Diario de Valladolid

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El aplauso que echó de menos el ministro de Transportes en la apertura de la circulación por el nuevo tramo abierto al tráfico de la autovía del Duero, la dichosa y tan esperada como retrasada A-11, se lo hubiera dado yo de buena gana cuando al circular por la A-6 a la altura de la localidad leonesa de Astorga comprobé, emocionado, que se había procedido al asfaltado de la carretera. Casi se me cayeron las lágrimas de la emoción, pues aquel era uno de los tramos más reventados de esa autovía por la que pasan a diario centenares de camiones camino o de vuelta del noroeste de la península. Casi eché de menos los socavones y los volantazos de tantas veces, saltando al carril izquierdo, como el resto de coches, para evitar los baches. Ahora, no. La carretera es suave como los abrigos de visón que se gastaban las amiguitas de otro ministro menos cumplidor. La alegría me duró hasta la vuelta cuando se me disipó de golpe, como somos de quejicas los humanos, por causa del mismo fenómeno de asfaltado. En esa ocasión, la reposición del firme en la A-6 me pilló en Lugo a la altura de Becerreá y me sacó de la autovía hasta bien entrado en el Bierzo, montado en un autobús de esos en los que echas ocho horas de viaje hasta destino. Compréndase que vernos obligados a circular por las mil curvas de la antigua N-VI no nos hizo gracia al pasaje, pese a la satisfacción de saber que la próxima vez circularemos por una alfombra nueva de asfalto. A punto estuve de anular el aplauso a la eficiencia ministerial cuando, fruto del retraso acumulado, se nos comunicó que no habría paradas en el trayecto. Ni en Ponferrada ni en León. Ni para merendar ni para ir al aseo. Y así llegamos a Burgos, a una hora tardía para cenar, con urgencias variadas y la oportunidad de poder agradecer a Transportes que por fin se hayan puesto a asfaltar en aquel rincón del país. Si en un gesto supremo de eficacia se terminasen los 16 kilómetros que faltan de la autovía de Lugo a Santiago de Compostela, nuestro paisano el ministro tendría ya ganado todo el derecho a ser el sucesor de Pedro Sánchez, cuando se retire o le retiren. Nos quejamos en Castilla y León de los retrasos de la autovía del Duero, pero esa A-54 entre las dos ciudades gallegas lleva más de treinta años en danza y sigue sin terminarse. Cuando la tengan acabada, Ponferrada estará tan cerca de las playas de las rías Baixas como de las del Cantábrico, según se dice en la comunidad vecina. A ver si con Feijoo la acaban, pero seguiremos hablando mal del tren que nos une con Galicia, que eso es harina de otro costal y se acaba el espacio para aplaudir que desde Madrid se invierta un poco en carreteras. Ojalá que no sea flor de un día.

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