INCLUSIÓN

Un hogar «como cualquiera»

«Como los demás». Así quieren vivir Ana y sus siete compañeros de piso, que, como ella, tienen discapacidad intelectual y residen en una vivienda tutelada de la Fundación Personas en Valladolid / «Como los demás» consiguen vivir estos inquilinos, de 20 a 56 años, que entran y salen a su su aire y sólo reciben apoyo de un monitor unas horas por la tarde / «Así podemos ser independientes, que ya tenemos una edad»

na, en el centro, pone la mesa junto a sus compañeros del piso que comparten en el centro de Valladolid.-J.M. LOSTAU

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Alicia Calvo
Valladolid

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El imán de la cocina es algo así como un mantra en esa casa. ‘La buena suerte depende de ti’, se lee en un pequeño rectángulo rojo sobre el congelador.

Esta frase, que sirve para cualquier artículo de mercadotecnia, encierra el sentido de estas viviendas. De sus inquilinos depende ya su suerte, como el resto de lo que les acontece porque desde que residen en estos pisos tutelados «ganan autonomía para decidir» sobre muchos más aspectos de su día a día.

Su opinión, cuenta. Y sobre ellos, deciden ellos; hasta algo en apariencia tan simple como el menú de la cena o en qué emplean la tarde. Esto remarca quien coordina los pisos, la Fundación Personas, y lo corroboran los usuarios. «Por lo menos tenemos nuestra independencia y podemos entrar y salir», asegura Ana, que agradece que al compartir piso ya deja «de depender de los demás».

Con 42 años, convive en más de 200 metros cuadrados con otras siete personas, que, como ella, presentan algún grado de discapacidad intelectual y varios de autonomía. Son cinco chicos y tres chicas con edades comprendidas entre los 20 años y los 56.

Residen en uno de los 23 pisos de los que gestiona la Fundación Personas en Valladolid, 40 en Castilla yLeón. Los ocupan 78 personas en la provincia vallisoletana, que suman 167 en el conjunto de la Comunidad.

Ana y compañía se conocen desde hace relativamente poco y cuentan que puede que ese factor influya en que no se produzcan, por ahora, grandes disputas. Los primeros inquilinos en estrenar estas dependencias en la calle más céntrica de la ciudad, en Santiago, llegaron en febrero.

Algunos fueron más tardíos, deshicieron sus maletas en junio, como Antonio, que ya ha superado el medio siglo de vida y se vio obligado a probar esta modalidad de convivencia cuando la situación familiar se precipitó.

Después de varios años en casa de su hermana –«que ya es mayor», precisa–, al fallecer su cuñado y por motivos de salud, ella se vio imposibilitada para atenderle. Buscaron una plaza, un respiro. Esta es la alternativa que encontraron.

Ahora está sentado en el salón frente a la televisión que, sorprendentemente, no encienden demasiado, aunque Antonio es uno de los que confiesa consumirla más y gusta de consultar el teletexto con frecuencia.

A simple vista, Antonio parece conformista. El resto de compañeros no lo desmiente. Se conforma con la labor asignada estos días. Debe limpiar los baños, pero no le importa porque la próxima semana le tocará otra cosa.

Reconoce que residir con tanta gente es «muy distinto» a hacerlo con la familia, pero también relata que lleva «bien el cambio».

Pese a que de lo que se trata de es de vivir solos, unas horas por las tardes cuentan con una persona de apoyo que supervisa que todo funciona. «No estamos para ordenar, somos uno más. Sólo para mediar si hace falta o para prestar apoyos concretos», indica Patricia, monitora, que un día ayuda a Maica a colocar el armario, otro conversa sobre fútbol con Antonio o habla con varios sobre el conflicto que surja entre los inquilinos.

Durante la noche y por las mañanas permanecen solos, a su aire. Los ocho. Quien no trabaja realiza talleres de terapia ocupacional. Entran y salen, como explica Ana, cuando quieren, pero dentro de unas reglas. «Es lo que hay y lo que te toca y tenemos que hacerlo. Lo demás no vale», afirman casi a la vez dos inquilinas, que niegan enfados a la hora de repartir semanalmente las tareas u otros roces por la convivencia.

La monitora, Patricia, indica que, al final, todos «terminan cediendo porque al ir rotando se acomodan».

El manejo del dinero difiere entre unos y otros, en función de su capacidad. Algunos disponen de ‘dinero de bolsillo’, para ocio semanal o mensual, y otros, de algo más que se administran, pero al margen de economías tratan de efectuar tareas comunes, como la compra.

Ana es la única que trabaja de tarde –en un centro especial de empleo, en el área de limpieza– y acude al supermercado habitual, donde ya la conocen y luego le envían a casa lo que contiene el carro que deja en la línea de caja. La cuenta corre a cargo deFundación Personas, que lo abona después.

Todos coinciden en la cena, el resto del día es variable. Hay quien aprovecha la tarde para salir con algún amigo o visitar a la familia, quien la disfruta tirado en la cama o navegando por la red. Ana agradece «la compañía». «Si tienes un día muy malo está bien tener a quien contarlo».

A Maica, por ejemplo.

Esta mujer de 45 años es una de las primeras en salir de casa, antes de que asomen los primeros rayos de sol. Entra a las 7.30 y el despertador la reclama hora y media antes.

Trabaja en otro centro especial de empleo, en Zaratán, donde plastifica revistas y envasa tintes. Esta semana, al llegar a casa su labor consiste en cocinar para todos. Pero el menú no lo elige sola, cada uno escoge una cena o una comida.

