Esplendor en la cumbre
iguel Delibes alcanzó el cambio de siglo ya octogenario y con el empuje de su última novela refrendado por un éxito inusual y desbordante de público y crítica, pero con una salud ya precaria y muy menguada, como consecuencia de las reiteradas intervenciones quirúrgicas padecidas a partir de mayo de 1998, cuando se le diagnosticó un cáncer de colon.

Delibes con gesto pensativo-E.M.
Su novela El hereje (1998) consiguió eludir los destellos de erudición impostada y las habituales pretensiones de originalidad superficial para sintonizar con sus lectores de siempre en un plano de profunda complicidad. Concebida en la pauta de la experiencia, esta novela de Valladolid muestra un alcance universal, pues lo que en ella se sustancia es un conflicto de conciencia.
DESPEDIDA DE LARGO ALIENTO
Junto a los cientos de miles de ejemplares vendidos, las quinientas páginas de El hereje, una novela que plantea y dilucida cuestiones esenciales, consiguieron el 19 de octubre de 1999 el respaldo del jurado del premio Nacional de Narrativa, que distingue a la mejor novela publicada durante el año precedente. En la disputa final estuvieron la espléndida novela Ladrón de lunas, de Isaac Montero (1936-2008), distinguida en marzo con el premio de la Crítica, y un rondón de tres autores más con sus quisicosas: Así en La Habana como en el cielo, de Juan José Armas Marcelo; La conquista del aire, de Belén Gopegui; y el cartón piedra de El sol de Breda, de Arturo Pérez Reverte.
El hereje se compone de un preludio (páginas 15-46) y tres libros: Los primeros años (47-199), La herejía (201-392) y Auto de fe (395-498). El relato se estructura en diecisiete capítulos, que recogen la vida de dos generaciones de los Salcedo, partiendo del viaje de vuelta de Cipriano desde Alemania, donde mantuvo una entrevista con el reformista Felipe Melanchthon (1497-1560), el discípulo de Lutero cuya efigie había grabado Durero en 1526, como protagonista de una misión delicada. De esa expedición regresa con un surtido equipaje de libros heterodoxos. Se trata, sin duda, de la circunstancia más adecuada para presentarnos a su protagonista: Cipriano Salcedo es un próspero negociante con su matrimonio fracasado, en una España donde la Inquisición se muestra cada día más implacable, hasta el punto de hacer “deseable y honroso” al analfabetismo, pues la simple afición a la lectura ha acabado por convertirse en sospechosa. “Ahora exige a los confesores que obliguen a los penitentes a denunciar a los que ocultan libros prohibidos. Y al que se niega no se le absuelve. Ni los obispos, ni el mismo Rey están exentos de esta medida” (página 43). El propio Salcedo admite que lleva en su equipaje escondidas “diecinueve obras de Lutero, Erasmo, dos Biblias y una colección completa del Pasional”.
En esta cadena censora, “cada vez que la Inquisición condena a un hombre por causa de un libro, este libro queda en entredicho. Y no me refiero solamente a obras anticristianas. El catálogo de Lovaina, prohibió hace seis años la Biblia y el Nuevo Testamento traducidos al castellano. Es cosa sabida que el pueblo español está condenado a desconocer el libro de libros” (página 43), comenta con Salcedo el capitán Berger. A pesar de esta red de asechanzas, Cipriano Salcedo todavía pretende continuar su búsqueda de Dios a través de caminos diferentes a los trillados por la costumbre. A partir del preludio, instalado en mitad de la cuestión, la trama de la novela sigue un curso cronológico. En su viaje alemán, Salcedo alcanza a descubrir que la pretensión de Lutero, al proclamar la supremacía de la conciencia individual y clavar sus 95 tesis en la iglesia de Wittenberg, era abrir un debate entre teólogos, sin calcular la fuerza propagadora de la imprenta, para concluir que “Lutero era hijo de la imprenta, su fuerza estaba en ella”.
Como relato novelesco, El hereje hace fluir a sus personajes de traza firme y singular por el paisaje revuelto y convulso de aquella España sometida al íntimo desgarro de tensiones vitales. Una quiebra motivada por el prolongado silencio de Dios, que acucia la soledad de sus seguidores más inquietos. Porque el núcleo temático del Hereje no es el catolicismo español agitado por los conflictos, sino la condición humana azacaneada por la tensión de una búsqueda que dirige la verdad de las vivencias.
Como ya ocurría en otras de sus grandes novelas (Cinco horas con Mario, Los santos inocentes y Madera de héroe), Delibes insiste en analizar conductas, desvelando las limitaciones que suponen para el individuo la intolerancia, los abusos de superioridad, la generosidad natural, la codicia y también el deseo sexual.
Cipriano Salcedo, como protagonista bien tallado de la novela, sólo consigue el éxito en los negocios, fracasando estrepitosamente tanto en sus relaciones amorosas como en sus inquietudes religiosas, quizá como consecuencia de los malos presagios que acompañan a su nacimiento: al morir su madre en el parto, su padre lo rechaza, a pesar de ser su único hijo, porque lo hace responsable de la pérdida de la madre. Siendo una familia acomodada de burgueses solventes de Valladolid, el padre decide apartarlo de su vida, enviándolo interno al colegio de Niños Expósitos. Allí recibe su educación, acompañado de niños pobres y desahuciados. Pero el niño expósito tiene la tutela, al morir su padre, de un tío, que es oidor en la Chancillería. Al quedar huérfano, su tío Ignacio lo devuelve al negocio familiar, que cuenta con tierras en el páramo, donde cría ovejas, para enviar miles de vellones todos los años por los puertos cantábricos a la industria textil de los Países Bajos.
