8-M / DÍA DE LA MUJER
Mujeres que pilotan al volante de la igualdad
Nueve perfiles de trabajadoras narran las barreras que tuvieron que rasgar por convertirse en pioneras en su campo

Yolanda Rodríguez con su taxi.-J. M. LOSTAU
Una simple pregunta a modo de experimento desata las alertas. ¿Qué te gustaría ser cuando seas mayor? Futbolista, bombero, policía, piloto, científico, ingeniero, astronauta... Maestra, cocinera, peluquera, doctora, abogada... Son respuestas reales de niños y niñas de entre nueve y diez años, y muestran que, en pleno siglo XXI, los futuros profesionales reproducen a esa edad muchos de los estereotipos heredados de generaciones precedentes, pese a que la realidad ha demostrado que no existen profesiones de hombres y profesiones de mujeres.
Y si no que se lo pregunten a nuestras nueve mujeres, más o menos anónimas, que protagonizaron en su día la ruptura de barreras sociales y mentales (las propias y las ajenas) y se convirtieron, cada una en lo suyo, en ejemplo de que los cromosomas no predisponen cuál será la profesión del futuro.
Todas ellas se pusieron al volante de la igualdad y cruzaron la línea. Eligieron profesiones hasta ese momento vetadas a mujeres y se toparon con palabras que siguen conjugándose en femenino: discriminación, prejuicios, muros, techos de cristal, suelo pegajoso, maternidad, conciliación, carga invisible, tareas domésticas...
Hablan María Antonia Saornil, jefa de la Unidad de Referencia Nacional de Tumores Intraoculares del Clínico de Valladolid; Victoria Cachorro, profesora de física en la Universidad vallisoletana e investigadora del clima y las partículas de los aerosoles atmosféricos; Julia González, intendente jefa de la Policía Municipal de Valladolid, o Lourdes Ramírez, teniente al mando del puesto principal de la Guardia Civil de Armunia, en León.
También tres pioneras del asfalto, la taxista Yolanda Rodríguez, la conductora de autobús Nuria Alonso, la repartidora de periódicos Sara Herrero, así como Susana Más, la primera mujer que en 1983 ingresó en el servicio de jardines de Valladolid.
Sus testimonios evidencian que los prejuicios existen en la práctica totalidad de los ámbitos profesionales. Solo una de las entrevistadas, María Corona, capitán del Ejército de Aire y piloto de transporte, asegura que no ha sentido ningún tipo de discriminación por razón de sexo. Al resto, sin embargo, no les cuesta esfuerzo recordar anécdotas que les hicieron ver que su elección profesional era cuestionada y «examinada con lupa».
«Señorita, ¿cuándo viene el doctor?, le decían a María Antonia Saornil los enfermos, «sobre todo personas mayores», cuando se acercaba a reconocerlos. O aquellas veces en que pasaba a la habitación para ver su evolución y el paciente «se dirigía al residente porque era hombre y el más alto». «¡Pero, si la que le acaba de operar soy yo!», les respondía humildemente esta doctora, después de haber regresado a Valladolid desde «el techo del mundo, Boston», con una beca en la Universidad de Harvard entre 1989 y 1991.
También tuvo, y tiene aún, que callar las bocas de todos esos que, tras ser atendidos en urgencias por una doctora y subir a planta, se referían a ella como «una chica». Saornil lo zanjaba con un «no, no le ha atendido una chica, le ha atendido una doctora».
Pero no solo los pacientes mostraban «extrañeza», también los máximos expertos europeos en oftalmología; los mismos que entre 1993 y 1994 no le permitían ingresar en una sociedad europea cerrada «por ser menor de 40 años, española pero, sobre todo, mujer». Aquel muro lo rompió a base de «pelear» y ahora, a sus 60 años recién cumplidos, sonríe al rememorar todas esas barreras «sociales y educativas» que destruyó hasta convertirse, con el respaldo de su marido y la ayuda de «un equipo de trabajo excepcional», en una eminencia en el mundo del cáncer intraocular. Eso sí, sentencia: «Si hubiera sido hombre habría llegado a los mismos sitios, pero mucho antes».
