Diario de Valladolid

LA QUINTA ESQUINA

Pedro Pisonero: "Castilla y León no es emprendedora, pero es muy fiable"

El director general de Iberaval advierte que la Comunidad "emprende apreciablemente menos que la media nacional", pero subraya que los proyectos que arrancan son más sólidos

Pedro Pisonero, director general de Iberaval, durante su intervención en La Quinta Esquina.

Pedro Pisonero, director general de Iberaval, durante su intervención en La Quinta Esquina.E.M.

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El director general de Iberaval, Pedro Pisonero, defendió anoche en el programa La Quinta Esquina, de La 8 Valladolid, Diario de Castilla y León – El Mundo y EsRadioCyL, un diagnóstico razonablemente optimista sobre la economía y el tejido empresarial de Castilla y León, pese al ruido político y a la pérdida de capacidad adquisitiva de las familias, al tiempo que alertó de la baja tasa de emprendimiento, del envejecimiento demográfico y de la necesidad de una educación que exija más a las nuevas generaciones, reivindicando la utilidad de Iberaval para sostener empleo e inversión y resumiendo su mensaje en una frase: «En el 2026 ocurrirá lo que nosotros queramos que ocurra».

Pisonero dejó caer números frescos sobre la mesa, aunque el balance oficial de Iberaval no se presentará hasta febrero. Desde el principio afirmó que la evolución de la sociedad de garantía está íntimamente ligada a la del tejido productivo de la región. «A Iberaval le va como le va a la economía, en términos generales, no cambia», explicó, antes de detallar que «los datos de este año es que creceremos en torno al 6% en los avales que tenemos vigentes, ligeramente por debajo del año anterior, pero crecimiento sin duda». A esa dinámica se suma un comportamiento empresarial que el director general ve robusto. «Si hubiera muchos problemas de morosidad tendríamos unos costes muy altos. No está ocurriendo. Las empresas están funcionando razonablemente bien. Siempre hay problemas», concedió, para rematar que «por tanto, los resultados eran razonablemente buenos, que en nuestro caso siempre los volvemos a dejar en las reservas, aunque nosotros lo llamamos de otra manera».

Interpelado por el peso de Iberaval en el conjunto del país, Pisonero recordó que Castilla y León supone alrededor del cinco por ciento del PIB nacional y, sin embargo, la sociedad que dirige representa ya más de una quinta parte del negocio de las sociedades de garantía en España. «Crecer mantenidamente en el tiempo nos lleva a que una sociedad que trabaja sobre todo en Castilla y León, que tiene un PIB en torno al 5% más o menos de todo el nacional, ahora mismo represente el 21% de la actividad que se hace en España», subrayó, atribuyendo ese resultado a una combinación de visión y continuidad. «Y la clave, desgraciada o afortunadamente, son personas», dijo, en referencia a un consejo de administración que «mantiene ideas muy parecidas a los comienzos de los tiempos» y que «quería crecer». En ese éxito, insistió, ha sido determinante la alianza público-privada: «La combinación de ambas está resultando de momento en un éxito francamente positivo y yo creo que muy beneficioso sobre todo para las pymes y autónomos de Castilla y León».

Desde esa atalaya de 40.000 socios y miles de operaciones, el máximo responsable de Iberaval dibujó una radiografía del carácter económico de la Comunidad que no rehúye la autocrítica. Preguntado por si Castilla y León es emprendedora, fue tajante: «Menos que la media nacional. Las cosas hay que llamarlas como son. Apreciablemente menos que la media nacional». Sin embargo, matizó que esa aparente falta de arrojo se compensa con responsabilidad y seriedad empresarial: «En cambio es muy fiable. Es decir, se emprende menos, apreciablemente menos, pero los proyectos que se ponen en marcha tienen más éxito que en la media nacional. Somos así, es nuestro carácter. Somos menos emprendedores. Ahora eso sí, cuando nos ponemos a hacer algo, somos de orejeras. Nos fijamos en ello e intentamos sacarlo para adelante».

