Diario de Valladolid

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Siempre me ha gustado imaginar que la tierra en donde vivo es una especie de tierra prodigiosa que está llena de signos que contienen un TODO de infinitos. Por eso en ocasiones me siento a contemplar el horizonte y a entender los paisajes que se esconden donde la nada tiembla, los que penden del hilo de la vida y aun son naturaleza infranqueable. Me gusta saber, a ciencia cierta, que en los vastos territorios de Castilla y de León se emulan densidades y colores que ahondan en nosotros, y que en las montañas de alturas insondables aun viven alimañas que coagulan las magias de esos cuentos que fueron las leyendas que narraron nuestros antepasados por las noches.

Que los lobos, los osos y los búhos recorrieron la oscura efervescencia de todos los relatos que hoy simulan un fabuloso cosmos que siempre representa lo invisible, lo que esconden los montes más tupidos que al llegar el otoño van mudando los verdes, para hacerse cobrizos y granates. Me gusta imaginar que vivo en una tierra ancha e infinita que está llena de historias colosales e inmensas lejanías que se extienden por campos milenarios y que después se oxidan con el ardiente sol de los veranos, para que el cereal que los sustenta se acune en mil océanos de oro. Y me gusta saber que en las dehesas florecen las encinas que llenarán el campo de bellotas, de esas que llaman brevas, más tarde manzanillas y ya casi en invierno palomeras, por ser el alimento de las palomas torcaces que llegan a la península en noviembre.

Siempre me ha gustado saber que en los territorios de Castilla y de León se arremolina el tiempo en pequeñas aldeas que siempre mimetizan los paisajes que aun conservan las huellas de otros seres que tejieron los míseros caminos...y la impronta del agua que licua la magia de los pueblos que permanecen mudos e impasibles al ver que sus antiguos habitantes se fueron a ciudades muy lejanas.

Me gusta imaginar que los silencios ya son depositarios de esa calma que alienta los tardíos agostados en las largas planicies, y que sus sombras se hacen siluetas de templos y castillos. Es la tierra que alarga estas verdades que no serán jamás perecederas, la que se asoma al pozo de las dudas para entender el eco, la que duerme en barbechos y en regatos que quiebran las llanuras, la que suena a distancias que se alejan cuando la tarde añil se torna en fuego, la que contiene alientos y presagios que anotan lo que fuimos cuando el tiempo olvidado brotaba entre los surcos de las huertas, en plazas porticadas y en aleros donde anidan vencejos y gorriones, la que contiene el signo que se inflama entre memorias viejas y silencios. Es la tierra que ampara lo que fuimos.

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