Victoria Cachorro, que vivió el fin del franquismo y el inicio de la transición como estudiante universitaria, hace memoria y recuerda que en ocasiones, cuando hace diez años iba a pedir financiación para proyectos de investigación sobre física a alguna administración, veía enseguida la reacción de su interlocutor. «Si el señor que me atendía era más joven, me escuchaba y mostraba más disposición y credibilidad en mí. Si era de mi edad o mayor, la actitud cambiaba».
Los ‘clichés’ se cuelan en la medicina, en la investigación y más si cabe entre profesiones con uniforme. Lourdes Ramírez fue la primera mujer que entró en el Centro de Adiestramientos Especiales, en Logroño, para hacer el curso de Grupos de Reserva y Seguridad, popularmente conocidos como antidisturbios. «Cuando entré, sentí los ojos sobre mí, sobre todo los de algunos mandos del GRS de Madrid, por ver cómo funcionaba». Tiene todavía «clavado en el alma» la escena de un brigada que «bajó con los pantalones descosidos» y le pidió que «se los arreglara», algo que ahora recuerda con un toque de humor; aunque si sucediera hoy sería «intolerable».
Julia González, que se convirtió en 2014 en la primera jefa de policía municipal de España, percibió en primera persona los «recelos» de sus superiores y eso que, como apunta, ella ingresó en el Cuerpo en 1984 junto a otras doce mujeres (la promoción más ‘femenina’ habida hasta hoy). Aun así le impidieron entrar en el servicio de patrulla porque «creían» que no iba «a estar a la altura». «Las suspicacias aumentaron en el momento en que promocionabas», subraya, mientras añade que entonces se encontró con preguntas del tipo: ‘¿Por qué ocupas una plaza que corresponde a un hombre?’.
El asfalto también está pintado con la ‘m’ de masculino. Así lo percibió nada más sentarse hace ya 22 años al volante de un autobús Nuria Alonso; del mismo modo que lo vivió Sara Herrero al frente de una furgoneta de reparto, o Yolanda Rodríguez cuando, por una apuesta, siguió en 1997 los pasos de Piedad Álvarez, esa leonesa que fue la primera taxista de España en la época de la República.
Alonso evoca aquellas «caras de asombro» cuando enviaba el currículo y más cuando abría las puertas del autobús de Linecar que conducía. Era la primera mujer en la línea y eso provocó que alguna persona «se diera la vuelta y prefiriera esperar a otro autobús» antes que montarse con ella, pensando en ese tópico, desmentido por las cifras, de que ‘mujer al volante, peligro constante’.
Igual situación vivió Rodríguez, aunque en el mundo del taxi vallisoletano ya había algún contado precedente cuando ella llegó. Pese a ello, tal era la «sorpresa» que causaba que decidió durante dos veranos recogerse el pelo, ponerse una gorra y gafas de sol para pasar inadvertida. «Antes de ponerme la gorra, había señoras mayores que se bajaron del taxi al verme e incluso conductores que me mandaron a fregar». Pero lo que peor recuerda son las reticencias de sus compañeros que le llegaron a acusar de «quitarles el pan de sus hijos».
A Herrero, en cambio, lo que más le molesta es el «machismo entre las mujeres». «Me han llegado a decir que ellas podrían hacer el reparto de periódicos en tacones», protesta en la creencia de que la vestimenta y la estética «nunca deben estar por encima de la profesionalidad». Sabe de micromachismos porque antes que conductora fue albañil(a) por decisión personal desde los 30 años. Hoy compagina ambos trabajos. «Cuando sales de una obra, llevas el pelo y la ropa sucia, y las mujeres te observan y analizan tus pintas». «Tenemos que demostrar que valemos tres veces más que nuestros compañeros», denuncia.
Tampoco los inicios de Susana Más, allá por 1983, fueron fáciles, y «no solo porque el trabajo fuera muy físico entonces, sin apenas maquinaria para cargar con kilos de tierra, cavar y podar». A sus 23 años era la primera mujer que accedía al servicio municipal de Limpieza y Jardines de Valladolid. Era «la época de Bolaños, en la que entraron muchas personas a la administración, y su condición de madre soltera le benefició. Sin embargo, sus compañeros mostraban reparos «de forma sutil» y sus jefes «no confiaban» en ella, por lo que optaron por llevarla al vivero municipal de Renedo nada más ser seleccionada. Aunque es fija, vía oposición desde 1986, aún escucha «consejos» de los viandantes que se creen «en el derecho de opinar, simplemente por ser mujer».
