El arte del espionaje
Miguel de Cervantes obtuvo 100 ducados por una misión que ayudó a derrotar al turco Uluch Alí

Miguel de Cervantes.-
Jugar al ratón y al gato en tiempos revueltos se puede considerar un arte. Para ser un espía se necesita ingenio, como el que rezumaban tres figuras artísticas que dejaron su firma más allá de un manuscrito o la esquina de un cuadro. Un pequeño rincón de la exposición recuerda que tres genios españoles fueron, además de artistas, espías: Rubens, Quevedo y Cervantes.
Con la misma maestría con la que visita a Don Quijote, Miguel de Cervantes se infiltraba en una misión. Una vida azarosa le llevó a combatir en Lepanto o a estar cautivo en Argel; vivencias que moldearon la figura del perfecto espía. Sin miedo a la aventura, el escritor se embarcó en un viaje de Orán a Mostagamen, donde guardó en su saca una información que protegió de los ataques corsarios en su viaje de vuelta hacia Cartagena y que sirvió para que las tropas de Felipe II terminaran con el almirante turco Uluch Alí. El pago por los servicios prestados fue de cien ducados, mucho menos de los 500 que pagaron por su rescate cuando se encontraba preso en África.
Amigo y compañero de estudios de Pedro Téllez-Girón, duque de Osuna, Quevedo no dudó en ponerse a su servicio para ayudarle a alcanzar sus metas políticas. Sin dotes para la guerra (cojo y miope) pero con un don de lengua digno del mejor tahúr, el escritor viajó a Madrid para conseguir el favor de la corte para que el duque de Osuna fuera nombrado virrey de Nápoles. El literato proporcionó información de la guerra entre Felipe III y el duque de Saboya y realizó labores de espionaje en la codiciada República de Venecia.
La caída del duque de Osuna arrastró a Quevedo, que fue desterrado en 1620 a la Torre de Juan Abad, donde permaneció hasta la coronación de Felipe IV le devolvió la libertad de movimiento.
Peter Paul Rubens llevó su trazo delicado desde el lienzo hasta la diplomacia. En pleno periodo de pactos rotos y alianzas de papel mojado entre Francia, Inglaterra y España, el pintor hizo valer sus contactos con las altas esferas del rey Carlos I de Inglaterra para informar a Felipe IV de que su homólogo británico estaba dispuesto a sellar la paz después de apoyar la insurrección holandesa en Flandes. La noticia llegó a través de la infanta Isabel Clara Eugenia, a la que Rubens rendía lealtad, descubriendo que el artista tenía también mano para el espionaje.