Diario de Valladolid

EL SIGLO DE UMBRAL

Borradores silvestres

Autor plural y diverso, mientras prosigue la secuencia de libros biográficos y ensayísticos de timbre más o menos alimenticio, que le sirven para trazar su propio retrato creativo a través de otros nombres, Francisco Umbral enfila el remate de la década prodigiosa con un par de novelas (Las europeas, verano de 1970, y El Giocondo, otoño del setenta), destinadas a servir de campo para el despegue de sus grandes novelas líricas sucesivas: Mortal y rosa (1975) y Las ninfas (1976).

Cortejo de turistas europeas en la madrileña plaza de Santa Ana-

Cortejo de turistas europeas en la madrileña plaza de Santa Ana-

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Redacción de Valladolid
Valladolid

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Los dos ensayos biográficos que abrochan la década de los sesenta de Umbral -Lorca, poeta maldito (1968) y Miguel Delibes (1970)- ofrecen una mirada perspicaz sobre la dimensión menos convencional de Federico García Lorca (1898-1936) y sobre el Valladolid nutriente de Miguel Delibes (1920-2010). Una observación enriquecida por su trayectoria como lector de libros de poesía y por la complicidad pinciana con un Delibes al que interpreta como desnoventayochizador, junto al poeta Guillén (1893-1984), de los tópicos sembrados sobre su tierra. Los treinta años del asesinato de Lorca y sus ecos exteriores e interiores agitan su figura, que Umbral incorpora a la saga de los malditos, rebeldes, heterodoxos y desarraigados. El libro apunta la homosexualidad del autor (en aquel tiempo todavía tabú), provocando el disgusto enfurruñado de sus hermanos Francisco (1902-1976) e Isabel (1909-2002). El retrato panteísta de Lorca integra al tropel de gitanos, negros y homosexuales que transitan por sus libros y desvelan su vínculo con las razas menospreciadas. Entre ambos libros de peculiar biografía, Umbral dispara su Lord Byron (1969), que plagia sin escrúpulos la de André Maurois (1885-1967), traducida por Jorge Arnal para la colección Crisol de Aguilar. Ni siquiera cabe aplicar su flexible criterio de «plagio creativo» al atropello, y por eso procede a descartar este título, que tuvo una masiva difusión quiosquera, en el repertorio de sus publicaciones. No encaja, desde luego, en su concepción de la biografía literaria como espacio de convivencia.

También de 1969 es su libro de relatos Las vírgenes, editado por el pintor granadino Francisco Izquierdo (1927-2004) en la colección Surco derecho de Azur. Agrupa diez relatos (De Las manzanas del Manzanares a Marilén, otoño-invierno), que arrojan auténticos destellos de prosa deslumbrante. Aquel verano de 1969 lo aprovecha para escribir las primeras historias de las cinco que van a integrar su novela Las europeas (editorial Andorra, julio de 1970), que anuncia en portada, con una ilustración playera de Pere Virgili, el prólogo La novela erótica de Francisco Umbral, firmado por el crítico de Ínsula José Domingo (1913-1974). Es el momento en que Umbral empieza a desprenderse de su apoyo en las revistas literarias oficiales para dar el salto a la red de periódicos regionales que atiende Colpisa, la agencia dirigida por su amigo Leguineche (1941-2014). Un salto sin audacias de riesgo, manteniendo buenas conexiones en esa órbita de la oficialidad literaria, adonde tendrá que recurrir valiéndose de cómplices diversos para urgir los trámites de censura de sus libros.

Aunque poco a poco se le irán suicidando sus allegados: primero, Antonio Iglesias Laguna (1927-1972), censor y crítico literario, quien «antes de reventar casi silenciosamente sobre una acera de Embajadores, era un callado y ejemplar funcionario del franquismo, que iba en tranvía por las tardes a La Estafeta Literaria, a escribir sus críticas entre el tornado de Luis Ponce de León y la locuacidad dispersa e inatendida de Juan Emilio Aragonés (1926-1985), malparado y con la cabeza abierta en un accidente de coche con Ponce de León, escribiendo sus crónicas de teatro con lorzas, mientras cables y motores le zumbaban dentro de la herida»; más tarde, el médico falangista, periodista alcohólico directos de La Estafeta y de la Escuela de Cine Luis Ponce de León (1918-1989). A sus auxilios en el vientre oscuro de la censura tuvo que implorar solícito para poner en circulación tanto el ensayo sobre Lorca como sus dos novelas eróticas de 1970: Las europeas y El Giocondo.

La primera vio la luz de aquel verano en Andorra la Vella, en la colección Valira del sello narrativo Andorra, puesto en marcha por Jaume Aymá con el andorrano Bartomeu Rebés, donde aparecieron fundamentalmente novelas de autores del exilio, como Ramón J. Sender (1901-1982), Max Aub (1903-1972), Serrano Poncela (1912-1976), Andújar (1913-1994), Rosa Chacel (1898-1994), Francisco Ayala (1906-2009), Simón Otaola (1907-1980) y Eduardo Zamacois (1873-1971), además de otras de Galdós (1843-1920), de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) y como único ejemplo de las letras interiores y entonces actuales, Las europeas de Umbral.

