TIENE TELA
Lenguaje de basura para un gran basurero
PESE A SU CORRUPCIÓN astronómica, el tirano alarga su tiranía hasta otoño de 2027, según los expertos. Lo cierto es que Sánchez ni dimite ni piensa hacerlo. Esgrime una razón fundante: «Este gobierno, junto con el de Zapatero, han sido los gobiernos más limpios y más honestos de la historia de la democracia» (9 de julio 2025). Un galimatías lingüístico de estantería –alabanza propia mierda segura–, que ha repetido mil veces hasta hoy lunes de carnaval. Al oírlo, parece que estemos viendo la película de Stephen Chbosky – Las ventajas de ser un marginado–, estrenada en España hace ahora 13 años. Miren qué maravilla. Aquí, el marginal Charlie se topa con una amiga friki que, tras un polvo reparador, le confiesa: «Solía dormir con chicos que me trataban como una basura».
¡Qué fuerte! Sí. Hablamos de la práctica basuril que aplica todo proxeneta. La palabreja proviene del griego, y significa alcahuete. En español se aplica al que obtiene beneficios económicos de la prostitución de otra persona. Simples referencias que explican el trato y el discurso político aplicado por Sánchez a los españoles a cambio de los servicios prestados. ¿Increíble? A la vista está. ¿De qué vivía Sánchez antes de entrar en política? De las 17 saunas de su suegro Sabiniano Gómez. ¿Y de qué tras convertirse en Presidente de las Españas? De «las saunas del Presidente», según Cerdán, de las ventajas de un puteorita con las cuentas de Quevedo en Las Zahúrdas: «los príncipes tienen por deuda nuestra sangre y vida, pues perdiéndolas por ellos, dicen que los pagamos y no que los servimos».
Si ignoramos estos detalles tan golfos y concretos –qué es un proxeneta, a qué se dedica, de dónde viene, a dónde va, qué filosofía de la vida tiene, qué hace con su marginalidad congénita que nos la cuela siempre con ventaja, qué cuotas del erario público nos clava por ejercer la prostitución política, y en qué consiste su discurso falaz y pachanguero hecho de palabras que taladran los orificios del cuerpo, del alma, y de la ética social–, ¿qué quieren que les diga sin ofender a los proxenetas que ejercen el oficio por contención asistida: yo pongo la cama y tú el coño conglomerado? Nada. Que vamos de culo, que nos convertimos sin darnos cuenta en colectores de la mierda, en albañales, en alcantarillas de aguas fecales que van directas al gran basurero del sanchismo.
Aquí, señores, no cabe hablar de moral. Este rango superior, que marca el rasero de las actividades cívicas y personales, y el de las altas cualidades del hombre, aquí, en la España del derecho de gentes, está descartado de antemano. Es más, es perseguido y desterrado. Aquello que escribía Séneca –que las acciones morales se conozcan y que a las inmorales no hay que darles publicidad porque, dada su repugnancia, están a la vista (Epístola ad Lucilium)– ha sido sustituido por el subnivel del lumpen. Se ha concebido una sociedad nueva a partir del deshecho y de la basura de las «cosas chulísimas». Una cuestión práctica como acaba de demostrarse con la tragedia de Adamuz: es más fácil y tolerable que descarrile un tren que arreglar o mantener las vías.
El tipo de sociedad democrática que está estructurando el sanchismo para la España progre, no resiste los estándares más elementales de calidad, pues está construida, exclusivamente, con los desechos y materiales de derribo. Así, efectivamente, podrá hacerse una película para frikis y toxicómanos sostenidos, que usan la literatura como evasión. Pero no como discurso político, pues entonces el galimatías y la corrupción del lenguaje llegan a ser monumentales. Ítalo Calvino, en uno de sus Ensayos, deslindó estas esferas de la perversión política con claridad: «Cuando los políticos prestan demasiada atención a la literatura es una mala señal, sobre todo para la literatura. Pero también es una mala señal cuando no desean oír ni una palabra de la literatura».
Material de derribo, o de gran demolición, es formar un Gobierno con comunistas, que han causado a la humanidad más de 100 millones de muertos en un solo siglo. Otrosí mantenerse en un Gobierno Frankenstein con el apoyo de los neoterroristas, independentistas, golpistas, y supremacistas. Al oírles perorar en el Congreso, en los medios afines a la dictadura sanchista, y en sus franquicias de origen, sobre sus consecuciones, y sobre las rendiciones del tirano a consta del contribuyente, la sensación del ciudadano es demoledora, de rechazo, de asco, de gente que vive en Marte como si España y los españoles ya no existieran para nada. Su insolencia es corruptela feudal, chulería de carpanta: hablan de su corrupción intergaláctica como si fuera también la nuestra. Qué jetas.
Lenguaje de basura es también la Ley del sí es sí, que ha excluido al hombre de la presunción de inocencia. Otrosí la Ley de memoria histórica, que es la antesala de Auschwitz para la ejecución legal y masiva de media España. También un montón de leyes más de una obscenidad pantagruélica. Pero cochambre excremencial –de esas que agrandan la palabrería hasta crear doctrina sanchunera de un estornudo–, es que corruptos como Ábalos, Koldo, Cerdán, Zapatero, y una amplísima nómina de puteros con reboño –o sea, del cieno más espeso y begoñero– hayan marcado la pauta de lo que, históricamente, significan los cien años de honradez del PSOE. Nos recuerda la ironía perversa del poeta Claudiano, cuando decía del emperador Honorio, su señorito, que «la victoria ha perjudicado con frecuencia a una tropa incauta».
Viendo cómo estos políticos han perdido la vergüenza, ¿por dónde creen que andará mi respeto? Pues en el punto más negro del zancajo. Delenda est tyrannia.