Una vez que Cipriano se hace cargo del negocio, ya no se limita a exportar los vellones esquilados en la gleba del páramo, sino que transforma el pequeño taller familiar heredado en la judería, dedicado a fabricar zamarros para una clientela campesina, en una pujante fábrica de zamarros destinados a las clases más pudientes, gracias al añadido en su elaboración de canesú. Con este giro, el zamarro de Cipriano iba a alcanzar la difusión del éxito no sólo en España, sino que se convirtió en prenda de moda en los Países Bajos, hacia donde hasta entonces se enviaban los vellones de lana sin tratar. Como apunta Delibes en su novela, el desclasamiento que ha vivido Cipriano en su reclusión infantil es el mejor acicate para saltar de una sociedad anclada en la supervivencia de las rentas y de la sopa boba, como era hasta entonces Valladolid, hacia otra marcada por el progreso industrial y la pujanza mercantil. Por esa vía alcanzará Salcedo en pocos años “una de las más grandes fortunas” de Valladolid.
En coherencia con su nueva fe luterana y calvinista, Cipriano es un triunfador que busca la perfección moral inmerso en aquella balbuceante comunidad secreta de luteranos iluminados. Sólo le falta ya un requisito para convertirse en capitalista moderno: tener un hijo. Pero en este punto la menguada fertilidad de los Salcedo le va a negar la descendencia, provocando la locura de su mujer, agobiada por el peso de sus requerimientos. Al quedarse sin la garantía de futuro que supone el hijo, Salcedo se vuelca en aplicar en su empresa el carácter social de la caridad cristiana, haciendo a sus trabajadores partícipes de los beneficios. Por una parte, al atónito rentero que trabaja sus tierras en Pedrosa del Rey le propone compartir la propiedad y doblar el salario de los braceros estacionales, así como de la gañanía en general.
Esto último alarma al rentero, al apreciar que en esas condiciones nadie iba a querer trabajar las tierras por menos de lo que ofrece Salcedo. Y prosigue su revolución en el taller de la ciudad, con el auxilio de su tío Ignacio, oidor de la Chancillería.
Estos gestos sucesivos, de libertadora raigambre luterana, impactan en los conventículos de Valladolid, donde se reúnen en secreto los practicantes de la nueva fe en Cristo. Delibes nos muestra en El hereje la trayectoria vital de Cipriano Salcedo, dimensionando de paso el foco luterano de Valladolid, cuya “lepra” (expresión condenatoria de Marcelino Menéndez y Pelayo) había alcanzado a la cúpula de la Iglesia en su máximo responsable, el cardenal Bartolomé Carranza, arzobispo de Toledo y primado de España, que sin embargo no acabará en la hoguera, como sí ardieron en los dos autos de Valladolid en 1559 veintinueve de los sesenta procesados. El dominico Carranza, una vez detenido el 22 de agosto, fue llevado a Valladolid el 1 de septiembre de 1559, acusado por las opiniones que vertía en su catecismo impreso en Amberes. Pero recusó al inquisidor Valdés por animosidad manifiesta y parcial, logrando ser trasladado a Roma, donde fue sometido a varios procesos durante el papado de Pío IV. La sentencia, ya con el pontificado de Gregorio XIII, fue la práctica absolución, que le obligaba a corregir algunas imprudencias y abjurar de ciertos errores de interpretación, resolviendo Roma el 6 de abril de 1576 que Carranza no era luterano. Para ello, había conseguido torcer la mano del rey Felipe II, a quien había acompañado como regente de aquel país en su viaje a Inglaterra “para devolverle la fe católica”. Un privilegio libertador que ni siquiera alcanzó el príncipe don Carlos (1545-1568), hijo de Felipe II, quien se acabó viendo envuelto y sacrificado por aquel clima de sospechas y recelos.
El sacrificio en la hoguera de Cipriano Salcedo interpela a una Iglesia monolítica, que sólo hizo examen de su actuación intolerante al cabo de los siglos y de forma un tanto torticera, al pedir perdón Juan Pablo II por los desmanes del pasado, pero sin tomar el camino hacia el reencuentro de todas las Iglesias cristianas marcado por el Vaticano II. Salcedo no echa mano de excusas ni se acoge a la delación para evitar la hoguera. En su senda final hacia la cremación, conducido por su reaparecida nodriza Minervina Capa al ramal del mulo sobre el que se tambaleaba maltrecho, Cipriano paga con la vida el irrenunciable compromiso de lealtad con sus convicciones. Sin ceder a los tenaces requerimientos del confesor, al que únicamente reconoce tres pecados: el odio a su padre, la seducción de la nodriza y el abandono de su mujer, que acabó arrojándola a la locura.
No cabe broche más brillante para una trayectoria literaria que entonces alcanza vuelo de medio siglo, manteniendo su propósito de indagación en el alma humana y una apuesta inconmovible por la rectitud de conciencia. El hereje supone la construcción de un ámbito narrativo que alberga el desarrollo y consumación de una tragedia derivada del fanatismo.