Su prologuista describe la novela como breviario galante construido con una imaginería verbal rebosante de fantasía y vuelo poético. Las cinco historias amorosas, sentimentales y eróticas giran en torno al conquistador que narra la peripecia trenzada de la inglesa Childe, la francesa Jeannette, la noruega Bodil, la holandesa Guill y la alemana Renata. Sus amores son el producto cultural de un refinamiento desprejuiciado y más cercano por tanto a las pasiones primitivas, que no conocen más expresión que el sexo, sin resquicios amorosos. También ofrecen las cinco historias enhebradas el relato de la soledad del protagonista, que emerge tenaz de la rueda de pasiones, siempre dispuesto a empezar de nuevo, y cuyo desarrollo veraniego combina terrazas, playas mediterráneas, veladura de interiores y el refresco de un pueblo de la sierra madrileña. Entre el poema en prosa y la evocación lírica, lo mejor de esta novela radica en las digresiones que el narrador siembra por el relato. Unos comentarios prendidos del hilo de cada peripecia que enriquecen su dimensión literaria.

En octubre ve la luz, después de una estancia tenebrosa en las bodegas de la censura, la novela en clave de título lorquiano El Giocondo, orillada en el Nadal de 1968. Umbral toma su título del poema Nocturnos a la ventana, que dedica al malogrado poeta santanderino José Ciria y Escalante (1903-1924). Ahí escribe Lorca: «Giocondo, novio mío», aunque la pudibundez traduzca al publicarse Giocondo, amigo mío. Cuando ve la luz la novela, muchos de sus amigos de la noche madrileña, donde Umbral es conocido como ‘El Vaso’, según bautizo del poeta Carlos Oroza por su costumbre de enlazar vasos de leche con algún cóctel San Francisco, reaccionan con furia al «entreverse en aquella ficción con médula real». Los actores Adolfo Marsillach (1928-2002), Francisco Rabal (1926-2001) y María Asquerino (1925-2013), los poetas Francisco Brines (1932), Fernando Quiñones (1930-1998) y Carlos Bousoño (1923-2014), el autor teatral Antonio Gala (1930), los periodistas Juby Bustamante (1938-2014), Raúl del Pozo (1936), Eduardo García Rico (1931) y Jorge Fiestas (1928-1986). Sus escenarios cotidianos combinan el café Gijón, el club de copas Oliver, los bailes Paddington y Carrusel y la churrería de San Ginés. Aquella conjura de reacciones vengadoras supuso una tremolina saldada con amenazas incumplidas a Umbral y con su repliegue cauteloso durante unos años.

La segunda parte de El Giocondo la protagoniza la marquesa, personaje presente en buena parte de la literatura de la época, en triángulo con su criado José Luis y el narrador. Los cómplices de la marquesa: el poeta Ángel González (1925-2008), que fue su primer capricho y a quien colocó en el ministerio de Obras Públicas, su compañero de oficina Juan García Hortelano (1928-1992) que la rescata en su novela El gran momento de Mary Tribune (1972), Caballero Bonald (1926) que la evoca en sus memorias, Francisco Umbral, que la convierte en protagonista de El Giocondo, y Manuel de Lope (1949), que le dedica su estupenda novela Bella en las tinieblas (1997). La marquesa se llamó María Rosa Campos Peñaranda y estuvo casada con Estanislao de Cubas López-Bas, el marqués, asiduo bailarín entonces en las noches del Royal Bus, un club selecto situado en los bajos del cine Rex, siempre rodeado de modelos esculturales. La marquesa tuvo varios hijos con Estanislao (la segunda, Casilda Covadonga, anunciada por el Abc en enero de 1959) y mantuvo siempre el capricho de ostentar el título para dignificar su ocupación permanente de la suite del hotel Wellington, donde la tenía alojada su amante el ministro de Obras Públicas Jorge Vigón (1893-1978). Según todos los testimonios, la marquesa protegió a los escritores más rojos de aquel Madrid, era alcohólica, drogadicta y de una belleza que levantaba expectación en sus apariciones nocturnas como rubia despampanante. El escritor Juan Marsé (1933) se casó con su peluquera Joaquina Hoyas y durante años cobró en Barcelona un sueldo mensual de diez mil pesetas del delegado ministerial de Vigón por no hacer nada. Vigón había tomado como artillero en la guerra el cinturón rojo de Bilbao y consta como uno de los inductores del bombardeo nazi de Guernica. Luego, Giménez Caballero (1899-1988) ironiza arrojándole el airoso desplante de artillero de coche-cama. Pero supo espabilar pronto y después de cosechar en 1949 el premio Nacional de Periodismo, se llevó un año después el Nacional José Antonio Primo de Rivera por su ensayo El espíritu militar español. En el ministerio, entregó la cartera de su relevo después de una década (1957-1967) al benaventano Federico Silva Muñoz (1923-1997), encaprichado poco después de Aurora Bautista, la imperial diva del Esgueva (1925-2012), que le compraba en Milán elegantes corbatas de diseño. En la novela de Manuel de Lope, al morir el asturiano Vigón en el frío invierno de 1978, un abogado de la familia acude a la casa de la costa que ocupa la marquesa para ordenarle el desalojo. En El Giocondo, la irrupción deslumbrante de esta mujer entregada a las fiestas con drogas y alcohol se adueña y monopoliza el relato, desde la página 95 a la 243, cuando muere el Giocondo golpeado con un candelabro. Umbral reiterará su presencia literaria en Trilogía de Madrid (1984) y en Memorias eróticas (1992). La dimensión esperpéntica de la marquesa, como la que adquieren en la novela los personajes más persistentes de Ramiro (Raúl del Pozo), periodista duro y mujeriego, que cobra los servicios prestados a una rica, y Bruto (Paco Rabal), el actor internacional colgado de su ambición, redondea el retrato de una farándula noctívaga con holganza suficiente para hacer sitio en su seno al poeta oral Carlos Oroza (1923-2015), empeñado en proponer un viaje incesante al interior de las palabras, buscando su resonancia telúrica más profunda.

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