Publicado por
JAVIER LEÓN DE LA RIVA
Valladolid

Creado:

Actualizado:

EL VIERNES por la tarde me llegó un aviso que me alertaba sobre el posible fallecimiento de Tomás Rodríguez Bolaños, algo que lamentablemente me fue confirmado minutos después. Me costaba creerlo, pues el lunes estuvimos tomando unos vinos en compañía de Manolo González y además Tomás hacía tiempo que no fumaba, y hasta donde yo sé, hacía una vida sana; pero la muerte traidora no avisa.

Pretender resumir en unas líneas lo que supuso Tomás para el socialismo vallisoletano, la ciudad de Valladolid y su Ayuntamiento y el municipalismo español es tarea imposible, y por ello dejo la faceta partidista para plumas más autorizadas que la mía (su hermano Chuchi Quijano, por ejemplo), y me centraré en su gestión municipal y en nuestras relaciones personales.

Coincidimos en nuestra infancia en el Colegio de Lourdes: él era un poco mayor que yo, y compartimos aulas, capilla y patios de recreo. Hace unos años, la Asociación de Antiguos Alumnos nos distinguió ex aequo con la insignia de oro, y ambos nos manifestamos orgullosos de ser antiguos alumnos, y agradecidos por la formación recibida y la distinción concedida. Pero Tomás abandonó el colegio antes de acabar el bachiller, y le perdí la pista hasta que a partir de 1975 se afilió al PSOE y a la UGT, y su nombre comenzó a aparecer en los medios, hasta que en las municipales de 1979 encabezó las listas del PSOE y accedió a la alcaldía con el respaldo de los concejales comunistas, victoria que revalidó en las elecciones del 83 y del 87. En sus mandatos tuvo como primera tarea que organizar un Ayuntamiento democrático y dedicó sus esfuerzos a proporcionar edificios dotacionales a los barrios más infradotados. Y sus buenas relaciones con el Gobierno le sirvieron para financiar el Polideportivo Pisuerga y el Nuevo Estadio Jose Zorrilla, los dos contenedores deportivos más importantes de la ciudad.

Pero fue en 1987, cuando soy yo quien da el salto a la política incorporándome al equipo de José María Aznar en la Junta de Castilla y León, y soy testigo del papel de Tomás, con los promotores de Covaresa y los Presidentes de la Junta (Aznar y Posada), para hacer posible que el Gobierno Autónomo se trasladara del Palacio de la Isla al Colegio de la Asunción, primero, y firmar después el llamado Convenio de Capitalidad, así como del afecto que le guardaban todos los Presidentes de la Junta.

Por ello, cuando en 1991 los presidentes provincial, regional y nacional de la entonces Alianza Popular me proponen enfrentarme a él en las municipales del 91, decliné la oferta, pues no quería salir de ‘caballo perdedor’ frente a Tomás, pero cuando se está en un partido... En fin, que concurrí a las elecciones en las que no hubo ninguna descalificación entre nosotros ( ni en esa, ni en ninguna), y contra pronóstico saqué un concejal más que él, pero el apoyo de Izquierda Unida le mantuvo cuatro años más en la Alcaldía.

Y fue en esos cuatro años cuando estrechamos nuestras relaciones, y rara era la semana en la que no teníamos algún encuentro en su despacho para contrastar nuestras opiniones sobre los problemas de la ciudad, relaciones que mantuvimos cuando en 1995 obtuvimos nosotros la mayoría absoluta e intercambiamos los despachos.

Al acceder yo a la alcaldía, me puso al corriente de lo que entendía eran los problemas pendientes y me ofreció su leal colaboración. Por mi parte evité iniciar una caza de brujas y no autoricé el levantamiento de alfombras o la busca y captura de posibles errores administrativos, (¿quien no los comete en 16 años?), y me ocupé de trabajar por y para Valladolid sin mirar atrás.

En los 20 años que dirigí la vida municipal nuestra amistad personal y lealtad institucional permaneció inalterable. Mantuve a los funcionarios municipales del más alto nivel en sus cargos, y continuó al frente de la Seminci a Fernando Lara, a quien había nombrado Tomás, quien sólo dejó el puesto para marcharse al Gobierno de Rodríguez Zapatero. No hubo purga política alguna.

Cuando Tomás decidió dejar el Ayuntamiento, le organicé una comida homenaje a la que asistió toda la Corporación y un buen número de funcionarios y le entregamos como recuerdo un ‘Bastón de Alcalde’, pues la alcaldía, como el sacerdocio, imprime carácter, y años más tarde le propuse pronunciar el Pregón de las Ferias, oferta que aceptó, aunque le costó las críticas de quien no entienden nuestra forma de hacer política, llegándole a acusar de traición.

En definitiva, en estos 31 años hemos demostrado que la amistad entre las personas está por encima de las ideologías. Lástima que hoy no sea así. Esta relación, que es ampliable a nuestras mujeres, se vio reforzada por nuestra común amistad con Concha Velasco, a quien, por cierto, comuniqué ayer la ‘Mala Nueva’ tan pronto como me la confirmaron.

Sólo me resta expresar mi cariño a Irene y a sus hijos y mi solidaridad a sus compañeros en la Corporación Municipal y en el partido socialista.

Cargando contenidos...

Tomás, descansa en paz que te lo has merecido... y hasta siempre.