Para Pisonero, ese modo de ser hunde sus raíces en la historia reciente del país y en la manera en que han evolucionado las exigencias familiares. «Nuestros, voy a decir mis padres, pero podrían ser ya los abuelos, salieron de una guerra civil, y en una guerra civil no se podía más que empujar y empujar y empujar para sobrevivir, si era posible para mejorar. Lo hicieron sin pensar en nada más que en el futuro de sus propios hijos, y les salió fantástico, las cosas hay que contarlas como son, les salió fantástico», reconoció. Ese esfuerzo se tradujo, dijo, en que «nosotros ya disfrutamos de una posición en la que nuestros padres nos ayudaron mucho, y creo que eso hizo que a nuestros hijos les exigiéramos apreciablemente menos, nuestros padres nos exigían bastante, nosotros a nuestros hijos les exigimos menos». De ahí deduce una lección general que repitió varias veces durante la entrevista: «Una sociedad que no exige va a tener los resultados que todos sabemos que tenemos».

En la mesa surgió la duda de cuántos proyectos se quedan por el camino antes siquiera de nacer. Pisonero no negó que haya renuncias, pero quiso poner las cifras en contexto. «Siempre hay un porcentaje de proyectos que no llegan a implementarse», admitió, aunque insistió en que «el gran grueso de los proyectos que llegan suelen ponerse en marcha». La clave, a su juicio, está en asumir el error como parte del recorrido. «Los proyectos fallan esencialmente porque tomas decisiones en las que te equivocas y hay que asumirlo. Es que equivocarse es algo que nos ocurre a todos todos los días varias veces. Es natural. Cuando te juegas tu dinero, obviamente lo pones en riesgo y puede fallar», argumentó. Frente a la idea extendida de que la mayoría de las iniciativas acaban en fracaso, Pisonero citó la experiencia acumulada en Iberaval: «Desde nuestra experiencia, el 78% de los proyectos que se ponen en marcha acaban continuando al quinto año. No a la inversa, como se suele decir habitualmente», afirmó, defendiendo un cambio cultural: «Pongamos en marcha proyectos y aceptemos socialmente que cuando uno pone en marcha un proyecto y fracasa, es una parte de aprendizaje. No es una cruz para toda la vida, como me temo que hacemos los castellanos».

En la práctica diaria de la sociedad de garantía, explicó, lo más frecuente no son las aventuras empresariales de cero, sino los pasos adelante de quienes ya han demostrado viabilidad. «Suelen ser proyectos en los que las empresas quieren crecer», resumió. Y lo aterrizó con un ejemplo muy cotidiano: «Un autónomo empieza en una tienda comercial mayorista, por poner un ejemplo, y factura muy poquito y de repente ve que las cosas le van bien. Había alquilado una nave, necesita una nave más grande y además necesita más stock. Este tipo de operaciones son las más habituales». Pese a la imagen idealizada del emprendedor, insistió en que «no son los emprendedores lo más habitual», ni en las sociedades de garantía ni en la banca. Además, situó el problema del poco emprendimiento en un contexto más amplio que el castellano y leonés. «En Castilla y León también. Pero en España el porcentaje de emprendimiento es muy bajo. En otros países el porcentaje de emprendimiento es bastante más alto», señaló, citando un ejemplo internacional controvertido, pero elocuente en términos económicos. «Uno de ellos, y lo siento por el nombre, es Israel. Tienen un porcentaje, independientemente de las cuestiones políticas, que ni entro siquiera. Porque en Israel las familias les dicen a sus hijos que lo mejor que pueden hacer es poner en marcha un negocio. ¿Nosotros les decimos eso a nuestros hijos? Me temo que la respuesta es no».

Ese diagnóstico enlazó con una reflexión demográfica que Pisonero planteó con una imagen muy sencilla a pie de calle. «Si ustedes pasean por el centro de cualquier capital de Castilla y León, incluida Valladolid, solo tienen que hacer una foto y calcular la edad media. Y verán cuál es la edad media», propuso. El resultado, dijo, es contundente. «Nuestra edad media está 15 años por encima de la edad media», aseguró, antes de enlazarlo con la caída de la natalidad. «Siendo una sociedad cada vez con más edad, la probabilidad de que haya más emprendimiento no es muy alta. Y siendo una sociedad cada vez con menos hijos, la probabilidad de que haya más emprendimiento no sube, baja», resumió, como una advertencia directa al futuro económico de la Comunidad.

