Una arqueóloga de la UVA para resolver una matanza de hace 6.000 años
Teresa Fernández-Crespo lidera un estudio sobre dos yacimientos en Alsacia con cuerpos mutilados, víctimas de celebraciones de victorias bélicas en el Neolítico

Una imagen de los trabajos en la fosa 124 de Achenheim
Brazos amputados, cráneos aplastados, dientes rotos por un fuerte impacto, piernas quebradas, pies fracturados... Catorce esqueletos que, enterrados hace más de 6.000 años, hoy dan testimonio de una violencia excesiva y evidencian un comportamiento para la época, el Neolítico, desconocido hasta ahora. Un equipo internacional de investigadores liderado por Teresa Fernández-Crespo, del departamento de Prehistoria, Arqueología, Antropología Social y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Valladolid, acaba de reconstruir la historia de aquellos individuos, hallados en dos yacimientos en Alsacia, al noreste de Francia.
Fernández-Crespo acaba de publicar en Science Advances la investigación Biografías e identidades multi-isotópicas de víctimas de celebraciones de victorias bélicas en la Europa Neolítica, realizada junto al arqueólogo Javier Ordoño y media docena de colegas de Reino Unido, Bélgica y Francia, a partir de los restos hallados en Bergheim (2012) y Achenheim (2016), yacimientos separados por apenas medio centenar de kilómetros de distancia.
Valladolid
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«El Neolítico, particularmente en Centroeuropa, es sin duda el periodo más convulso de la historia de la humanidad. Hay unas tasas de violencia en los restos esqueléticos globales de más del 12%, lo que no es ni extrapolable a la Segunda Guerra Mundial. Esa cifra es una barbaridad», explica a este diario la investigadora de la UVA, especialista en el análisis de isótopos estables en restos óseos arqueológicos. Aquel era, recordemos, un tiempo con constantes migraciones. Junto al yacimiento de Achenheim, conviene señalar, se han encontrado restos de un bastión defensivo.
Se conocen casos de violencia colectiva en aquel período, desde masacres de pequeñas comunidades a indicios de raptos de mujeres jóvenes, pasando por fosas comunes con ejecutados tras una batalla o por la posible exhibición de cadáveres. Sin embargo, lo que se encontró en dos silos de los centenares localizados en los poblados de Bergheim y Achenheim era distinto.
«Algunos silos se usaron para almacenar grano, para guardar restos de comida, o incluso como basureros. Otros se utilizaron para realizar enterramientos normativos, y ahí se depositaban los cuerpos en una posición convencional. Pero aparecieron esos dos, inusuales y muy parecidos entre ellos. Contienen individuos que han sido golpeados de manera brutal hasta la muerte y un número de brazos izquierdos amputados –bajo los cuerpos, en el fondo de la fosa– que no corresponden a ninguno de esos individuos», explica Teresa Fernández-Crespo.
Un escenario que invitaba a reconstruir su historia. ¿Serían enemigos capturados vivos, llevados como prisioneros a la comunidad y posteriormente asesinados? ¿Serían los miembros cercenados, en ese caso, trofeos de guerra extraídos en el lugar de la batalla, y llevados de vuelta al asentamiento para su posible transformación y exhibición mientras se celebraba la victoria con violentos rituales? ¿Pudieron ser integrantes de la comunidad caídos en combate y repatriados para su entierro en sus hogares? ¿Y si esos depósitos fueron resultado de castigos colectivos intragrupales, o sacrificios de marginados sociales, donde la tortura, incluida la mutilación, pudo haberse aplicado como parte del proceso?
En la citada fosa de Bergheim –en un conjunto de 60– aparecieron los cuerpos de tres hombres, una mujer y cuatro niños sobre una colección de brazos izquierdos. En la de Achenheim –en un conjunto de unos 300 silos– reveló la presencia de cinco adultos y un adolescente, todos varones, junto a cuatro brazos más.
