Dan miedo II
Retomamos. Va de mascaradas. Por cierto, muchas más de doscientas. Son centenares de ritos, manifestaciones culturales, fiestas, carnavales de invierno… que tienen lugar en Castilla y León. Decíamos ayer que lo de dar miedo era y es por la tipología de sus personajes, sus coreografías casi fantasmagóricas y sus esperpénticos movimientos al son de los cencerros envueltos en nubes de ceniza y paja. ¡Cómo para no dar miedo! Preguntad, que os cuenten los abuelos que queden vivos de memoria lo que escucharon a sus abuelos de lo que oyeron estos a los suyos, de cómo era el antruejo o el carnaval en el pueblo. No toca ahora entrar en disquisiciones filológicas y mucho menos en diatribas antropológicas. Doctores tiene la Máscara Ibérica. Que vino de Portugal, como casi todo lo bueno que cruza el Douro, recordándonos cómo se defienden pauliteiros, caretos y carochos. Aquí cada uno por su lado. Así nos va. Muchos son los términos y acepciones con las que se denominan en los pueblos este tipo de manifestaciones a las que, por desgracia, Don Julio Caro no llegó a tiempo. Simplemente no llegó. De haber sido así es muy posible que la mascarada en todas sus manifestaciones carnavalescas hubiese despertado del sueño de los siglos mucho antes y nuestros estudiosos no se hubieran detenido en la docena de ejemplos ya conocidos dentro del cartel del carnaval del colorín y el arlequín, la murga y el disfraz. Nunca agradeceremos lo suficiente a la generosidad del profesor Bernardo Calvo, que fue capaz de poner un poco de orden en la lista de la máscara. En esta ocasión no echo la culpa a los diputados despistados. No. A poco que se les dijo dieron saltos de alegría. Ávila y Zamora a la cabeza. Me refiero a las políticas culturales y a los gestores que hemos colocado para que tomen medidas ante la increíble torrentera de voluntades en centenares de pueblos que, sin cuestionarios ni método (que no digo que no sea obligado), se han sacado de la manga ancha y bendita la coreografía de una mascarada con sus nombres propios que ya quisieran muchos gestores culturales, que no son capaces de tirar sin un plan director y tres años de espera. Me refiero a los centros etnográficos en Castilla y León (públicos y privados), fundaciones, iniciativas personales, departamentos de cultura tradicional en las diputaciones, museos locales de matiz etnográfico, cátedras y universidades… que presten atención a este fenómeno y confeccionen entre toda la lista. A qué se debe la obsesión de este columnista, se preguntarán. Porque le duele la parsimonia de los cultos y la indiferencia de quien nos gestiona ante lo que está ocurriendo, que han resucitado nuestros entrañables monstruos del pasado para recordarnos que aún estamos vivos. Por el momento. Dispuesto a matizar cuando se me demande.