Diario de Valladolid

LITERATURA

Un graduado de la UVa para salvar el Imperio

‘El vector sine qua non’ aborda un acontecimiento precursor de la unión de Castilla y León en los albores de su octavo centenario

'El vector sine qua non' de Santiago G. del Campo.

'El vector sine qua non' de Santiago G. del Campo.E.M.

Publicado por
A. GARCÍA
Valladolid

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El pasado se está torciendo, peligra la firma de un tratado que conducirá a la unión de dos reinos y los protagonistas, desde el siglo XII, piden auxilio. Si no se produce el acuerdo, no llegará a sustanciarse el imperio más grande del mundo. Esta es la premisa de la que parte la novela El vector sine qua non (editorial La Fuente de la Fama, 385 páginas), que utiliza el recurso literario del viaje en el tiempo para desarrollar una trama que pone sobre el tapete un hecho histórico precursor de la unión de Castilla y León, de la que pronto se cumplirá el octavo centenario.

Un joven parado graduado en Historia, egresado de la Universidad de Valladolid, mira de cuando en cuando con resignación su flamante título, colgado en la pared, mientras las ofertas de trabajo poco tienen que ver con sus inquietudes. Sin previo aviso, deberá cargar con la responsabilidad de que la historia siga su curso, mientras descubre con fascinación la realidad de las postrimerías del siglo XII. Una época en la que la primera ‘organización de las naciones unidas’, con sede en Roma, trata de poner orden y concierto al universo político de la cristiandad. Una época en la que enlaces como el de Alfonso VIII con Leonor de Plantagenet, hija de Leonor de Aquitania y hermana de Ricardo Corazón de León, pone la Corona de Castilla en contacto con las más importantes monarquías de Europa.

De forma paralela se imbrican en la trama temas de la sociedad de hoy, de la mano de dos mujeres, sus mejores clientas. Y es que, ante las pocas oportunidades que le ofrece el mercado laboral, el historiador no ha tenido otro remedio que dedicarse al oficio que le enseñó su abuela, el de vidente, para ganarse el pan. Son dos mujeres amigas que combaten su soledad con más o menos urgencia, pero con mucho humor, en la capital del Pisuerga. El lector podrá recorrer escenarios de la ciudad, las calles, algún que otro local conocido o dedicar una mirada a la fachada del Colegio de San Gregorio, precisamente en el año del 375 aniversario de la Controversia de Valladolid, cuna de los Derechos Humanos.

El vector sine qua non se presenta el miércoles 12 de noviembre a las 19,30 en la Casa Revilla de Valladolid

«Me gusta que se hable de concordia, y sobre todo lo veo necesario en estos tiempos de discordia», apunta el autor de El vector sine qua non, el periodista de EL MUNDO en sus ediciones de Valladolid y Castilla y León, Santiago G. del Campo. «Por eso me interesa el acontecimiento histórico de la unión de Castilla y León cuando están a punto de cumplirse, solo falta un lustro, los 800 años de la coronación de Fernando III como rey de León en 1230. Me parece un buen momento para que las instituciones comiencen a pensar en los fastos de ese importante centenario», añade.

En esta, su primera novela, el autor pretende dar a conocer, de una forma atractiva y amena, un momento concreto de la historia a través de un episodio poco recordado, el Tratado de Tordehumos. Para conseguirlo utiliza ingredientes poco habituales en la novela histórica: «Veo cómo los jóvenes invierten cientos de horas en leer épica fantástica –yo mismo lo hice en su día devorando las páginas de Tolkien y otros autores como Úrsula K. Le Guin o Louise Cooper–, y me da pena que conozcan tan bien a reyes y héroes que nunca existieron, mientras desconocen primeras figuras de nuestra historia como Alfonso VIII el de las Navas, o su mujer, Leonor, o su hija Berenguela, o su esposo Alfonso IX de León, o el propio Fernando III».

Por ello decidió aderezar la trama con un ingrediente «que ya saben explotar desde hace mucho tiempo los autores de Hispanoamérica con su realismo mágico». A la magia une la aventura, el thriller y una pizca de amor «un poco naíf» para aligerar el argumento, que en algunos capítulos se transforma en un mero capricho literario. Tan caprichoso como la imagen idealizada de la reina Leonor en la portada, con la chova piquirroja en su mano derecha, emblema de la dinastía Plantagenet y de su santo protector, Tomás de Canterbury.

Entre las influencias de la obra, Del Campo apunta cierto regusto, «guardando las distancias insondables», a El nombre de la rosa, del italiano Umberto Eco; las Crónicas de los Deryni, de la estadounidense Katherine Kurtz o de autores de la tierra como el burgalés recientemente desaparecido José Antonio Abella y su La llanura celeste.

El vector sine qua non da vida a los escenarios donde transcurre la trama. En primer lugar, a una edificación que fue imponente en su tiempo, el castillo de la localidad vallisoletana de Tordehumos. El autor hace un llamamiento para conocer más sobre el lugar: «Aún no se ha hecho una excavación arqueológica en el patio del homenaje, ni en la superficie que ocupó la edificación principal. Solo quedan restos de la muralla exterior, y creo que sería un buen momento para ponerla en marcha», señala. «Si recorres a pie la hectárea y media de la cima del cerro donde se situó, te percatas de que el suelo está abultado, quién sabe lo que esconderá si se excava hasta el suelo original».

Además de la fortaleza y los alrededores del pueblo, entre los que cobra especial protagonismo en algunas ocasiones la ya desaparecida ermita mozárabe, hoy convertida en la ermita barroca de El Cristo de la Vega –solo se conserva un arco de lo que fue en el siglo XII–, la novela recorre un recién inaugurado monasterio de Matallana –hoy convertido en centro de interpretación de la naturaleza de la Diputación– y un joven cenobio de La Santa Espina.

Las páginas de la novela también sacan a la luz «la extraordinaria potencia de mujeres de la época» como Aldonza Fernández, la hija de Fernando Moro, tenente del Castillo, o Gontrodo García, matriarca de los Téllez de Meneses, del linaje de los Flaínez. «El recuerdo de ambas mujeres ha llegado hasta nuestros días a través de distintos documentos y toman cuerpo como personajes influyentes en la novela», subraya Del Campo.

Junto a personajes históricos reales, como los mencionados reyes y sus familias; o el cardenal Gregorio, legado de la Santa Sede; o los maestres del Temple y Calatrava, que participaron en el acuerdo político que relata El vector sine qua non, otros forman parte de la ficción, como la pequeña y clarividente Eylo o la sensual Sabina de Cabreros y su cesto de nueces, tan prendada de Gonzalo González, el hijo del herrero.

Pero no todos los habitantes de la trama son lejanos en el tiempo: un conductor de autobús de la línea 10, un camarero inventado de El Aire o un párroco de La Magdalena alternativo son otros personajes que animan el argumento. Todo comienza como en el guión del primer episodio de una serie de televisión, con una prosa rápida, influida por la frase corta del estilo periodístico: la sesión de un médium, una consultante fuera de lo común y la muerte repentina, en los puestos de La Marquesina (uno de los mercados de frutas y verduras más conocidos de Valladolid), de un inglés jubilado con devoción por los puerros.

El vector sine qua non se presentará a las siete y media de la tarde del próximo miércoles, 12 de noviembre, en la Casa Revilla de Valladolid.

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