DEL TEATRO A LA GESTAPO
La república de los Torozos
Villalba de los Alcores, uno de los conjuntos históricos menos conocidos de Castilla y León, conserva muy elocuente la memoria de su relación con Manuel Azaña a través de su familia política. Su cuñado, Rivas Cherif, considerado la figura más importante de la escena española del siglo XX, fue detenido por la Gestapo y se exilió a Méjico.

-EL MUNDO
Los Torozos son el arrecife forestal que emerge entre el apaciguado oleaje de Tierra de Campos y la frontera fluvial de Pisuerga y Duero. En su vertiente oriental se encuentra Villalba de los Alcores, el pueblo que pluralizó su apellido en 1916 para evitar la coincidencia con otro onubense repoblado por gente de aquí. A pesar de su centralidad, Villalba es uno de los conjuntos históricos menos conocidos de Castilla y León.
Entre otros muchos alicientes patrimoniales, la Villa Blanca de los Torozos conserva muy elocuente la memoria de su relación con Manuel Azaña, el intelectual que presidió la Segunda República. Una memoria violentamente perseguida durante el franquismo que se ha ocupado de rescatar con tacto esmerado su sobrino el escritor y diplomático Enrique Rivas (1931), quien hace unos años arregló la casa familiar incautada por la Falange, para instalar la escuela y los comedores de Auxilio Social, y el castillo de su propiedad, declarado monumento nacional en 1931. El castillo albergó durante 72 años las salas de curación de los acreditados quesos elaborados por los herederos de Federación Hernández, que sucedieron en su ocupación de la fortaleza del siglo doce a Juana la Loca en su desconsuelo itinerante y a los hijos de Francisco I, rey de Francia, tomados como rehenes hasta que su padre cumpliera el tratado suscrito por la derrota de Pavía. Villalba está enclavada en el camino entre Mucientes y Montealegre, que discurre por un monte de encinas parcelado en la segunda mitad del diecinueve, cuando la villa se liberó de cargas nobiliarias. Un espacio forestal vinculado con apellidos cuyo enunciado no deja indiferente a nadie. Por ahí tuvieron sus fincas los Maura, los Illera y Botín, y los Rivas Cherif emparentados con Azaña.
AZAÑA EN LOS TOROZOS
La relación con Azaña de la familia Rivas, a través de su matrimonio con Dolores (1904-1993), la hija menor, lo vinculó estrechamente con Villalba, donde lo visitaron en sus veraneos amigos cercanos como Ortega y Gasset, o cómplices como Pérez de Ayala y Valle-Inclán conducidos por el pintor vallisoletano Anselmo Miguel Nieto en su descapotable Berliet M-4148. Don Manuel, que era goloso, se amistó en el pueblo con Nino, el caramelero de la plaza, y lo tentó para que llevara al Congreso de los Diputados sus caramelos de limón, pintiparados para aliviar aquellas gargantas parlamentarias castigadas por el tabaco. También el castillo familiar fue uno de los pocos que recibieron ya en 1931 el timbre monumental. Pero cuando vinieron mal dadas, al final de la guerra, los lobos de Torozos aprovecharon para incautar casa, castillo, la iglesia románica de Santa María del Templo y la finca La Esperanza. Hecha la presa, tuvo que intervenir el gobernador civil Alonso-Villalobos para que el alcalde azul de Villalba cumpliera la orden judicial de restitución de bienes diez años después.
Porque los Rivas siempre fueron competentes hombres de leyes. El abuelo había sido secretario de Estampilla de Isabel II y promotor de la fundación docente del Monasterio de la Espina. Su hijo, Mateo Rivas Cuadrillero, fue un abogado notable de Madrid que intervino en los litigios de herencia de los Baroja. En el camino entre Matallana y Valoria del Alcor quedan los restos del monasterio jerónimo de Valdebusto, rotulado como colonia agrícola de los Rivas Cuadrillero. Por su parte, los Cherif eran herederos directos del emperador marroquí Mohamed-Ben-Hamed, depuesto por su hermano en 1769, que se refugió y bautizó en Andalucía con ese apellido que denota su condición de descendiente del Profeta. El abuelo de los Rivas Cherif adquirió en 1860 sus posesiones de Villalba a un príncipe extranjero pretendiente de la corona de España en pugna con Amadeo de Saboya: Leopoldo de Hohenzollern-Sigmarin, a la sazón conde de Castilnovo.