Las causas que identificó para ese déficit emprendedor se sitúan, sobre todo, en el ámbito educativo y social. «Ayudas es una palabra que no me gusta mucho, pero es verdad que son ayudas», concedió cuando se habló de incentivos públicos. Pero de inmediato llevó la discusión al terreno de valores y de formación. «Desde mi punto de vista, cualquier chaval pasa primero por la familia, después por el colegio, después por la universidad, los que llegan a la universidad y después vida laboral. En la familia creo que muy proactivos para sugerir que pongan en marcha negocios no somos. En los colegios creo que tampoco, con diferencia. Y en la universidad aseguro que tampoco lo somos», enumeró. De nuevo volvió a su idea de fondo: «En toda esa cadena tenemos un problema. Yo creo que el problema esencial está ahí. Todo es multifactoriado, hay muchos factores que influyen, pero en mi opinión el problema es educacional. Nuestra sociedad es la sociedad que continúa a los padres que trabajaron como leones y queremos beneficiarnos del trabajo que hicieron ellos y a nuestros hijos del trabajo que hacemos nosotros. Una sociedad que no exige va a tener los resultados que todos sabemos que tenemos».

Cuando se le planteó si, en estas circunstancias, merece hoy la pena emprender, Pisonero no dudó. «Mi respuesta es siempre merece la pena, incluso cuando se falla», afirmó con rotundidad. Más allá de la cuenta de resultados, defendió que «tu experiencia personal y vital es mucho más potente que la que tiene cualquier otra persona que ha llevado un planteamiento plano en cualquier empresa perfectamente respetable». Ahora bien, reclamó que la política no introduzca obstáculos añadidos. «Es verdad que la política juega, claro que juega, faltaría más. Si nuestros impuestos crecen, pues, lógicamente, nuestro número de autónomos bajará. Si nuestros gastos sociales crecen y parece que no queda más remedio que crezcan, pues nuestros autónomos bajarán. Es dato, es sencillo, es así», resumió.

En ese contexto de financiación, apareció la pregunta que muchos potenciales emprendedores se hacen. ¿Banco o Iberaval? Pisonero, lógicamente, defendió la segunda opción, pero apoyándose en razones estructurales. «Junta de Castilla y León apoya a Iberaval, por unas vías que no quiero complicar y demás, que acaban llegando siempre al empresario. Eso nos permite hacer operaciones de más riesgo, que la banca no puede», explicó. A ese apoyo se suma la gestión del riesgo a través del reaseguro. «Nosotros siempre reaseguramos una parte, por tanto, podemos asumir más riesgo. ¿Todos los riesgos complejos los podemos asumir? No, seleccionamos los riesgos complejos, pero esos riesgos los podemos asumir», detalló. De ahí nace el compromiso que repite casi como eslogan interno: «Que ningún proyecto viable se quede sin financiación». Y aunque admite que «nos equivocamos, eso no tiene ninguna duda», reivindicó que «el grueso, la gente que entra por Iberaval, sabe que nosotros nos comprometemos a intentar sacar adelante ese proyecto. ¿Lo sacamos todos? No, pero una mayoría, sin duda».

Lejos de aconsejar esperar tiempos mejores, el director general de Iberaval defendió que el momento actual es bueno para invertir y crear empresas pese a las incertidumbres. «La respuesta es sí», zanjó cuando se le preguntó si es buen momento ahora. Y lo justificó repasando los últimos años, marcados por la pandemia y sus secuelas. «En el año 2021, para no hablar del año 2020, que ya estábamos saliendo de pandemia, todo el mundo dijimos que esto se complicaba. Algunos ya dijimos que no. En el año 2022 dijimos que esto no mejoraba. Algunos dijimos que no. En el año 2023, tres cuartos de lo mismo, y en el 24 igual, y en el 25 lo mismo», relató. Su conclusión fue un aviso para quienes han optado por paralizar inversiones. «Cinco años perdidos si no has invertido, porque resulta que pensábamos que las cosas van a ir mal, y tiene pinta de que a las empresas le va razonablemente bien. Facturan más, ganan menos, es cierto, esa parte cada vez es más evidente, ganan menos», admitió, atribuyéndolo en buena medida al encarecimiento de los costes.

Desde su formación como economista, Pisonero estructuró el análisis en torno a tres grandes actores. «En la economía siempre hay tres sectores, esta es la manera de valorar la economía, las familias, las empresas y lo público», explicó. Y fue detallando uno a uno. De las empresas volvió a decir que «la media está funcionando razonablemente bien». De los hogares destacó su prudencia financiera. «En las familias, es verdad que con pérdida de capacidad adquisitiva, las familias son bastante sensatas y equilibran bastante bien su presupuesto», afirmó, recordando lo ocurrido desde la crisis inmobiliaria. «Desde la crisis anterior de la subprime de 2008, con todo el tema inmobiliario y demás, la deuda de las familias ha bajado, no ha subido, ha bajado. En las empresas, tres cuartos de lo mismo, gestionan francamente bien», insistió. El desequilibrio, a su juicio, se concentra en el tercer pilar. «Hay que buscar los equilibrios y es evidente donde estamos desequilibrados», señaló, aludiendo a un sector público con «déficit público sistemático en los últimos años» y «incremento de deuda pública sistemática».

