Diario de Valladolid

Tensión en el primer encierro de Cuellar

Un mozo resultó corneado de gravedad cuando entraba en la plaza y fue embestido por dos de los utreros que permanecían en la arena

Momento del encierro en el que el astado arremete y cornea a uno de los corredores en la espalda.-ICAL

Momento del encierro en el que el astado arremete y cornea a uno de los corredores en la espalda.-ICAL

César Mata
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Tenso y complejo. Por los toros, de la divisa de El Sardinero-Ave María, por los caballistas y por algunos espectadores. Así fue, ayer, el primero de los encierros cuellaranos. Ya en la suelta, a las ocho de la mañana, un astado, castaño, listón, inició su retorno a la libertad poniendo en peligro a unos espectadores que se habían colocado junto a unos arbustos. El utrero se frenó y perdonó a los imprudentes. Los caballistas, en ese momento, ya se dieron cuenta de que el traslado de los animales no iba a ser fácil, aunque contaran con el apoyo de una piara de bueyes competentes.

Los directores de campo, Pedro Caminero y Pepe Mayoral, tenían trabajo por delante, estaba claro. Lograron reunir por un momento al sexteto vacuno, pero al poco del angosto paso de Las Máquinas los dos astados de pelo castaño decidieron romper el grupo y retrasarse. Fue necesario parar la comitiva y enviar a un par de mansos para retenerlos y lograr reagruparlos. Una unidad aparente, como en la manifestación de Barcelona. Dos toros independentistas que seguirían dando muestras de secesionismo contumaz.

Durante más de quince minutos el rebaño bóvido fue conducido por los caballistas con cierta normalidad, hasta que poco antes de atravesar por un túnel la autovía de Pinares volvió a emerger el ánimo de división, nuevamente con un utrero castaño como promotor de la rebelión.

El esfuerzo de los caballistas (entendámonos, de los que saben montar y tienen valor, porque hubo más de un momento en el que algunos dieron la espalda antes que acudir a rescatar algún astado rezagado) logró reconstruir el grupo, que acometió el traslado durante los dos últimos kilómetros de recorrido campero con algunos sobresaltos por el cambio de ritmo en el tranco de los bravos, con los dos astados castaños dando muestras de un menor tono físico y un carácter irredento a su instintivo carácter gregario.

El descenso del embudo mostró, como el régimen de autonomías patrio, dos velocidades. Cuatro toros negros dentro del grupo de los obedientes cabestros, y los dos castaños junto con dos mansos que iban ganando metros y dejando descolgados a los de El Sardinero.

Tras la pacífica entrada del grupo extenso en las calles cuellaranas uno de los castaños pegó un arreón que casi impacta con la grupa de un equino. El otro, bajo la sugerencia de un cansancio que le incitaba a buscar una huida y la temeraria posición de unos espectadores, fiados en su ignorancia por una cinta de plástico cuya presencia es de eficacia más que dudosa, decidió remontar un pequeño desmonte y arremeter, sin éxito, contra la multitud. En su esfuerzo quedó tumbado hasta que un mozo le giró lo suficiente el rabo como para que espabilara.

Ya en pie el utrero acabó cayendo junto a una talanquera en donde, con la morbosa presencia de decenas de espectadores, sin que nadie lo impidiera, fue dormido por los directores de campo que habían puesto pie a tierra.

Por las calles, a partir de la calle de Las Parras el encierro se convirtió en un reguero de toros, uno tras otro, que fueron llegando a la plaza con cuentagotas. Un mozo que accedió a la plaza al hilo de los cabestros sufrió una seria cornada que le atravesó el muslo cuando se encontró con dos astados de pelo negro frente a él.

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