EL ESPIONAJE EN LOS SIGLOS XVI Y XVII
Espías al servicio de su majestad
El Archivo General de Simancas invita a realizar un viaje en el tiempo hasta los siglos XVI y XVII, cuando los grandes imperios, como el español, desarrollaron una red de servicios secretos a las órdenes de la monarquía

Una pareja fotografía una arqueta utilizada para el transporte de información secreta.-J.M. LOSTAU
En plena era de la información, la idea de que un ojo está encima, vigilando nuestros movimientos, deja de ser material para escritores de ciencia ficción. El Gran Hermano de Orwell siempre ha existido, no pasea por el camino de la paranoia o las conspiraciones, sino por el firme de la realidad más cotidiana, como demostraron las revelaciones de espionaje de la NSA estadounidense. Sin embargo la figura del espía, ese personaje vestido con un aura de atractivo misterio en la novela negra o en la gran pantalla, no es una moda reciente; es el resultado de siglos de evolución.
La exposición ‘Espías. Servicios secretos y escritura cifrada en la Monarquía Hispánica’ que acoge el Archivo General de Simancas, cede al visitante un asiento en la máquina del tiempo para viajar a una época en la que Europa estaba en plena expansión y los intereses de los países vecinos se convertían en los perjuicios propios. Una guerra global en el que el espionaje era el mejor arma.
Antes de que los Rosemberg deslizaran secretos nucleares hasta la Unión Soviética en plena Guerra Fría o de que Mata-Hari hiciera de sus sensuales bailes una cortina de humo para conseguir información útil para Alemania durante la I Guerra Mundial, una red de espionaje ya se extendía por el mundo. Ya lo escribió Sun Tzu, autor del Arte de la Guerra, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo: «Los dirigentes brillantes y los buenos generales que sean capaces de conseguir agentes inteligentes como espías asegurarán grandes logros»; un legado que llegó hasta la España de los siglos XVI y XVII, cuando el espionaje se convirtió en un brazo más del trono de la monarquía.
Los servicios secretos en España no eran, ni mucho menos, una economía sumergida dentro del Reino. Todo lo contrario, se constituían como una actividad reglada dentro del sistema de gobierno con una estructura piramidal en el que el Rey (o su valido), el Consejo de Estado y el Secretario de Estado formaban el pico de una estructura en la que virreyes, gobernadores, embajadores y el capitán general de las galeras se encargaban de trasmitir a los agentes las órdenes del rey. Estos altos cargos recibían una partida de dinero para misiones secretas y espionaje, un desembolso que no tenían que justificar ante autoridades hacendísticas y sí ante la cúpula de los servicios secretos, lo que originó un punto de fricción al favorecer casos de fraude y apropiación indebida por parte de los lugartenientes reales.
La financiación a través de los ancestros de los actuales ‘fondos reservados’ hinchados por la llegada de la plata americana permitió tejer una red de servicios secretos eficiente que hacía viajar la información desde España hasta las principales capitales europeas y del mundo turco-berebisco. Hasta Constantinopla se desplazó, por ejemplo, el menorquín Juan Seguí (cuyas documentación con las órdenes recibidas se puede ver en el Archivo de Simancas). Órdenes como residir en la misma calle que su hermano, cifrar las cartas remitidas al virrey firmándolas como Pedro Abella o confesar a sus familiares su condición de espía si éste mostraba verdadera aceptación eran algunas de las premisas que aparecían en la hoja de ruta del agente. ¿El precio? 300 cequíes (moneda veneciana) o equivalente.
Pero... ¿Cuál era la motivación de un espía para adentrarse en esa misión cuando las alternativas si eran capturados se limitaban a tres: prisión, tortura o muerte? Cada agente tenía detrás su historia, movida por motores con diferentes carburantes. La lealtad al país, al rey o a la fe religiosa era la puerta por la que pasaban muchos de ellos, sobre todos miembros de familias de la baja y media nobleza dispuestos a prestarse para la causa. Para los más humildes el espionaje era un atajo para conseguir dinero, títulos nobiliarios, cargos... o simplemente para apagar el fuego dejado por las deudas de juego. Razones había para sumergirse en un mundo de tabernas y calles en las que pasar desapercibidos, escenarios sin armas en los que también se gana una guerra.
