Diario de Valladolid

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Hubo un tiempo en que en los montes había cabreros, ganaderos, pastores, madereros y resineros, además de agricultores, que aprovechaban la leña, limpiaban las fincas y conocían cada rincón del terreno porque de esa sabiduría dependía el pan de sus familias. Aquellas personas no estaban contratadas para prevenir incendios, aunque con su labor contribuían a hacerlo cada día. El ganado controlaba parte del matorral, la madera caída se retiraba porque tenía valor, los caminos se mantenían abiertos para acceder a las fincas y cualquier columna de humo era detectada por alguien que se encontraba cerca. Porque en tiempos de nuestros abuelos había una presencia constante que impedía que el monte quedara abandonado durante meses. Ese mundo desapareció ya hace décadas a medida que los pueblos perdieron población y esos oficios tradicionales dejaron de sostener a las familias. El peón caminero quiso un trabajo mejor para sus hijos y los mandó a las fábricas de la capital, el ganadero los mandó a estudiar con los curas y muchos mozos salieron para la mili y ya no volvieron al pueblo. Después durante años se ha tratado el monte como un paisaje a conservar al margen de quienes vivían de él, como si no pudiera existir una gestión compatible con la protección ambiental. Sin embargo, un bosque del que nadie obtiene leña, resina o pastos será un polvorín. Los incendios de hoy en día son, entre otras causas, el resultado de una ordenación territorial en la práctica que ha concentrado a la población en torno a los servicios y el empleo en ciudades, mientras quedan amplias zonas rurales sin escuelas, médicos, transporte, cobertura digital ni oportunidades. No nos engañemos tampoco porque aunque todos los hijos del pueblo volviéramos a nuestros orígenes, ya no tenemos ese conocimiento para convivir con el entorno natural que se perdió con los abuelos. Ahora, lo más que sabríamos hacer es trasladar alguna de las actividades económicas que desarrollamos en la ciudad al pueblo. Tampoco es nuevo y la industria local que podía sostener empleo, fijar población y mantener activos los aprovechamientos forestales, , antes o después, se topa con un mercado en el que no puede competir con los más grandes o los más baratos. Algo parecido ocurre con la ganadería, con la que durante años se reclamó a las explotaciones que se modernizaran, mejoraran su productividad y redujeran costes para competir en un mercado cada vez más concentrado. Hubo que crecer e industrializarse para sobrevivir. pero, cuando alcanzan el tamaño para plantar cara, se topan con el rechazo a las macrogranjas y con unas exigencias que se perdonan a los alimentos importados. Prevenir incendios exige limpiar y cuidar el monte, pero también sostener una economía rural que dé sentido a esa limpieza.

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