mi carrera, porque no hubiera sido igual sin ellos, su aportación ha sido fundamental desde mis comienzos. Los respeto mucho como estirpe.

Yo no he tenido la habilidad, y mira que me he machacado. ¡He empezado más veces a tocar la guitarra que a aprender inglés, tío!

P.– Será que con el inglés se liga menos...

R.– Claro, claro. Yo admiraba mucho a Enrique Guzmán (cantante venezolano muy popular en los 60). Actuó en España con Dame felicidad y yo aprendía de él, porque fraseaba como nadie, era una bestia que hizo natural el rock and roll en español, lo que entonces parecía dificilísimo. Era sacar la guitarra, ponerse a cantar, y todas se quedaban embobadas. ‘Yo tengo que echar labia, tío, que es más difícil’, pensaba.

P.– ¿La presencia de una canción como En la frontera, escrita en 1983, es casual? Desgraciadamente tiene toda la vigencia del mundo.

R.– No, no, no es casual. Cuando la gira de El gusto es nuestro, no había forma de cantar un tema que no hubiese sido un éxito rotundo. Y yo sabía que esta canción, más que mantener la vigencia, había sido actualizada por el tiempo en que vivimos. Esta canción tiene hoy más sentido que entonces: hemos esquilmado África, hemos robado allí, y ahora ponemos concertinas. Si quieren salir de allí también es por nuestras acciones, porque fuimos por su fosfato, por sus diamantes, dejando un cristo acojonante. Ya no es una cuestión de empatía, sino de justicia. Y es una alegría poder contar las verdades del barquero; no hacerlo sería una felonía.

P.– Y en Memorias de la carretera usted canta eso de no tener otra bandera que una banda rockera. En estos tiempos, la cultura parece la única patria que merece ser defendida.

R.– Y por desgracia sólo es usada con intereses espurios, cuando es lo que nos hace destacar.

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