De esa descripción se desprendió una conclusión que sorprendió a la mesa. Preguntado si la economía aguanta porque ciudadanos y compañías están actuando con responsabilidad, Pisonero respondió sin matices. «Absolutamente», afirmó. A partir de ahí enlazó con las demandas que las empresas trasladan a las administraciones. «Las empresas lo que están pidiendo es que les dejen hacer, evitando interferencias. Es muy sencillo», resumió. Y, de nuevo, puso nombres concretos a esas interferencias. «Una de las interferencias son las subidas de costes sociales por una parte y por la otra parte estamos hablando de los costes impositivos. Si no suben las economías acabarán funcionando mejor, no tiene duda», apuntó.

Pese a señalar estos riesgos, Pisonero recalcó varias veces que no es pesimista con el futuro inmediato. «No lo soy. Mi optimismo es bien sensato, desde mi punto de vista», aclaró. Su confianza se basa, dijo, en las previsiones de crecimiento de los principales servicios de estudios. «Las previsiones que hay para el año 2026, que ya estamos todos empezando a decir 'uy, el 2026 va a venir complicado'. Pues no, no va a venir complicado», defendió. Y añadió datos. «Las previsiones, Banco de España, para que no digamos que vamos a BBVA Research y CaixaBank Research, que suelen ser las que más miro, habitualmente son las mismas, son de crecimiento en todos los casos. Son previsiones de crecimiento en todos los casos», reiteró. Por eso se preguntó en voz alta: «¿Es razonable pensar que las cosas se van a torcer para el año que viene? No. ¿Y para el siguiente? Yo no veo indicadores de que vayan a fallar». Ese optimismo choca, a su juicio, con el clima político y mediático. «Insisto, hay cada vez más divergencia entre el planteamiento social político y el planteamiento económico. Van por caminos distintos», advirtió.

La conversación se desplazó entonces al terreno del emprendimiento y la inmigración. Pisonero reconoció que hay autónomos que tiran la toalla. «Es verdad que hay autónomos que están decidiendo dejarlo. Es cierto, no nos vamos a engañar», concedió, pero reclamó perspectiva. «El porcentaje es muy pequeño. Si fuese grande ya no funcionaría», aseguró. Al mismo tiempo, destacó un cambio silencioso en el perfil de quien decide poner en marcha un negocio. «En los nuevos proyectos que se ponen en marcha de emprendedores, ¿son de originarios o de oriundos españoles? La respuesta empieza a ser ya que no. La respuesta empieza a ser que hay mucho inmigrante que trabaja muy bien porque tiene mucho hambre», señaló. Lo justificó por la situación de partida de quienes llegan de fuera. «Es obvio, si yo vengo de un país con dificultades de tipo que sea político o económico, aquí tengo que buscarme la vida y mi mentalidad es de sacarlo para adelante», dijo. Y puso ejemplos concretos. «Es muy habitual que vienen a trabajar, trabajan de camareros, ven una oportunidad, cada vez vemos más bares que se cierran y ellos encuentran oportunidades permanentemente porque los precios de sus traspasos han bajado y los niveles que ellos necesitan son bajos. Cuando la cosa funciona lo alquilan, si sigue funcionando intentan coger el traspaso y si no se trasladan a otra parte. Tienen muchísimo hambre», relató. Para él, lo que ahora se ve entre muchos inmigrantes recuerda a la España de hace décadas. «Lo que nosotros vimos hace 40 años en España es lo que estamos viendo sobre todo ahí», afirmó. Y resumió el cambio de fondo: «Cada vez hay más inmigrante que está entrando en el emprendimiento y cada vez hay menos nacional por razones obvias. Si somos menos población porque tenemos menos hijos, pues las sumas salen así. Es así de sencillo. No gusta, no es agradable, pero es lo que hay».