Como agentes (enviados a una misión secreta) o informadores (informantes ubicados en una ciudad fija) las labores de los espías eran diversas. Desde observar el movimiento de tropas hasta desenmascarar a traidores o espías infiltrados pasando por labores de espionaje industrial el asesinato político o la propagación de rumores. ¿El destino? Volver como héroes o morir en el intento. Para muestra de que la aventura de un espía podía tener un final abrupto la exposición recuerda, entre las 70 unidades documentales conservadas, la figura de Andrea Moresín, un espía veneciano que realizó labores de espionaje en Tabriz (capital de Persia) para un embajador de Carlos V en 1531. La carta que llegó a España no dejó dudas del cruel destino del italiano: «Las autoridades turcas mandaron al gobernador de Alepo que hiciera arrastras u empalar a dicho Andrea Moresín».
El arriesgado mundo del espionaje no estaba habitado sólo por hombres como demuestra la figura de la Señora de Urtubie. El recorrido descubre a la primera ‘Mata-Hari’ española, o al menos una de las primeras que se tiene constancia, fue una dama de la nobleza de la Baja Navarra que se sumergió en el mundo del espionaje por motivos religiosos, actuando durante la Guerra de la Religión en Francia y en el conflicto vasco-francés entre 1595 y 1598.
La tercera parada de este viaje por el tiempo (una por cada sala que configura la exposición) adentra al visitante en el universo de la escritura cifrada, un arma clave en las ‘Guerras de Inteligencia’. Jugar con la criptografía era como ser políglota en la Torre de Babel; otorgaba la capacidad de recibir un mensaje sin que nadie más pudiera comprenderlo. Los códigos ocultos eran el idioma que manejaban los servicios de inteligencia ya en el siglo XVI.
Los sistemas de sustitución (reemplazar una letra por un signo), transposición (cambiar el orden de las letras, sílabas o palabras formando anagramas) y la ocultación (uso de mecanismos como las tintas invisible, escritura microscópica o mensajería bajo la ropa) han sido los abuelos de las ‘máquinas enigmas’, que alcanzaron su mayor auge durante la II Guerra Mundial. Uno de los documentos presentes en el Archivo de Simancas muestra un diccionario en el que cada palabra corresponde a una sílaba, una cifra aplicable a la correspondencia que entre los años 1948 y 1503 emitían entre los Reyes Católicos y Rodrigo González de la Puebla, embajador de Inglaterra.
La necesidad de mover ficha sin ser descubierto en la partida de ajedrez en la que se convertía el mundo del espionaje obligaba a sacar punta al ingenio, cifrando mensajes con palabras, números romanos... o incluso haciendo viajar la información a través de un pentagrama. Eso sí, era necesario cambiar periódicamente la cifra por cuestiones lógicas de seguridad.
LA MAQUINA ENIGMA EN LA GUERRA CIVIL
Mensajes cifrados en el bando nacional. Durante la Guerra Civil española medio centenar de maquinas enigma (una ‘máquina de escribir’ mensajes cifrados) circulaban por el país. Hitler suministró a Franco las versiones más antiguas de un mecanismo de criptografía novedoso a este lado de los Pirineos y ya instaurado en Alemania. Este mecanismo se convirtió en un arma secreta que permitió mantener ‘ciegos y sordos’ a las milicianos republicanos ante los movimientos nacionales.
ESPÍAS: SERVICIOS SECRETOS Y ESCRITURA CIFRADA EN LA MONARQUÍA HISPÁNICA
Dónde . Archivo General de Simancas (Calle Miravete, 8, Simancas, Valladolid).
Cuándo . La exposición permanecerá abierta hasta julio de 2019.
Precio . Entrada gratuita.
Horario . De lunes a domingo, de 10.00 a 14.00 y de 17.00 a 21.00 horas.
Comisariado . Javier Marcos Rivas, investigador y profesor del IES Lucía de Medrano (Salamanca) y Julia Rodríguez de Diego, directora del ArchivoGeneral de Simancas.
Material . La exposición acoge más de setenta unidades documentales conservadas en el AGS.
Espacios . Sala 1, La organización del espionaje. Sala 2, Los espías y Sala 3, la escritura cifrada.