Aceptando que las «prácticas mortuorias están, en cierta medida, relacionadas con los estilos de vida y las identidades sociales», según recoge el estudio, los investigadores dirigieron su mirada a los distintos enterramientos, tanto a los que eran fruto de «un tratamiento funerario normativo» –sin víctimas de violencia–, como a los que contenían «individuos con traumatismos esqueléticos no curados o enterrados de forma no convencional». Y sobre ellos, explican en las páginas de Science Advances, aplicaron «un innovador enfoque multi-isotópico –con análisis de isótopos estables de carbono, nitrógeno y azufre del colágeno óseo– para reconstruir aspectos de la dieta, el origen social y la procedencia» de los sujetos inhumados.
«Miramos isótopos que nos hablan de la alimentación o de la procedencia geográfica. Intentamos con ello reconstruir su identidad social. Los molares, por ejemplo, a medida que crecen van fijando la señal y creando el perfil de su biografía isotópica», apunta Fernández-Crespo.
Los resultados diferían entre los cuerpos que presentaban evidencias de tortura y los que no mostraban signos de violencia, sugiriendo otra dieta promedio y un diferente uso del paisaje –relacionado con la movilidad–, posiblemente por proceder de comunidades «potencialmente distintas». Las extremidades superiores amputadas mostraban valores isotópicos propios del norte de Alsacia; la mayoría de los esqueletos de los asesinados remitían al sur de Alsacia.
«Descubrimos que las víctimas de esas acciones violentas no pasaron su infancia en la región; no nacieron allí. Además, tuvieron una vida muchísimo más móvil: se observa por los cambios en los perfiles isotópicos, que dan cuenta de una alimentación mucho más cambiante y de una mayor exposición al estrés fisiológico, quizá por enfermedades o hambrunas. Tenían un modo de vida, en general, muy diferente al de los locales. Podemos pensar que eso es plenamente compatible con una forma de vida migrante. Sus isótopos cambian más; en cambio, los de la población local son más estables, probablemente porque su vida fuera más tranquila, más sedentaria», advierte Fernández-Crespo.
Eran foráneos, invasores. «Los individuos podrían haber sido capturados en enfrentamientos violentos y llevados vivos a la misma aldea para ser asesinados en celebraciones bélicas de victoria, probablemente a la vista del público para reforzar la solidaridad comunitaria y la ‘otredad’ del enemigo. Al menos en el caso de la fosa 124 de Achenheim, estas prácticas parecen haberse celebrado en un espacio comunitario central, lo que podría indicar una obra orquestada de teatro político», recoge la investigación.
Que varios huesos de las manos de las extremidades amputadas «desapareciesen» o «apareciesen dispersos» en la fosa podría concordar con la hipótesis de que «las extremidades superiores estuviesen en proceso de descomposición al ser depositadas, lo que sugiere su exposición y su conservación durante un tiempo antes de ser depositadas en las ceremonias de clausura». Quizá esos brazos fueron exhibidos como trofeos; quizá fueron cercenados para humillar y castigar a unos enemigos que, de sobrevivir, acabaron como esclavos.
Para su investigación, el equipo analizó un total de 82 muestras de seres humanos –incluidos los de los cuerpos inhumados en enterramientos convencionales–, junto con las de 53 animales y las de 35 plantas modernas.

La investigadora de la Universidad de Valladolid, en el laboratorio
Teresa Fernández-Crespo

Una vista general del yacimiento de Achenheim
Yacimiento de Achenheim

Una imagen cenital del yacimiento de Achenheim
Cuerpos enterrados en Achenheim

Detalle de las numerosas fracturas que presentaba uno de los cráneos
Violencia en el Neolítico Centroeuropeo

Junto a uno de los cuerpos hallados en Achenheim se puede apreciar una punta de flecha.
Restos del combate

Una imagen con los restos del yacimiento de Bergheim
Vista cenital del yacimiento de Bergheim

Esqueleto de un hombre adulto con las tibias fracturadas.