La experiencia adquirida con los años en sus respectivas profesiones les ha permitido a todas ellas «ganarse el respeto» y demostrar que son igual de válidas, «o más», que cualquier hombre y que no hay trabajo que no puedan desempeñar.
Parecen tiempos pretéritos, pero desde que nuestras más veteranas y pioneras mujeres accedieron al mercado laboral, no han pasado mucho más de tres décadas. Y, aunque, como precisa Saornil, «el año 2000 marcó un antes y un después» en cómo se veía la presencia de la mujer en el mundo laboral, siguen siendo invisibles en muchas profesiones, como la de minero, conductor de trailer, maquinista de tren, por poner solo algunos ejemplos, e inexistentes en otras.
En toda Castilla y León no hay ninguna bombera, «lamentablemente», según confirma Juan Carlos Prieto, portavoz de la Plataforma de Bomberos Profesionales de Castilla y León. Y es que, tal y como comenta, «es muy complicado porque de cada 500 hombres que se presentan, lo hace exclusivamente una mujer». «Las probabilidades así se reducen», añade.
En general, las mujeres han ganado con los años presencia en profesionales mal llamadas ‘de hombres’, pero continúan siendo minoría en muchos sectores. No pasan del 5% en la empresa de autobuses municipales de Valladolid, donde trabaja Alonso desde hace dieciséis años, ni del 15% en la Policía. ¿Cuál es la razón de esas bajas cifras?
«Quizás porque no lo ven como profesiones de futuro», explica la taxista. «Quizás porque las mujeres han tardado mucho tiempo en sacarse el carné de conducir», suma la autobusera. «Quizás por desconocimiento y pereza a la hora de luchar contra el machismo existente», apostilla la repartidora de prensa. O «por la propia autolimitación que nos marcamos las mujeres fruto de nuestra educación», concluye la experta en visión.
En el campo educativo, la profesora de física señala que la clave está en el «miedo» de algunas jóvenes a elegir las carreras del futuro, esas que engloban las ingenierías, las tecnologías y las ciencias. De hecho, solo un 30% de las universitarias en Valladolid escoge carreras STEAM.
A juicio de la piloto, que llegó al Ejército de Tierra en 2005 y a la Academia de San Javier en 2008, «es una cuestión de elección». En su promoción de 2005 se presentaron exclusivamente tres mujeres de los 64 en total. «No veo discriminación, ni una cuestión social. Es posible que simplemente a ellas no les interese el Ejército», afirma.
Sea por un motivo u otro, lo cierto es que cuando ellas acceden a una de esas profesiones se topan con un techo invisible que les impide seguir creciendo profesionalmente. Como lo demuestran los datos: solo un 21,5% de los catedráticos en universidades públicas de Castilla y León son mujeres o exclusivamente un 24% de los puestos en consejos de administración están ocupados por ellas.
Saornil lo corrobora. En un sector como la medicina, tan feminizado en las aulas y en los centros de salud, los cargos de representación y de liderazgo continúan copados por varones. «No ocurre tanto como en los años 80 o 90, donde no había una mujer en esos puestos ni por equivocación, pero continúa siendo insuficiente».
En la Policía ocurre otro tanto. En Valladolid, solo el 14,7% son mujeres, y no llegan al 7% las que son mandos. «Si somos más del 50% de la población, tendríamos que ocupar la mitad de los puestos que existan», lamenta González.
Todas ellas animan al resto de mujeres a «no estar en segundo plano» y a lanzarse a realizar cualquier profesión que deseen. Saornil aprovecha para recordar que su situación «no es la de todas las mujeres» y por eso manda un «mensaje de apoyo» a todas las que «no tienen o no han tenido estos privilegios, o tienen problemas laborales o familiares». «Socialmente tienen que ser equiparadas en todos los sentidos, según su condición laboral, valoradas por sus competencias sin ningún tipo de discriminación», manifiesta.
Ellas contribuyeron a pilotar el cambio y confían en que nadie lo frene, por eso apelan a que «todo comienza con la educación de los más pequeños».