PRESO EN LA ISLA DEL DIABLO
Cipriano Rivas Cherif (1891-1967), cuñado mayor de Azaña, fue el primer director de escena español con un enfoque moderno y Premio Nacional de Literatura en 1931. Este sábado 23 se cumple medio siglo de su fallecimiento en Méjico, a donde llegó en septiembre de 1947, después de haber sido detenido por la Gestapo en el exilio francés, entregado al régimen de Franco en Irún el 10 de julio de 1940 y condenado a muerte el 21 de octubre. Como los fusilados Lluís Companys o Julián Zugazagoitia. Todos conducidos a Madrid en un camión de ganado por el policía vallisoletano Pedro Urraca Rendueles (1904-1989), agente E-8005 de la Gestapo. Conmutada la pena capital en diciembre, gracias a las gestiones de la Iglesia francesa, Cipriano Rivas Cherif pasó seis años de cárceles y un año de sobresaltos en Madrid, antes de embarcar en Cádiz para el exilio mejicano.
Aunque todavía no haya conseguido su homenaje en las columnas del vallisoletano Teatro Calderón, todos los especialistas coinciden en resaltar su figura como la más importante y renovadora de la escena española del siglo veinte. Si es cierto que tuvo su culmen dirigiendo a Margarita Xirgu en el Teatro Español, entre 1930 y 1935, donde estrenó Divinas palabras de Valle, El otro de Unamuno, todo el teatro de Lorca y La sirena varada de Casona, además de clásicos españoles y extranjeros, tanto en teatros convencionales como con espectaculares montajes al aire libre: el teatro romano de Mérida, cuyo festival funda en 1933, o la plaza de toros de las Ventas (14 de abril de 1934), donde representa con éxito multitudinario El alcalde de Zalamea, de Calderón. En la primavera de 1930 ya había cosechado una cadena de éxitos en Valladolid con su Compañía Clásica de Arte Moderno. Pero aquellos clamores se traducen en venganza después de ser detenido por Urraca con la Gestapo y vivir su lustro de pesadilla carcelaria, que concluirá en la colonia penitenciaria de El Dueso, conocida entonces como la Isla del Diablo.
En aquel lugar maldito, adonde llega el 23 de septiembre de 1942, después de recorrer tres penales y una docena de cárceles, encuentra Cipriano Rivas Cherif una acogida afectuosa por parte de los presos, en su mayoría políticos, pero también comunes, que le permite recuperar después de nueve años el espíritu maltrecho del Teatro Escuela de Arte que fundara en 1933 en el María Guerrero.
Gracias a Juan Sánchez Ralo, alcaide del penal amante del teatro y a la pasión por aprender de sus compañeros de presidio, pone en marcha el Teatro Escuela en El Dueso, que cotiza para la redención de penas por el trabajo. Y en aquel ambiente sin más control que el político, incorpora los hallazgos de su sueño escénico, como la Cúpula Fortuny, un sistema de luz indirecta para dar la impresión de luz natural, que su equipo construye con planchas de metal blanco. La había visto en la Scala de Milán y también en los montajes de Max Reinhardt. Durante unos años ponen en escena clásicos de Calderón y Shakespeare, alguna zarzuela, comedias de Arniches y espectáculos de variedades, además de dos piezas del Nobel Eugene O’Neill. En marzo del 44 trasladan a Sánchez Ralo a Talavera y llega a El Dueso Justo Herráiz, «el cojo maldito», que aprovechará el envío de un par de fotos de sus montajes a O’Neill para robarle la pluma y componer una respuesta suya apócrifa «como hermano moro» (moro por cherif), rehusando un ofrecimiento subversivo contra Franco.
Aquel 6 de febrero de 1945 cesó toda actividad teatral y Rivas fue sometido a un encierro aislado dentro del penal. Durante esos once meses le destruyen a martillazos su cúpula y él aprovecha para escribir más que nunca: poesía, teatro, memorias y algún relato narrativo. De ese doble confinamiento surgen sus mejores textos: Retrato de un desconocido (biografía de Azaña), que ve la luz en Méjico, en 1961,
Cómo hacer teatro (1991) y El Teatro Escuela de El Dueso. Apuntes para una historia (2010). Allí lo retrata en 1946 Santiago Montes Languas, adornado con abrigo diplomático y un libro con el dedo marcando el punto de lectura. El cuadro puede verse en el museo de Santander. El 18 de enero de 1946 recibió en El Dueso su «certificado de libertad definitiva», pero no pudo salir hasta el 16 de marzo en dirección a Madrid, donde lo persigue con especial inquina el inspector Madroñal, de la brigada político-social. Esos dieciséis meses en el Madrid ceniciento de mediados de los cuarenta vivirá acuciado por las delaciones y perseguido por los malentendidos del exilio. Obliga a contener la respiración hasta sus veinte últimos años de exilio americano.