La noche de la purificación y la juerga
Las Moreras se llenan de jóvenes que celebran la mágica noche de San Juan a la luz de las hogueras / «Después de los exámenes, te liberas en la primera fiesta del verano»

Un joven, rodeado por sus amigos, salta una hoguera.-PABLO REQUEJO
La tradición y la fiesta van de la mano. Una fiesta que se perpetúa, que evoluciona y que integra a diferentes generaciones. Pero todos en una playa, junto al calor de las llamas de las hogueras que se entremezcla con las bocanadas de una noche tropical como la del 23 de junio, la noche de San Juan.
Una perezosa luna creciente acompaña a la luz de las fogatas, que reúnen en la playa de las Moreras a miles de jóvenes –algo menos que otros años–, como se reunían sus abuelos, sus bisabuelos y sus antepasados más remotos. Porque San Juan tiene un origen pagano y prerromano, zoroastrista incluso, a pesar de mantener un nombre católico.
El culto al sol está presente en miles de culturas de todo el mundo, y aunque las tradiciones sean diferentes en cada punto del planeta, no lo es esa fecha mágica del 23 de junio. Esa noche en la que la magia vaga por las esquinas y el olor a quemado impregna la ribera del Pisuerga, habitada por los grandes observadores de lo que sucede en la playa, los ánades.
Antes se quemaban deseos, ahora también los más audaces queman unos apuntes que esperan no necesitar el próximo curso. «Después de los exámenes, te liberas en la primera fiesta del verano», comenta Victoria.
Mirar las llamas en esta noche tan señalada, purificaba el alma, y el salto a las hogueras pretendía proteger a los más atrevidos. Ahora es una prueba de audacia y de fuerza al filo de la orilla del Pisuerga, aunque siempre con algo de cuidado, no vaya a ser que el fuego purifique algo más que el alma de los ‘valientes’. Por eso siempre anda un equipo de profesionales cerca, garantizando para que los jóvenes estén protegidos por partida doble. Por los espíritus y por los bomberos y los de primeros auxilios.
Las risas, los gritos de susto de algunos y los aplausos de otros no consiguen frenar un sonido de los bares y la música que resuena en toda la chopera de la playa de las Moreras. Si antiguamente eran tambores los que acompañaban a los festejantes, ahora lo son dulzainas, las gaitas, las guitarras o una mesa de mezclas. «Me gustan los conciertos porque son artistas locales, y a veces les conoces del instituto o de la universidad», explica Miguel.
La playa no solo está viva de día, cuando muchos aprovechan para tomar el sol, sino que aún cobra más fuerza en la noche mágica por antonomasia, cuando los jóvenes cantan y bailan al compás de las llamas, avivadas por los espíritus del aire.