Castilla y León ante la opción de elegir un futuro político de progreso

AUNQUE LA tragedia de Adamuz ha oscurecido, como no podía ser de otra forma, la convocatoria electoral, Castilla y León entra en la cuenta atrás para los ciudadanos de sus nueve provincias tengan en su voz, en su mano y en sus votos la elección de quién quieren que les gobierne. Casi 39 años seguidos lleva el PP gobernando esta tierra. Victoria tras victoria en las urnas o en la aritmética parlamentaria. Y es así porque han sido los ciudadanos libremente los que lo han querido. Por eso el PSOE debería sacudirse, al menos para ser pionero y probar cosas diferentes en algo tras cosechar derrotas, algunas antológicas, en el ludir eso de los 39 años de gobierno con sentido peyorativo, como si la elección libre de los ciudadanos que no les favorece no fuera democrática. Incluso resulta peligroso ese pensamiento para un partido que se presenta como alternativa de gobierno. Además de ser una falsedad en toda regla. Porque en 2019 ganaron las elecciones, pero la traición de Igea y las escasas ganas de trabajo que conlleva gobernar por parte de Tudanca, dieron al traste con el ansiado cambio que claman los socialistas. El problema de que el PP gane elección tras elección reside en buena parte en el fracaso del PSOE, incapaz de conectar y convencer a una ciudadanía de la disponibilidad de un proyecto autonómico de futuro. Y todo pinta que, sabedores de la debacle que les amenaza, nada cambiará mucho, más allá de inventar eslóganes e intentar personalizar en el contrincante sus propias frustraciones.
Castilla y León necesita un proyecto de comunidad. Un proyecto que le haga seguir progresando y ganando el futuro. Pero un proyecto que, de una vez por todas, ataque con fuerza los desequilibrios territoriales, más allá de la inercia geográfica que puede castigar a algunas zonas de la comunidad, como lo viene haciendo desde hace más de seis décadas. Un proyecto en el que se resida donde se resida, por ejemplo, las listas de espera sanitarias sean similares, no abismales. Es lo mínimo. Servicios iguales para iguales. Un proyecto que se deje de monsergas, afronte la realidad de la despoblación, esa que nos castiga desde hace más de seis décadas y afronte con madurez alternativas reales y realistas, no sueños de bohemios. Un proyecto que siga creyendo en el campo, en la agroindustria y en la industria como motores de empleo y riqueza. Pero un también un proyecto que se sacuda lo malo de las grandes urbes con las que no competimos, como es el problema de la vivienda, que es en lo único que nos parecemos a uno de nuestros más férreos competidores en la atracción de población y talento. Un proyecto que crea en Castilla y León. Esa será la elección.