Diario de Valladolid

UN HOMBRE | UNA TRADICIÓN | PEDRO GRANADO

«Las mascaradas pueden morir de éxito, si el turismo se masifica»

Pedro Granado (izquierda) con los zarramaches de Casavieja; los harramachos de Navalacruz; los machurreros de Pedro Bernardo y los cucurrumachos de Navalosa; todas ellas, mascaradas de la provincia de Ávila.-ARGICOMUNICACIÓN

Pedro Granado (izquierda) con los zarramaches de Casavieja; los harramachos de Navalacruz; los machurreros de Pedro Bernardo y los cucurrumachos de Navalosa; todas ellas, mascaradas de la provincia de Ávila.-ARGICOMUNICACIÓN

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Redacción de Valladolid
Valladolid

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Pedro es un joven abulense integrado en la actividad cultural y en colectivos que tiran del desarrollo rural, como la Asociación Siempreviva de su pueblo, Pedro Bernardo, en el entorno de Gredos. En 2014 inició la recuperación de ritos y tradiciones del Carnaval, perdidos en la provincia de Ávila. Así nació Mascarávila, un paraguas que ampara y defiende la recuperación y puesta en escena de las mascaradas de la provincia. Pedro es el artífice de esa pequeña revolución, cuyo ejemplo se ha extendido a otras comarcas de la región.

Pregunta.- ¿Qué es una mascarada?

Respuesta.- Quizás sea la manifestación cultural más antigua que se conserva en España y el patrimonio más desconocido. Es un rito que se ha venido transmitiendo entre generaciones, a través de los siglos, sorteando barreras socio-políticas y religiosas. Son tesoros inmateriales, ya sean antroidos, antruejos o todos aquellos nombres parecidos que hay en nuestro país para denominarlos.

P.- ¿Qué personajes la representan en su territorio?

R.- Cucurrumachos, machurreros, zarramaches, harramachos y toras.

P.- ¿De dónde vienen esos nombres, tan estrafalarios como sus atuendos?

R.- Del mismo sitio todos. Seguramente de norte a sur, por cañadas ganaderas, y no precisamente dentro de los zurrones trashumantes, sino dentro del imaginario colectivo pastoril. Hay muchas similitudes: los monochorros navarros suenan a los machurreros abulenses; los zarramacos cántabros a los zarramaches de Casavieja; y los jurramachos extremeños a los harramachos de Navalacruz. En un país con diversidad regional y cultural, estas manifestaciones nos vienen a decir que somos más parecidos de lo que nos creemos. La cultura de la máscara trasciende coyunturas socio-políticas y modernas fronteras.

P.- ¿No hay mascaradas en la Sierra de Ávila, en el Tiétar o en la Moraña?

R.- Hubo muchas, pero están perdidas; y hay otras que están, pero no se conocen, como los gamusinos de Casas del Puerto de Villatoro, en la víspera de Reyes; los morrangos de El Hornillo, del domingo de Carnaval; y algunas vaquillas, como la de los quintos de El Hoyo de Pinares, que salen por San Sebastián.

P.- ¿Qué se ve desde detrás de la careta?

R.- Uno se ve participando de un patrimonio grandísimo y eso es un orgullo. También se ven muchos teléfonos móviles en alto y cámaras de fotógrafos… ¡Eso sí que nunca lo vieron nuestros antepasados cuando se colocaban la careta!

P.- ¿Qué es Mascarávila?

R.- Es un proyecto con vocación de unir a la provincia de Ávila en torno a la recuperación y conservación de las mascaradas. Y digo conservación porque siempre hablamos de recuperar, pero hay muchos pueblos que nunca las han perdido, como Navalosa.

P.- ¿Qué es lo más difícil de recuperar?

R.- No lo hemos conseguido todavía y no sé si lo lograremos. Me refiero a recuperar su esencia dentro de la sociedad contemporánea. Hasta hace 50 años, las máscaras tenían sentido y latido en los entornos rurales, y ahora tienen una querencia inevitable hacia el turismo que será difícil reconducir.

P.- ¿Las de hoy son iguales a las de hace siglos?

R.- Pierden e incorporan elementos, se reconfiguran y evolucionan… siempre ha sido así. Los personajes se esculpen con el paso de los siglos. Por ejemplo: desde hace un siglo, los zarramaches participan en la Misa Mayor por San Blas, junto a las autoridades, cuando hace 400 años el obispo de Ávila, Alonso de Fonseca, pedía la excomunión para aquellos que vistiesen pieles de ciervo dentro de las iglesias. Seguramente todo será distinto dentro de 20 años.

P.- En todas las provincias hay mascaradas escondidas…

R.- Desde luego que sí, incluso aquellas que se han disfrazado de Carnaval moderno, así que habría que buscarlas y recuperarlas.

P.- ¿Qué aportan a los pueblos?

R.- Un patrimonio ancestral e inmaterial. También son un aliciente para muchas zonas rurales en mitad del duro invierno.

P.- Hay quien dice que el turismo puede dar al traste con ellas. ¿Bendita masificación?

R.- Las mascaradas pueden morir de éxito si el turismo se masifica. Dentro de un orden, el turismo es positivo y creo que funciona bien en simbiosis con el patrimonio. Para eso hay proyectos como Mascarávila, que este año se celebra el 14 de abril, reuniendo a todas las mascaradas de Ávila en una sola jornada. Es decir, deslocalizamos las tradiciones y las ponemos al servicio del turista a la misma hora y en el mismo lugar, sin interrumpir la tradición local de cada pueblo ni su calendario festivo.

P.- Las mascaradas son para el invierno, ¿qué hacemos el resto del año?

R.- Otras tareas para visibilizarlas, estudiarlas y compartirlas; por ejemplo, en museos y colegios.

P.- ¿Conocen nuestros responsables políticos este legado cultural?

R.- Lo conocen y actúan de forma heterogénea, según qué territorios. En nuestras manos tenemos la posibilidad de declararlas Bien de Interés Cultural. Hay regiones que sí lo han hecho y otras donde no se está haciendo nada. Falta un conocimiento más profundo.

P.- Zamora y León ya tienen museos monográficos en el medio rural. ¿Cuándo en Ávila?

R.- Cuando quieran los políticos. En Pedro Bernardo tienen un lugar excepcional para instalarlo y siempre contarán con nuestra colaboración.

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