El impacto de Iberaval en el empleo fue otro de los puntos que salieron a colación. Las cifras que maneja la sociedad apuntan a 258.000 puestos de trabajo vinculados a empresas financiadas por la entidad, respaldadas por unos 1.750 millones de euros. Pisonero quiso ser preciso al explicarlo. «Lo que decimos es que las empresas que nosotros financiamos hay esas personas, para que quede claro. No es que creamos esas personas, porque si no sería una locura», matizó. Aun así, reconoció que ese dato es uno de los que más le enorgullecen. «Esa es una de las cuestiones que a mí personalmente y a buena parte de nuestro equipo nos hace sentirnos más orgullosos. Al final hay un planteamiento de utilidad», defendió. A la hora de justificar esa utilidad, insistió en el papel complementario que juegan respecto a la banca. «Porque hay una parte que la hacemos en la economía sustancial, en la que podemos trabajar, y hay otra parte de emprendimiento que difícilmente las entidades financieras pueden hacer», subrayó.

Sobre la situación concretamente vallisoletana, Pisonero no ve grandes diferencias con el resto de la Comunidad, salvo por el peso del automóvil, que comparó con el de Burgos. «Desde mi punto de vista, la economía vallesoletana no difiere mucho del resto de Castilla y León, quizás en el tema automoción, más comparable con Burgos», apuntó. Desde esa base, reivindicó dos pilares claros. «Primero, el sector agroalimentario es un sector que está funcionando francamente bien, sobre todo el alimentario. Somos una potencia», afirmó. Y añadió un matiz muy castellano. «Aunque no estemos convencidos, porque somos castellanos, la humildad también la llevamos puesta. ¿Qué lo vamos a hacer? Somos así», comentó, antes de insistir en que «somos muy potentes desde el punto de vista agroalimentario». Sobre el automóvil se declaró «un franco convencido», después de cuarenta años viendo cómo el sector se ajustaba a las exigencias de los fabricantes. «He visto durante mi vida profesional 40 años estar mejorando. Todos los años un 2, un 3, un 1% los precios, porque se lo pedían su cliente. Por tanto, tienen una capacidad de adaptación brutal», afirmó, convencido de que «las plantas se van a sostener». La tercera pata de la economía local la sitúa en los servicios. «La hostelería está on fire. Los hoteles, se están construyendo nuevos hoteles y ampliando las plazas hoteleras», describió, como síntoma de un cambio de prioridades. «Nuestro mundo ha cambiado», resumió, enlazando con la idea de que para muchos jóvenes ya no es tan importante tener vivienda en propiedad o coche, sino otras experiencias.

En un momento del programa, el director general de Iberaval se detuvo a valorar la reacción del sistema financiero y de la propia sociedad durante la pandemia. «En pandemia, pero por ser justos, yo creo que ahí todo el mundo hizo su trabajo y no lo hemos valorado suficientemente», señaló. Recordó la imagen de los empleados de banca atendiendo desde sus casas a cualquier hora, igual que el esfuerzo de las propias sociedades de garantía. «Caramba, se hizo fantásticamente bien», insistió. A partir de ahí, reclamó un esfuerzo por recuperar el consenso. «Yo reclamo un poco que seamos capaces de buscar una cierta cohesión que no encontramos de ninguna manera», pidió, antes de formular una reflexión que trasladó también al mundo político. «Pero tan diferente de verdad pensamos unos de otros. ¿De verdad lo pensamos tan diferente? Yo estoy convencido que el 80% del ámbito político contrario al que yo tengo no piensa en un 20% distinto de mí. Pero estamos hartos de buscar el 20% de diferencia», lamentó.

La cuestión del ruido político sobrevoló toda la conversación y Pisonero no esquivó el debate. A la pregunta de si ese clima puede terminar afectando a la economía, respondió con claridad. «Sin ninguna duda. En la economía cuanto mejor funciona es cuando más paz tenemos», afirmó. Sin embargo, su diagnóstico de la situación actual se aleja de la idea de un país en permanente conflicto social. «Parece que tenemos bastante paz. Es verdad que las medidas económicas vienen en el sentido que no todas», matizó, pero insistió en la ausencia de convulsión en la calle. «No hay líos, no hay follones, no hay huelgas, no hay manifestaciones. Prácticamente no hay nada. No hay ruido. En la parte económica y en la parte social. ¿Dónde está el ruido? Pues lo vemos todos, en la parte política. Es que no tiene vuelta de hoja», resumió. Y lanzó una advertencia muy directa: «Cuando haya ruido, si lo hay, tendremos problemas desde el punto de vista económico. Sin ninguna duda».