Aquí la labor del apoyo externo, de Patricia, es la de supervisar que no optan por platos como hamburguesa todos los días y que el menú es equilibrado.

«Me lo ponen fácil y se me da muy bien», presume Maica, aunque pronto se desliza una pequeña queja frecuente en estos tiempos. «Entre unas cosas y otras, el trabajo, las tareas... no me da mucho el tiempo para nada», comenta, como cualquiera en un sinfín de escenarios cotidianos.

Entonces aparece en la conversación el término sobre el que versa todo. La clave por la que ellos viven en casas compartidas, en vez de en centros con más plazas o en el hogar familiar. Yes que de eso se trata, de «ser como cualquiera».

Patricia lo defiende. «Es una forma de que tengan una vida similar a la de cualquier otra persona». Antonio y Maica asienten varias veces con vehemencia y, por si queda algún resquicio de duda, apostillan que «sí, sí, como los demás».

Ana amplía esta reflexión. «Así podemos ser independientes y vivir solos porque ya vamos teniendo una edad», indica. Maica se ríe. Pero su justificación no termina en las repercusiones personales. «Ya no tenemos pendientes a nuestros padres, que son muy mayores y llega un momento en el que se tienen que jubilar. No hay que ser egoístas, que bastante han hecho por nosotros tantos años ya».

El coordinador de estas viviendas se llama Javier y expone que estos pisos son «una opción para las personas para tener una vida más normalizada», una cuestión de calidad de vida. «Se parece a un piso de estudiantes y garantiza que viven de manera autónoma. No está muy normalizado que con 50 años una persona siga viviendo con sus padres».

Habla de normalizar porque afirma que los propios protagonistas lo buscan. «Ellos, quienes tienen un cierto nivel de autonomía, están continuamente comparándose con el resto de la sociedad. Ven a sus hermanos casados o que después del trabajo se van a casa, tienen su sofá, su consola, sus cosas, salen. Lo ven como algo que quieren, como un objetivo de vida».

Maica lo tiene, aunque reconoce que echa «mucho de menos» a su familia y su casa, en Valbuena, donde residió con sus padres hasta que su progenitora falleció.

Al cruzar la puerta de su habitación actual, una bicicleta estática reposa en primer plano, dos peluches de Hello Kitty adornan su cama, el ordenador con el que tanto se entretiene permanece guardado, tiene su mesa y su mesilla repletas de instantáneas enmarcadas de sus sobrinos, sus padres, sus hermanos y su pareja, con la que sale alguna tarde a «tomar algo y pasear» y a la que conoció en su entorno de trabajo.

Vivir en el centro es un aliciente para desperezarse y bajar las escaleras. «La ubicación supone una forma más de integrarse en la comunidad porque tienen todo al alcance, más ocio, más propuestas culturales, más servicios», señala el coordinador, y recibe una reafirmación colectiva de inmediato. «Me gusta porque estoy cerca de los sitios. Sobre todo en ferias», apunta Ana, que sale a la terraza a fumarse un cigarrillo al ser la única fumadora del domicilio.

Aunque los ocho comparten momentos de ocio, no son un pack. Desde la Fundación les informan de ofertas que conocen, como exposiciones, películas, excursiones y otras actividades. Javier explica que «cada uno decide si va o no» e indica que, en cualquier caso, «no se sale desde la vivienda a hacer un visita a un museo como si fuera un colegio».

Los horarios están marcados, pero disponen de cierta flexibilidad. A diario, antes de las nueve deben estar en casa y durante el fin de semana no hay hora establecida. «Como es libre, podemos llegar cuando queramos, pero a la mañana siguiente hay que levantarse a hacer la tarea, eso sí», comentan los residentes.

Patricia y Javier indican que su función pasa por «contribuir a que sean responsables y no estén todo el día de fiesta o vayan mal vestidos». Pero matizan que orientan, no imponen.

Al conversar sobre esta cuestión aparecen las familias. «Muchas veces son más impositivas. Pese a la mejor de sus intenciones, le siguen tratando como si fuera un niño y ese niño ya tiene 50 años. No le dejan mucha libertad», aclara Javier, quien gira su atención hacia los servicios sociales y la falta de respuesta concreta para este perfil.

«Los recursos públicos, las viviendas con plazas para personas con discapacidad intelectual, como las residencias, no cubren lo que requieren estas personas. Están más pensadas para gente con mayores necesidades de apoyo. Lo público no da una respuesta total a estos usuarios que son más autónomos».

En un horizonte cercano, la Fundación proyecta la apertura de más pisos tutelados.

Explica Javier que existe una alta demanda «de las familias que tienen dificultad de atenderlos en casa y también de personas que viven solas y no tienen familia, pero que, pese a sus capacidades, no está garantizado que hagan bien todo y los hábitos adquiridos en alimentación o higiene pueden fallar».

Con varios pisos en marcha, Javier concluye que ve «a las personas más felices cuando tienen mayor grado de autodeterminación. Cuando deciden y tienen más control sobre su propia vida y viven más acorde a lo apropiado para su edad».

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Como Ana y sus compañeros. En otro extremo de la nevera hay otro imán significativo. Maica comenta, entre risas –porque en la mayor parte de la entrevista ríe–, que lo siguen a rajatabla: ‘Ilumina el mundo con tu sonrisa’, reza el adorno. «Tenemos días, como todos. Reímos, discutimos, pero sonreímos mucho. Yo me estoy acostumbrando a vivir aquí porque es mucho cambio. Ya, al final, tienes suerte».