La pesadilla de un artista ‘vallisoletano’ por llevar ayuda humanitaria a Gaza
Salim Malla, muy vinculado al mundo artístico vallisoletano, cuenta su experiencia tras ser retenido y torturado por Israel junto a otros tripulantes de la Global Sumud Flotilla

Salim Malla. junto a otros miembros de la flotilla, tras ser liberado por Israel.
El pasado mes de diciembre, el artista vitoriano Salim Malla (1976) salía en esta página por su quinta exposición en la Galería Javier Silva de Valladolid. Profesor en la facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca, colaborador habitual con el colectivo artístico vallisoletano Néxodos, hoy ocupa titulares por algo que jamás habría deseado.
El autor de series como Mobilis in mobili (2022) y El síndrome de Ulises (2025) formaba parte de la segunda Global Sumud Flotilla –un término árabe, Sumud, que significa resiliencia– que a finales de abril era interceptada por la Armada israelí. Parte de su tripulación fue retenida en altamar, durante cerca de dos días... y torturada.
«Entiendo que es difícil despertar empatía cuando uno no comparte una misma realidad, cuando hablamos de cosas que aquí nos resultan lejanas... Pero lo importante es lo que ocurre allí, no lo que nos ha pasado a nosotros. Allí hay 9.500 presos palestinos en cárceles, sin cargos en su contra, y más de 300 son niños y menores de edad. Lo que nosotros hemos sufrido es una mínima parte de lo que ellos padecen. Pese a las torturas, pese a la privación de agua y sueño, pese a todas las cosas que hemos vivido, sabíamos que en unos días nos iban a liberar, que eso era un escarmiento», subraya Salim Malla en declaraciones a este diario.

Una imagen del artista y profesor a bordo del ‘Romántica’, una de las embarcaciones de la flotilla
Hijo de un emigrante sirio llegado a España en los años setenta –un hombre que guardó en su memoria la Guerra de los Seis Días, en 1967, y la invasión israelí de los Altos del Golán–, Salim Malla sentía que debía hacer algo más que asistir a las manifestaciones en contra del genocidio en Gaza. «Nunca he militado en ninguna asociación, pero por esa herencia paterna siempre he estado sensibilizado con la causa palestina. Como tengo titulaciones náuticas pensé que podría aportar algo», detalla Malla, diplomado en ingeniería topográfica.
El artista y profesor consiguió ser ‘reclutado’ para formar parte de la segunda Global Sumud Flotilla, que ya en febrero comenzaba a prepararse en el puerto de Barcelona. A mediados de abril, 39 embarcaciones partían rumbo a Sicilia, donde habrían de sumarse otra docena de barcos llegados desde distintos lugares de Europa.

Una imagen del artista y profesor a bordo del ‘Romántica’, una de las embarcaciones de la flotilla
«Acaba de anochecer, cuando fuimos interceptados 22 de los barcos. Estábamos a 60 millas de Creta, en aguas internacionales, cuando llegaron en lanchas rápidas los militares, armados hasta los dientes y con el rostro cubierto. En ese momento, entre gritos, los láser de las armas que nos apuntaban y el destrozo y robo de nuestras pertenencias, ya comenzó el maltrato, las vejaciones», relata Malla. Unas 30 naves de la flotilla pudieron escapar y buscar refugio en la isla griega, donde estaba previsto que fondeara toda la flotilla.
«A uno de los barcos le destrozaron los sistemas de navegación y le dejaron a la deriva, pese a que se avecinaba una tormenta. A los 180 tripulantes de los otros 21 barcos nos llevaron a un campo de concentración que tenían montado en un barco de guerra», evoca el artista, convencido de que el ejército israelí buscaba apresar a Saif Abukeshek y Thiago Ávila, «caras visibles» de la iniciativa humanitaria, y «dar un escarmiento» al resto.
Aunque eran conscientes de la posibilidad de ser interceptados, no esperaban ser abordados en ese lugar. «El año pasado, la flotilla fue interceptada dentro de esas 200 millas que Israel tiene delimitadas como zona de guerra. Nosotros nos dirigíamos a Creta, estábamos en aguas internacionales, a más de 1.000 kilómetros de sus costas. Frontex –Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas–, que sabía dónde estábamos porque nos estuvo vigilando con drones, no hizo nada como tampoco hicieron nada ni el gobierno griego ni el español cuando nos liberaron a los dos días», lamenta Salim Malla.

Una de las embarcaciones de la Flotilla, decorada con palomas de la paz y ramas de olivo.
Médicos, mecánicos, constructores, profesores... Todos, hombres y mujeres, acabaron así retenidos en una prisión flotante en el buque israelí Nahshon. «Nos tuvieron horas con las manos en la cabeza, parados o avanzando de rodillas. Todos pasamos por ello, incluso compañeros con 76 años. Después de registrarnos nos tuvieron en cubierta, en una especie de plaza que habían formado con contenedores de carga. Mojaban el suelo para que no pudiésemos dormir. Todo eran gritos, amenazas de muerte si alzabas la cabeza. Nos hacían formar y, luego, vuelta a esa posición de estrés, de rodillas y con las manos en la cabeza. Al que flaqueaba le pegaban. A un compañero le rompieron costillas de varias patadas. Hubo caras reventadas... Y nada de asistencia médica», relata el profesor. El agua para beber «estuvo bastante limitada»; la comida, unos «mendrugos de pan y lonchas de queso» arrojados al suelo en bolsas de basura.
El creador vitoriano fue llevado con uno de los organizadores de la flota a una suerte de «camarote-celda». Aislado, escuchaba los gritos de sus compañeros pidiendo su liberación; también los de quienes eran golpeados o arrastrados por el suelo, como los citados Ávila y Abukeshek –no fueron liberados hasta hace unos días, tras ser trasladados a Ashkelon–. La incertidumbre se agravaba al ver la juventud de los militares que constantemente les apuntaban con sus armas. «Todo parecía bastante aleatorio, un escarmiento, una forma de decir ‘no os manifestéis que os lo haremos pasar mal’», sostiene Malla.