En su repaso a los factores de incertidumbre, Pisonero también se refirió a la sensación de inseguridad global, relativizándola con un ejemplo histórico. «La inseguridad ya la hemos aceptado. Hay que aceptar que el mundo ya no es tan estable como era en su momento. Tampoco es tan inestable como decimos que hace 20 años era», sostuvo. Recordó la crisis del petróleo, cuando el crudo «multiplicó por 3» por una guerra en Oriente Próximo, para comparar con el impacto limitado del actual conflicto en los precios. «El precio del crudo ha subido poquísimo», señaló, para concluir que «no está complicado. Es que el mundo está cambiando. Es que hay unos industriales que lo hacen muy bien y que o espabilamos los demás o sino tendremos un problema». En ese contexto, advirtió sobre las consecuencias de la falta de productividad. «Cuando hablamos de falta de productividad, en realidad estamos diciendo sueldos más bajos. Lo que pasa es que no lo acabamos de transmitir. Pero es sueldo más bajo porque las empresas no van a poder pagar sueldos más altos si no mejoran la productividad. Es dato. No tiene vuelta de hoja», subrayó. Y, pese a reconocer que «son muchas las variables» que encarecen los costes, insistió en que «están impactando bastante menos de lo que los demás imaginábamos. Es dato otra vez».

En la parte final de la entrevista, el director general de Iberaval entró en la cuestión de los salarios y de cómo encajan en este contexto de empresas que, según su diagnóstico, van bien pero ganan menos. «Los sueldos van justos como las empresas», respondió de inicio. «Las empresas van bien pero no ganan suficiente dinero», añadió, consciente de las tensiones que genera este discurso. Aun así, advirtió de que el verdadero riesgo sería un frenazo inversor. «Uno de los riesgos que creo que tienen las empresas como se ha manifestado es que las empresas decidan no invertir. Hay muy pocas que están haciéndolo. Algunas están parando. Hay casos y todos podemos poner casos concretos pero son muy pocos en porcentaje. Si deciden hacerlo o cuando decidan hacerlo ahí tendremos un problema descomunal», avisó. Hasta que ese escenario no se produzca, augura cierta continuidad en las retribuciones. «Mientras tanto aguantaremos con los niveles salariales que nosotros tenemos y que las empresas son capaces de generar», pronosticó. Y añadió un matiz que considera esencial. «No es entendible que una empresa sea capaz de generar grandes recursos y no los transfiera al trabajador. Yo esa parte no la veo. Y que tendrá muchos más costes elevados», dijo, dejando claro que las plantillas deben beneficiarse cuando los resultados lo permiten.

El camino de crecimiento de Iberaval fue el último capítulo de una conversación centrada en la financiación y el futuro económico. Pisonero recordó la reciente integración de la sociedad cántabra Sogarca. «Lo más representativo que además es muy visible recientemente hemos culminado una fusión que nos ha llevado dos años poder negociarla y culminarla, un proceso de fusión con la cántabra de Sogarca. Era muy pequeñita pero eso permite que podamos trabajar en toda Cantabria de forma importante», explicó. Mirando hacia adelante, adelantó que «nos estamos planteando un crecimiento en forma de mancha de aceite hacia Castilla-La Mancha. Probaremos». Detrás de ese plan está una convicción que resumió en una máxima empresarial. «Nuestra filosofía es que las empresas que crecen tienen mejor futuro que las empresas que no crecen. ¿Requiere más esfuerzo? Sí. ¿Asumes más riesgos? También. Pero con una buena gestión creemos que las cosas pueden seguir marchando», defendió. Por eso, insistió, «nuestro objetivo seguirá siendo crecer. Eso sí. Nuestras raíces nacieron en Castilla y León y no se van a olvidar nunca».

Ese arraigo se traduce en prioridades claras cuando se trata de decidir a qué proyectos acompañar. «Nosotros decimos de Castilla y León que hay proyectos en los que no podemos dejar de estar. Aunque sea un proyecto complejo pero nosotros tenemos que estar. Y de Iberaval hay proyectos en los que si es potente o si es un emprendedor no puede dejar de estar», aseguró. Fuera de la Comunidad el criterio es diferente. «En Murcia no nos ocurre eso. En Murcia si el proyecto es bueno lo asumiremos», ejemplificó, dejando claro que la vocación de la sociedad es nacional, pero la obligación moral y estratégica sigue estando en el territorio donde nació.

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