Diario de Valladolid

Marruecos, a la luz del flash

Diego Rayaces hizo de un ‘hobby’ su profesión hace un lustro. Sus pinitos de fotógrafo fueron autodidactas, plasmando sus viajes de mochilero. Ahora tiene su propio estudio en Tordesillas e imparte talleres. Para el próximo, cambiará la localidad vallisoletana por el país africano durante la primera semana de octubre

El vallisoletano Diego Rayaces, sacando una fotografía durante su último viaje a Marruecos en noviembre.-E.M

El vallisoletano Diego Rayaces, sacando una fotografía durante su último viaje a Marruecos en noviembre.-E.M

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Elsa Ortiz

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Hay lecciones magistrales que no figuran en los libros de texto pero quedan grabadas sin necesidad de horas de memorización. Para contar esta historia, la de un vecino de Tordesillas que convertirá Marruecos en un especial estudio fotográfico, es preciso recordar la de aquel profesor de Secundaria durante la que sin duda fue su clase más provechosa del curso: «El cerebro y el corazón echarán un pulso en vuestro debate interno de qué hacer en el futuro. Lo idílico sería que quedasen en tablas; sino es posible, escuchad al segundo».

Diego Rayaces escribió el prólogo de la suya dando prioridad al órgano racional. Los estudios de Historia del Arte, hacia los que se decantó, no eran lo que este vallisoletano con raíces palentinas esperaba. La decepción que encontró entre montañas de apuntes le condujo a dejar la universidad. Entonces comenzó un vaivén de fábrica en fábrica. Estos trabajos eran «solo una manera de obtener dinero», sin ningún tipo de pasión que sí le reportaba el tiempo libre que exprimía al máximo viajando. Con una mochila al hombro y una cámara en la mano se topó con su gran afición: la fotografía. Poco a poco, en la soledad con la que compartía estos viajes, fue curtiéndose en este arte que plasmaba en un blog parar narrar sus aventuras a golpe de flash.

La enorme ventana que abrió por Internet al mundo, sin ser consciente de ello, le brindó las llaves de las puertas de su primera exposición. Y ahí entendió que «la fotografía podía ser más que un hobby». Pero España estaba inmersa en plena crisis y Diego no tenía «ni los medios ni la intención de emprender y arriesgar». Volvió, silenciando al corazón, a la ruleta de las fábricas. Hasta que su mujer, que por aquel entonces era su novia, le dio el empujón que necesitaba para tirarse a la piscina y bautizar al 2014 como el año de los cambios. Acababa de ser papá cuando se colgó la cámara al cuello de manera profesional y acondicionó un estudio en Tordesillas, tras una satisfactoria toma de contacto desde casa.

Entre foto y foto también imparte actividades formativas cuya creciente demanda le lleva ahora a dar otro paso. Una zancada más bien, en la que fusiona sus dos grandes pasiones, hasta Marruecos. Los rincones del país africano, que este aventurero bien conoce, serán los escenarios en los que dará su próximo curso. «Realmente aprendí fotografía viajando, de forma autodidacta, y quiero compartirlo así con quien esté interesado», explica antes de considerar que la práctica sobre el terreno, con sus respectivas equivocaciones y repeticiones, vale más que cualquier enseñanza teórica.

VIAJE

Una vez atados todos los detalles, Diego lanzó la propuesta a través de las redes sociales y de su página web, donde además de anunciar sus cursos, da información y consejos. De momento, seis aficionados a las instantáneas de toda España ya se han apuntado a descubrir los secretos marroquíes de su mano. El profesor, pues este es su cometido en un viaje en el que también contarán con el respaldo de agencia turística local, aboga por una primera vez con un grupo reducido de personas que, en principio, no superará las ocho.

¿Por qué Marruecos? La «cercanía» es la primera razón que inclinó la balanza de este fotógrafo de Tordesillas. «Es un lugar muy exótico, con una cultura muy diferente», garantiza con la mirada puesta en los pueblos beréberes donde «aun viven como lo hacían nuestros abuelos hace 70 años». Reconoce que disponer de «vuelos baratos» también influyó en la elección de este destino al que podrían sumarse otros en el futuro, como Sudamérica, del que también es buen conocedor. Solo ve un hándicap en estos proyectos: separarse de su mujer y sus dos hijos.

Sobre el mapa ya tiene marcada con una equis los sitios a visitar y a capturar en África, durante la primera semana de octubre, con un taller que tiene un especial enfoque a la fotografía nocturna. «El desierto del Sáhara es uno de los mejores lugares del mundo para contemplar las estrellas», asegura este joven vallisoletano para después colocar también paisajes y retratos en el objetivo de las cámaras.

La idea es exponer todas estas imágenes a la vuelta. Por una simple razón: se ve identificado en los que serán sus alumnos, pues sus pinitos fueron más o menos así, y quiere darles un empujón al ámbito profesional, a sabiendas de que el paso no es sencillo. «No pretendo que el viaje acabe y ya está», explica para confesar que su deseo es formar «una comunidad de viajeros con los que seguir en contacto».

Esta iniciativa es una manera de renovarse o morir. Diego es fotógrafo de bodas que complementa con bautizos, comuniones, reportajes navideños o colaboraciones con la prensa. Desde el sector se advierte que los enlaces matrimoniales están de capa caída, lo que agrava la estacionalidad de su reclamo. Y para que está vez sí gane el pulso el corazón, apuesta por la diversificación.

Detrás de su cámara, independientemente de si enfoca a una pareja de novios o a una escena urbana, busca «lo natural». Intenta «pasar desapercibido» para evitar instantáneas «forzadas» y después trata de «retocarlas lo menos posible» para salvar esos pequeños detalles que permiten a una imagen decir mucho más que mil palabras.

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